Columnas
25 de Mayo de 2012
Nuestra crisis moral
En 1900, Enrique Mc Iver hablando sobre la “crisis moral” por la que, a su juicio, atravesaba el país decía: “Me parece que no somos felices; se nota un malestar que no es de cierta clase de personas, ni de ciertas regiones del país, sino de todo el país y de la generalidad de los que lo habitan. La holgura antigua se ha trocado en estrechez, la energía para la lucha por la vida en laxitud, la confianza en temor, las expectativas en decepciones. El presente no es satisfactorio y el porvenir aparece entre sombras, que producen la intranquilidad”.
Más de un siglo después, las inquietantes frases del destacado político chileno emergen actuales, como si Chile viviera un “déjà vu” o una especie de eterno retorno nietzcheano que lo llevara periódicamente desde la exaltación y optimismo desbordante, a la decepción y pesimismo sin razón, tal como lo muestra el reciente Índice de Confianza de los Consumidores, Admimark GfK, que mide el ánimo de los chilenos.
En efecto, siendo un país que, tras más de 30 años de duro esfuerzo y sacrificio de un par de generaciones, ha conseguido llevar la economía desde el subdesarrollo a un PIB anual que nos ubica a las puertas del club de naciones desarrolladas, varias encuestas revelan una disconformidad y desaliento que más parece una pataleta de nuevo rico que no se condice con las mejores condiciones sociales, políticas y económicas conquistadas. Y en general, hemos atribuido ese descontento a la mala distribución de los resultados de dicho trabajo. Puede ser cierto. Pero hay más.
“Me parece que no somos felices” resuena, pues, como una sentencia que nos ha seguido a lo largo de un siglo y que nos mantiene en esa condición de bipolaridad, enfermedad social respecto de la cual se siguen buscado explicaciones desde diversas disciplinas, pero que, en realidad, parece tener soluciones —o al menos paliativos— mucho menos complejos que conseguir una mejor sociedad mediante cambio del sistema, leyes, normas o dirigencias de todo tipo.
Desde que un ex presidente del Banco Central dijera que Chile es un país “maníaco depresivo”, las cifras que se conocen respecto de la salud de los chilenos parecieran confirmar el diagnóstico: 55% de las licencias se deben a motivos psicológicos y el 25% de las personas que van a un médico lo hacen por iguales razones. En las calles reina, más que la sonrisa y buena voluntad, la agresividad, desatención, molestia, caras agrias y el estrés “que no es de cierta clase de personas, ni de ciertas regiones del país, sino de todo el país”.
“Me parece que no somos felices” resuena, pues, como una sentencia que nos ha seguido a lo largo de un siglo y que nos mantiene en esa condición de bipolaridad, enfermedad social respecto de la cual se siguen buscado explicaciones desde diversas disciplinas, pero que, en realidad, parece tener soluciones —o al menos paliativos— mucho menos complejos que conseguir una mejor sociedad mediante cambio del sistema, leyes, normas o dirigencias de todo tipo.
Baste revisar un día de trabajo promedio para exponer el punto. Levantarse temprano a laborar en un ambiente en que la competencia es dura y ruda, pero las más de las veces, sin códigos de decencia de ningún tipo, porque el éxito es primero; conducir el auto en calles congestionadas de otros que también quieren llegar a tiempo a sus trabajos y cuya paciencia se va acabando a igual ritmo en que aumenta su agresividad. ¿Quién no ha intentado cambiarse de pista, poniendo el señalizador, sin resultado?
O la decepción de micros que no se detienen, dejándonos en el paradero 20 o 30 minutos más. O, por fin en el trabajo, acabar sermoneado por jefes groseros que usan su pequeño poder para humillar, más que para corregir, como actos compensatorios de la “ley del gallinero”. Y para mayor desgracia, ver en los rostro de los compañeros, más que solidaridad, sonrisas y murmullos burlones.
O ya con el día agriado y aprovechando una hora de almuerzo en la que, parados e incómodos, devoramos un sandwich, correr para cumplir con molestas diligencias institucionales o privadas, estancados en largas colas y números de atención que pasan a la velocidad de la luz y que impiden impetrar el derecho al puesto, porque el numero ya pasó. Luego, no sin antes haber pasado el malrato de defender la prerrogativa violada, ser atendidos por personas cuya amabilidad se perdió hace mucho, arruinada, a su vez, por los malos tratos de clientes cada día más agitados. Para que hablar del pago de una cuenta atrasada, cuando el funcionario, cuya lentitud exaspera, nos dice tras una fila de 20 minutos que “ese pago” se hace en otra oficina.
Y para finalizar, de vuelta a casa, cansados y malhumorados, ansiando la renovadora y cariñosa acogida de la familia, ser saludados con gruñidos de hijos enajenados en sus computadores y/o esposas irritadas por las múltiples tareas de una casa que no termina nunca de ordenar, o agregando a su enojo el bullying que ha sufrido el hijo en el colegio o las “redes sociales”, cada vez más “antisociales”, amparadas en la “capucha” virtual del anonimato.
En la mayoría de los casos, como vemos, se trata de un juego de interpretaciones del tiempo y el uso indebido de los pequeños poderes con que, después de todo, cuenta cada cual. Es “mi” tiempo el que tiene valor, no el de los otros. La generosidad de antaño de perder un segundo para dejar pasar primero a una señora o anciano que sube al bus o al ascensor; de atender a la persona que cayó de bruces en la calle, o dejar ingresar a la línea de circulación al auto que nos está señalizando, son costumbres “añejas”. Parece que todo —desde el trabajo hasta el amor— se mide en microsegundos, como en los semáforos, el bocinazo aleve que altera como garabato, dejándonos sin otras posibilidades de retaliación que aceptar el agravio, o como hemos visto, echar marcha atrás, chocar al provocador e iniciar una gresca callejera desproporcionada para la gravedad del asunto.
Claro, “Time is money” parece decirnos la estructura. Pero lo cierto es que la evidente escasez o ausencia de buenos modales no es culpa del Gobierno, ni de los dirigentes, las elites o los ricos, aunque algunos nos den malos ejemplos. Y aún cuando lo fuera, es nuestra propia pérdida de esa gentileza tan necesaria para mejor vivir —persiguiendo un éxito que se escapa con el “tiempo desaprovechado”— lo que agrava la insatisfacción. La angustia por el “tiempo perdido”, que se nos antoja como vida propia malgastada, arrebata la parsimonia de quienes caminan seguros de su propia nobleza y valor intrínseco.
“Me parece que no somos felices” es pues una constatación centenaria, muchas de cuyas causas, consecuencias y hasta paliativos, están dentro de nosotros, por más que, para esquivar la propia responsabilidad en la obtención de una vida mejor, intentemos desviar la atención de esas pequeñas tosquedades con las que nos hacemos nuestra vida más difícil y, por cierto, se las hacemos a los demás.
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