Columnas
9 de Junio de 2012
Pinochet: cenizas frías
Admirar y homenajear a fulanos impresentables, vivos o muertos, es algo que practican a sabiendas más personas de las que uno podría imaginarse, no solo en Chile. Y tal y como está ampliamente demostrado, carece de todo sentido práctico intentar siquiera persuadir de su error a estos incombustibles “fans” de bellacos y facinerosos con pruebas y argumentos de toda clase. Incluso si aquellos demuestran de modo irrefutable que el personaje del que son devotos no merece otra cosa que no sea el repudio, la condena y hasta la repugnancia.
Hay quienes hasta hoy admiran a Hitler y, pese a la abrumadora evidencia disponible, insisten en relativizar sus abominables crímenes, e incluso hasta osan negarlos de plano, o todavía peor, los justifican sin pestañear. Joseph Stalin cuenta hasta el día de hoy con entusiastas adeptos. Y otro tanto ocurre con muchos otros dictadores de toda laya, tiranos sanguinarios y cleptómanos de todos los colores, a los cuales impensadamente pequeños grupos de seguidores les siguen rindiendo culto y pleitesía.
Cualquiera que haya pasado por la experiencia no recomendable de hablar con un pinochetista fanático, sabe que resulta completamente inútil siquiera intentar razonar de forma mínima con alguien que, sin falta, permanecerá inconmovible ante cualquier argumento que se le pueda brindar, para hacerle ver un punto de vista distinto del que aquel personaje sostiene contra viento y marea y contra toda evidencia empírica.
El derecho a reunirse, a manifestarse y a opinar libremente, también debe regir para los viudos y viudas del pinochetismo. Ellos debieran, consecuentemente, poder realizar su actividad con entera libertad. Incluso a sabiendas que se exponen al escarnio público, a las burlas y la condena ciudadana por su actos provocativos. Pero si eso quieren, si han optado por solazarse en sus crímenes y vergüenzas, pues allá ellos con sus pasiones, obsesiones retrógradas y fanatismos abyectos.
Inevitablemente, un pinochetista de tomo y lomo argumentará, como recitando un mantra, que las violaciones masivas a los derechos humanos perpetrados por la dictadura son una calumnia y que los detenidos desaparecidos son un invento. Sacará a relucir el Plan Z y los míticos 10 mil guerrilleros cubanos, sin explicar por cierto adónde habría ido a parar semejante contingente, y una larga secuencia de argumentos y frases ya conocidas. Todas las cuales tienden a negar, matizar o en último término a justificar los crímenes y latrocinios del dictador al que admiran post mortem, y cuya humanidad e ínfulas todo poderosas hoy yacen convertidas en un puñado de frías e insignificantes cenizas.
Hace rato que el pinochetismo fanático e irreflexivo se bate en retirada. Muchos de sus antiguos partidarios, hoy en el gobierno, reniegan de sus antiguas devociones, de modo sincero los menos, de modo aparente y oportunista los más. Pero de tanto en tanto, los cultores más recalcitrantes de la tiranía persisten en emerger del ostracismo al que han sido relegados y de las cárceles en que se encuentran recluidos, para intentar escandalizarnos con sus patéticas puestas en escena. Manotazos de ahogado, ni más ni menos.
Frente al homenaje al fenecido dictador que sus partidarios planifican para el día 10 en el Caupolicán, y ante la evidencia palpable que este tipo de acciones constituyen un agravio, en primer lugar contra las victimas de la dictadura, hay quienes propugnan que se impida la perpetración de este acto. Por ofensivo, vergonzoso y hasta por ilegal.
Este razonamiento resulta plenamente comprensible, pero no por ello es necesariamente correcto. El derecho de reunión y la libertad de expresión son principios esenciales de la democracia. Precisamente, para recuperar esos principios secuestrados por la dictadura, para poder manifestarnos libremente y ejercer plenamente nuestros derechos cívicos y humanos, es que los chilenos, mayoritariamente, luchamos por poner fin al régimen de Pinochet.
Resulta paradojal y hasta irónico, que quienes pisotearon entusiastamente la libertad de los chilenos, y a todas luces lo volverían a hacer si tuvieran ocasión, hoy reivindiquen su propio derecho a manifestarse, precisamente para homenajear al dictador que trató consistentemente todo tipo de manifestaciones públicas como crímenes a los que había que reprimir con saña.
El derecho a reunirse, a manifestarse y a opinar libremente, también debe regir para los viudos y viudas del pinochetismo. Ellos debieran, consecuentemente, poder realizar su actividad con entera libertad. Incluso a sabiendas que se exponen al escarnio público, a las burlas y la condena ciudadana por su actos provocativos. Pero si eso quieren, si han optado por solazarse en sus crímenes y vergüenzas, pues allá ellos con sus pasiones, obsesiones retrógradas y fanatismos abyectos.
Evidentemente, el derecho a la libertad de reunión y expresión que reivindicamos como un principio irrenunciable de la democracia, en este caso específico y respecto a cualquier otro, de igual modo debe regir sin restricciones de ninguna especie también y en paralelo para quienes decidan manifestarse activamente en repudio de este de este despropósito, que como se sabe, ha sido tramado en el Penal de Punta Peuco por conspicuos criminales convictos. Ya veremos de cual lado va a cargar la mano la fuerza pública, y el derecho a manifestarse de quiénes defenderá con más entusiasmo y energía el día y a la hora señalada. Yo al menos tengo mis fundadas sospechas.
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