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Columnas

23 de agosto de 2012

La sociedad indecente

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Profesor de la Escuela de Gobierno de la Universidad Adolfo Ibáñez.

Imagine que participa en una manifestación por una causa que usted considera suficientemente noble: protección de las ballenas, rebaja de impuestos, no más guerras, educación gratis, penas más altas para pedófilos, inhabilitación para parlamentarios drogadictos, da lo mismo. Ya que la manifestación no está autorizada, o lo está pero se desarrollan desordenes, intervienen carabineros y lo detienen. Hasta ahora todo sigue su curso normal. Es de esperar que lo liberen, se lo cite o se levanten cargos. Pero imagine ahora que en la comisaría se lo obliga, junto a otros detenidos de diferentes sexos, a desnudarse y realizar sentadillas. Imagine que usted se niega y lo amenazan. O imagine que los carabineros de turno se bajan los pantalones y frotan sus genitales en su cuerpo y cara. ¿Qué le parece? ¿Todo sigue su curso normal?

No, no es normal. Al menos en un sentido normativo: es inadmisible en un Estado de Derecho. Lo que aquí se ha producido es un acto de humillación que constituye un atropello grave a su dignidad. Si esto no lo convence como sí lo convencen las leyes y los documentos directrices de las relaciones internacionales firmadas por un Estado soberano, entonces deberá reconocer (es la ventaja del positivismo jurídico) que esto constituye una violación de derechos humanos, incluso más, una forma de tortura.

Si efectivamente hay signos de prácticas extendidas realizadas por carabineros de humillación con connotación sexual, lo que está siendo socavado es de un valor inmensamente mayor que lo que estos carabineros quizás puedan creer estar defendiendo con sus actos ilegales: el Estado de Derecho que garantiza nuestra convivencia civilizada.

Hechos como los descritos han sido reportados por muchos estudiantes detenidos por carabineros. Muchos son menores de edad. Esto es sumamente grave. Ciertamente hay canallas y psicópatas en todo tipo de instituciones. Se amoldan mejor o peor a los requerimientos de civilidad pero en cualquier momento (usualmente cuando dan por descontado una posición de poder o impunidad) muestran su yo profundo. Pero los relatos de los estudiantes son muchos y dejan suponer un patrón. Esto no implica necesariamente algún tipo de protocolo secreto. Si la psicología social está en lo correcto, incluso individuos sin propensiones especiales a la crueldad pueden ser fácilmente llevados a realizar actos humillantes y crueles con ligeras modificaciones contextuales. Esto es lo que tan gráficamente muestra el famoso experimento de Milgram, en el que personas comunes y corrientes, como usted y como yo, están obedientemente dispuestas a aplicar cargas eléctricas sucesivas crecientes a participantes en un experimento.

El 65% llegó a aplicar la descarga máxima, 450 voltios. La indefensión de una parte, el poder absoluto de la otra, más la expectativa de impunidad, fomentan este tipo de situaciones de obediencia ciega y crueldad creativa. Justo el tipo de relaciones de poder que se suelen dar en cautiverio. Por eso la humillación y el abuso encuentran aquí un caldo de cultivo nutritivo.

Recuerde las imágenes de abuso y tortura de prisioneros en Abu Ghraib.

Según el filósofo Avishai Margalit una sociedad decente es aquella cuyas instituciones no humillan. La humillación no es lo mismo que la ofensa. La ofensa es la negación del honor social o de la valorización social que se expresa externamente en el orgullo. Pero la humillación implica la lesión de un tipo de honor que le corresponde a cada cual en igual medida y que se expresa como dignidad. Margalit entiende como humillación aquellos modos de comportamiento y relaciones que le dan a una persona una buena razón para considerar que el sentido de su valor propio ha sido violado. Abuso y violencia sexual son técnicas espurias de dominación que apuntan a doblegar a las víctimas en lo más profundo, en el sentido de su propio valor. Esto vale tanto en la violencia sexual familiar, como en situaciones de conflicto y guerra, constituyendo una estrategia usual —aunque esté tipificada como crimen de guerra— de amedrentamiento de la población enemiga. Desde esta perspectiva, resulta evidente que los estudiantes victimizados tienen una buena razón para considerar que el sentido de su propio valor ha sido violado y que han sido humillados. Su dignidad ha sido violada por una de las instituciones más importantes del Estado.

Si efectivamente hay signos de prácticas extendidas realizadas por carabineros de humillación con connotación sexual, lo que está siendo socavado es de un valor inmensamente mayor que lo que estos carabineros quizás puedan creer estar defendiendo con sus actos ilegales: el Estado de Derecho que garantiza nuestra convivencia civilizada. Es por esto que es de esperar de cualquier estadista (algo que no alcanza a ser cualquier político), pero en definitiva de cualquier persona decente, que tome estos casos en serio, no sólo exigiendo la aplicación del máximo rigor de la ley, sino también la implementación de políticas de transparencia e intervención institucional, en vez de tratar de barrer los hechos debajo de la alfombra del olvido, el funcionamiento de la institucionalidad, los casos aislados, o los violentistas. Este tipo de humillación da cuenta de cómo nuestra sociedad en muchos sentidos continua siendo profundamente indecente. Pero no puede ser parte de la sociedad (más) decente que ojala lleguemos a ser.

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