Columnas
27 de Mayo de 2012
El Mensaje: perdón, perdón… yo sé que la embarré
Recuerdo un afiche de la película Love Story, del siglo pasado, y la siútica frase con que se promocionaba: “amar es nunca tener que pedir perdón”. El presidente pidió dos veces perdón el día en que se conmemora un abordaje trágico. El día del Mensaje, el suscriptor del Economist, llegó con el estigma de ser “inepto y arrogante” y ser el Presidente peor evaluado de los últimos tiempos. Y desea, naturalmente, que lo quieran; especialmente quienes fueron sus partidarios. Ya no quiere crecer, le basta con recuperar ese amor no correspondido. Entonces pidió —como el ratoncito de la tele— “perdón”. Nunca es tarde. Sin embargo, el arrepentimiento no es creíble cuando en el mismo momento en que se reconocen las culpas el discurso se desmiente a sí mismo.
En efecto, al explicar —en una seguidilla de entrevistas que fueron la continuación del discurso— a qué errores se refería en su petición de perdón ha mencionado la creación de expectativas desmedidas que la propuesta del cambio o la nueva forma de gobernar creó en la gente (o sea: perdón por la demagogia, aunque enseguida prometa la ilusión de un puente que deberá resolver un próximo gobierno). También pidió perdón porque se pudieron evitar conflictos como los de Magallanes, Aysén y las movilizaciones sociales (o sea: perdón por los apaleos innecesarios).
También pidió perdón porque se pudieron evitar conflictos como los de Magallanes, Aysén y las movilizaciones sociales (o sea: perdón por los apaleos innecesarios). Si pidiendo perdón quiso desmentir y afirmar su arrogancia, con ello, en cambio, no podía ocultar su ineptitud: en el mismo momento en que hablaba, en Freirina los habitantes protestaban, los carabineros lanzaban lacrimógenas (en una protesta referida a la contaminación ambiental) y el ministerio del Interior majaderamente acusaba que la población estaba infiltrada.
Si pidiendo perdón quiso desmentir y afirmar su arrogancia, con ello, en cambio, no podía ocultar su ineptitud: en el mismo momento en que hablaba, en Freirina los habitantes protestaban, los carabineros lanzaban lacrimógenas (en una protesta referida a la contaminación ambiental) y el ministerio del Interior majaderamente acusaba que la población estaba infiltrada.
Afuera, estaban los supuestamente valorados —y valerosos— estudiantes (“Valoro a los jóvenes idealistas y rebeldes que quieren construir un mundo mejor que el que heredaron sus padres”), pero la retórica no incluyó la respuesta que estudiantes, rectores, padres están exigiendo. Nada sobre la educación pública, ni siquiera una invitación a conversar. Nada sobre el sistema binominal cuando se pide a gritos mayor democratización. Ni un “chocman” para los indignados. En fin, la petición de perdón tampoco desmintió la arrogancia; junto el falso gesto de humildad (¿el precio para subir un puntito en las encuestas?) ratificó explícitamente que “ningún obstáculo o grupo de presión, por fuerte o poderoso que sea, me desviará del objetivo de cumplir mis compromisos” (o sea: marchen todos lo que quieran, pero sigo siendo el rey). En otras palabras, hay simulacro de autocrítica, pero no de correcciones: mucho cuento y poco relato.
En todo caso, en el Mensaje hay un desmentido que me alegra mucho. No se puede negar que es una gran noticia que el Presidente se haya enterado de que Nicanor Parra no estaba muerto sino que sigue de PARRAnda; pero, sabemos, puede ser inconveniente que un presidente impopular lo postule oficialmente al Nobel: “no me ayude compadre”, diría un parriano. A la Academia sueca aparentemente no le gustan las candidaturas oficiales. Y eso sería todo sobre cultura, ya que se limitó a repetir anuncios que ya se habían hecho. Perdonen lo poco.
º







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