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    Columnas

    11 de Junio de 2012

    La derecha, el “Puntito Negro” y Golbornicosas

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    Profesor Escuela de Gobierno Universidad Adolfo Ibáñez

    El mea culpa del ministro Chadwick sobre su actitud bajo la Dictadura es de un gran valor personal, pero no alcanza a tener respecto a la derecha un valor institucional.

    Es un problema que trasciende los gestos individuales. Desde hace décadas Piñera, Allamand, Espina, Pérez y los llamados sectores más liberales de ese sector han condenado los crímenes cometidos. Con el tiempo se han sumado Lavín y ahora Chadwick.

    De los primeros es destacable su consecuencia democrática. De los segundos, muy valorable y valiente el cambio de opinión.

    Otros han optado por mantener silencio, de vez en vez, cuando son consultados aclaran que ese episodio es “un punto negro de ese gobierno que todos condenan”. A lo anterior normalmente agregan que debería existir un repudio general hacia las violaciones a los derechos humanos, incluidas las ocurridas en Corea del Norte, Mauritania y la República del Congo. Igualan su actitud con la de quienes no condenan esos regímenes.

    Otros apelan a la “tolerancia” con citas rimbombantes, como el candidato-ministro Golborne.

    La actitud es insuficiente y los argumentos insostenibles.

    ¿Qué debería hacer la derecha? Lo que cabe esperar de partidos que se toman en serio los valores democráticos y los derechos humanos: establecer que la defensa de ideas contrarias a ellos es motivo de sanción y expulsión de sus partidos. Eso no tiene nada de radical ni raro. Lo hizo Felipe González en el PSOE, la derecha alemana e italiana. Normas similares existen entre socialdemócratas y la centro-derecha escandinava. Incluso, Marine Le Pen, libre de cualquier acusación de ser parte de algún establishment liberal-progre, ha establecido ese criterio para manifestaciones neonazis al interior de su partido.

    De hacerlo se seguiría inmediatamente que dirigentes que hayan tenido participación relevante en ese régimen no podrían encontrarse entre sus tótem. Sería el caso de Jaime Guzmán. Fue su ideólogo. El haber ayudado selectivamente, agrava su culpabilidad. Es irrefutable el conocimiento que tenía de lo que ocurrió.

    ¿Por qué no lo han realizado? De hacerlo se seguiría inmediatamente que dirigentes que hayan tenido participación relevante en ese régimen no podrían encontrarse entre sus tótem. Sería el caso de Jaime Guzmán. Fue su ideólogo. El haber ayudado selectivamente, agrava su culpabilidad. Es irrefutable el conocimiento que tenía de lo que ocurrió.

    Cosa similar pasaría con dirigentes del pasado y presente de la derecha.

    Es un error creer que el pinochetismo no tuvo supervivencia al fin de la Dictadura. Una cosa fue el fracaso de movimientos como Avanzada Nacional y otra que no existiesen partidos que buscasen proyectar “la obra del gobierno militar”. Esa fue una de las motivaciones principales de la UDI en sus orígenes y de un sector de RN.

    La resistencia que experimentaron Piñera y Allamand, era reflejo de ese pinochetismo. Es más, para muchos la adhesión al “Tata” era signo de “ser hombre consecuente y de valores”.

    De una actitud acorde con esos valores democráticos y los derechos humanos, necesariamente, se seguiría el tener que reconocer que monumentos como el de la Portada de Vitacura, es a la persona equivocada.

    Sobre los argumentos

    Efectivamente es una incongruencia decirse defensor de regímenes totalitarios como el cubano o coreano y pontificar sobre la democracia. Y si alguna vez esos gobiernos fueron “modelos a seguir” significa que no se defendía la democracia sino el totalitarismo.

    Lo anterior no hace verdadera la aseveración de que es comparable la actitud de quienes aún son ambivalentes o abiertamente defensores de esas dictaduras con quienes poseen igual actitud hacia violaciones a los derechos humanos que pasaron, no en otro país, sino en el propio. Donde el sector al cual se pertenece fue un entusiasta pilar de ese gobierno.

    Más bien se podría decir que quien no ha condenado las violaciones a los derechos humanos en su patria lo mejor que puede hacer es callar frente a lo que ocurre en otras latitudes.

    Sin hacer mención a que es un tema moral. Se supone que los individuos actuamos de acuerdo a lo que creemos correcto y no a lo que hacen los demás. Es un tema de convicción.

    Por cierto, está el argumento “libertad de expresión y elección”. Aquel que señala que en vista a la tolerancia, el pluralismo partidario y social, pueden convivir dentro de la sociedad e instituciones todas las visiones sobre un acontecimiento. Golborne se encuentra entre sus defensores.

    Golborne, que ha devenido en aprendiz de filosofía, lo hizo creyendo que citaba a Voltaire (“No concuerdo contigo, pero estaría dispuesto a dar la vida por tu derecho a expresar tus ideas”). Más allá del Golbornicosa, ya que no es de Voltaire sino de su admiradora Evelyn Beatrice Hall y siendo un error muy típico en quienes buscan impresionar sacando frases de internet, lo interesante es analizar qué implica la tolerancia.

    Como lo indicara Bayle, uno de los primeros autores que teorizó sobre ella, la tolerancia, obligatoriamente, conlleva  determinar algo que se rechaza, luego en vista a una razón se le aceptará y por último se establece una limitación a esta última.

    Es así como muchas sociedades democráticas que se caracterizan por altísimos niveles de libertad de expresión poseen limitaciones a las expresiones de ofensa racial, religiosa, que promuevan la discriminación o que hacen apología de regímenes que por su significado simbólico atentan  hacia valores básicos compartidos. Esas limitaciones, al menos, deben existir en partidos, organizaciones y la sociedad en general. Otra cosa distinta es determinar en cada caso su aplicación.

    La derecha sigue, en este tema, al debe.

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