Columnas
8 de Agosto de 2012
Yo no tengo por qué pagar la educación de su hijo
Que su hijo tiene derecho a ser educado es algo que yo no cuestiono.
Me consta por experiencia que el estado natural de un niño es la barbarie, como me consta también que eso del ‘buen salvaje’ es verdad sólo en un cincuenta por ciento. Que su hijo tiene necesidad urgente de ser educado y que eso lo constituye en sujeto de un derecho me parece, por tanto, indiscutible.
Lo que despierta en mí cierta curiosidad es saber si usted considera que su hijo puede reclamar ese derecho ante alguien que no sea usted, y digo ‘alguien’ porque el Estado no genera riqueza; si usted busca financiamiento en las arcas fiscales da por sentado (consciente o inconscientemente) que alguien debe pagar la educación de su hijo en subsidio suyo.
El color del futuro de su hijo depende, mucho más que de su educación formal, de todo lo que haya aprendido en la familia. Negro será, por lo tanto, si usted gasta más en sus zapatillas que en sus libros, o si su hijo pasa más tiempo frente a la pantalla que con usted. Negro será también si usted no entiende que esa función suya de educador no es algo que se pueda delegar. Negro y muy negro será el futuro de su hijo, si es que usted le hereda esa tendencia suya tan chilena a esperar que las oportunidades caigan en sus brazos como por obra del azar.
En todo caso, no se inquiete por esta curiosidad mía: la semana pasada el Gobierno presentó un proyecto de reforma tributaria pensado para solventar los gastos de educación de su hijo; y hasta donde sé, nadie ha hecho cuestión del asunto y nadie se atreverá, tampoco, a preguntar públicamente en virtud de qué usted considera que otro ser humano tiene deberes para con su hijo (Deben ser muy pocas las personas que piensan —como yo— que usted es el único verdaderamente obligado por el derecho a la educación que tiene su hijo).
De todas formas, usted no es el único que tiene interés en que su hijo se eduque, porque la educación disminuirá el riesgo de que él se transforme en un delincuente y contribuir a esa causa será una forma de pagar por la propia seguridad. Pero de ahí a que usted pretenda hacerle sentir al mundo que tiene un deber para con su hijo, hay una distancia más o menos importante ¡Para qué decir cuando ese deber lo funda usted en la culpa que tienen algunos de tener más que usted!
Y no me llame egoísta, porque lo que está en juego y lo que yo discuto no es la eventual ayuda que su hijo pueda recibir, sino esa pretensión suya de hacer pasar esa ayuda por una obligación.
Tampoco intente convencerse a sí mismo o a los demás de que sin educación superior el futuro de su hijo se vislumbra negro, porque no es verdad. Y si llegara a serlo, sería única y exclusivamente porque usted no cumplió con su parte. Porque el color del futuro de su hijo depende, mucho más que de su educación formal, de todo lo que haya aprendido en la familia. Negro será, por lo tanto, si usted gasta más en sus zapatillas que en sus libros, o si su hijo pasa más tiempo frente a la pantalla que con usted. Negro será también si usted no entiende que esa función suya de educador no es algo que se pueda delegar. Negro y muy negro será el futuro de su hijo, si es que usted le hereda esa tendencia suya tan chilena a esperar que las oportunidades caigan en sus brazos como por obra del azar.
Yo no tengo por qué pagar la educación de su hijo; y si lo hago, será por conveniencia personal y no en virtud de la pena que usted me impone por la culpa de haber nacido en (o de haber alcanzado) una posición mejor que la suya.
Yo no tengo por qué pagar la educación de su hijo. Y si me equivoco, dígame exactamente en qué.
º







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