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19 de noviembre de 2012

Estatizar

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Economista del Centro de Estudios Nacionales de Desarrollo Alternativo (Cenda)

Los estudiantes de la fallida Universidad del Mar exigen su estatización. El expresidente Frei tuvo la misma idea respecto del TranSantiago. Ambos tienen razón. La solución más sencilla, clara, rápida, eficiente y justa, a las crisis de educación y transporte, es reconstruir los respectivos sistemas públicos, a partir de lo que hoy existe.

Es decir, estatizarlos total o parcialmente.

Los servicios públicos que el país había construido a lo largo de medio siglo, fueron desmantelados deliberadamente, para alentar en su reemplazo negocios privados, los que dependen de subsidios y regulaciones estatales. Ese intento es el origen de los problemas actuales. Lo mismo sucede con la salud, pensiones y energía, por mencionar sólo algunos de los ámbitos donde la privatización ha resultado un fracaso y hoy se debaten en crisis más o menos evidentes.

Por cierto, la madre de todas las estatizaciones requeridas, es la renta de los minerales y demás recursos naturales, junto a la drástica eliminación de las rentas monopólicas, que hoy distorsionan todos los mercados. Ello permitirá restablecer su competitividad, fomentando y protegiendo la producción interna de bienes y servicios, de alto valor agregado por el trabajo de los chilenos y chilenas, en el marco de una creciente integración regional.

Estas medidas ciertamente no son socialistas, ni mucho menos, sino el ABC de la política económica y social de cualquier país desarrollado. Ellas constituyen el corazón del programa de gobierno que Chile necesita para corregir las enormes distorsiones que han acarreado cuatro décadas de extremismo neoliberal. Aplaudido con fervor por la segregada elite criolla y apadrinado por los únicos a quienes conviene el actual estado de cosas: los grandes rentistas de todos los pelajes.

Tienen una influencia considerable y el Estado es la única fuerza capaz de ponerlos en cintura, para lo cual es necesario a su vez reconstruirlo, puesto que también ha sido desmantelado, y democratizarlo de verdad, de modo que cumpla su papel.

Esto lo sabe todo el mundo y por lo mismo, este cambio de rumbo goza de una amplia legitimidad. Se abrirá paso de una u otra manera, puesto que la situación actual no puede continuar por mucho tiempo más. Estos grandes cambios serán posibles gracias a la renovada movilización política de la ciudadanía, tal como ha ocurrido varias veces a lo largo del último siglo.

Hablar de estatizar en Chile es poco menos que un delito y la bendita palabra es inconstitucional. Su proscripción total y absoluta es algo así como la piedra angular del actual ordenamiento institucional de inspiración neoliberal. Este rasgo anarquista-burgués, como lo calificó el historiador Eric Hobsbawm, es el aspecto más dañino del neoliberalismo. Más allá de sus nefastas consecuencias prácticas, su rechazo por principio al poder Estatal, conspira en los hechos contra el avance hacia el hermoso sueño libertario de un mundo sin fronteras, donde las personas puedan intercambiar sus trabajos sin trabas de ninguna especie, en la medida que no atenten contra la paz y armonía general.

Los mercados que idolatran los neoliberales, sin duda son un paso hacia el horizonte señalado, pero encierran todavía contradicciones cuya superación requiere precisamente de un poder Estatal creciente. En primer lugar, el hecho que recién se están conformando en la mitad del mundo, de la mano con la urbanización. Son jóvenes en todas partes, pero presentan grados de desarrollo muy desigual, que enfrentan constantemente a los establecidos con los emergentes y a todos con todos.

Luego, bajo su forma capitalista, siguen basándose en la explotación de los trabajadores, al igual que todos los regímenes precedentes. Generan a cada rato desigualdades y abusos, desde luego a los trabajadores y consumidores por parte de los empresarios, pero también entre éstos, ganando los más fuertes.
La capacidad de estos últimos de influir mercados, unida a la propiedad privada sobre la tierra y sus recursos, genera adicionalmente una clase especial, los rentistas, que parasitan del conjunto de los productores en virtud de su control sobre estos monopolios.

Por otra parte, la carrera incesante por aumentar las ganancias y la lucha por la sobrevivencia, impulsa a los capitalistas individuales a innovar sucesivamente, lo que hace de éste un régimen revolucionario, como decía Marx. Sin embargo, la consecuente reducción del trabajo, choca constantemente con la necesidad del conjunto de los capitalistas de incrementarlo, para aumentar la producción de valor agregado que -medido en el producto interno bruto-, es la fuente única de todas las ganancias e intereses, y también de las rentas.

El choque entre todas estas fuerzas opuestas, genera el curso cíclico del desarrollo capitalista, sometido desde hace dos siglos a una sucesión de auges y crisis, más o menos violentas y globales, que acarrean consecuencias a veces terribles para todos, pero especialmente para las grandes masas de trabajadores y resultan en enfrentamientos constantes entre grupos sociales y países y no pocas veces en guerras espantosas.

Todo ello, sin mencionar la depredación de la naturaleza, que ha arrasado continentes enteros antes de repararlos. Mucho antes que el modo capitalista de producción se extienda a la mitad de la humanidad, ya está provocando alteraciones en los equilibrios naturales, que ponen en riesgo la vida misma sobre el planeta.

Por todas las razones anteriores, entre otras, el moderno capitalismo vino al mundo junto con los modernos Estados. Unos y otros han nacido y venido desarrollándose al unísono, tan inseparablemente como el huevo de la gallina. No hay uno solo de los mercados modernos que no haya sido creado por los respectivos Estados, los que a su vez nacieron para ello. Fueron éstos los que barrieron las viejas aduanas feudales, para permitir la libre circulación de dinero, mercancías y personas, sobre espacios más amplios, protegidos y regulados al interior de fronteras bien establecidas.

Ante todo, acompañaron en cada país la transformación de los campesinos tradicionales en fuerzas de trabajo urbanas, razonablemente sanas y educadas, que constituyen la base especial de cualquier mercado moderno. Durante el siglo 20, además, trajeron al mundo subdesarrollado los avances que el capitalismo pionero había generado en los países más avanzados, al tiempo que ayudaban a nacer acá, a los actores que los habían creado allá.

En los países desarrollados, los Estados capturan la mayor parte de la renta de la tierra y combaten los monopolios en general, nivelando la cancha y asegurando de ese modo el funcionamiento competitivo de todos los mercados. Asimismo, ponen coto a la explotación inmisericorde de los trabajadores y crean amplios sistemas de protección social, los llamados Estados de Bienestar, que ofrecen un mínimo de seguridad a todos, legitimando así el régimen y ampliando el mercado interno.
Cuando sobrevienen las crisis periódicas, son los bancos centrales los que inundan los mercados de moneda, para asegurar la continuada circulación ante la violenta interrupción del crédito. Son los gobiernos asimismo, los que incrementan fuertemente su gasto deficitario -especialmente en el ámbito social-, para compensar la contracción del gasto privado, que las provoca en primer lugar y morigerar sus consecuencias sobre las masas de la población.

Protegen a sus productores de la competencia externa y les ayudan a competir en el exterior —a veces se les pasa la mano y en su entusiasmo competitivo han generado las guerras más atroces. Al menos, existe una experiencia histórica en que los primeros Estados capitalistas, han dejado atrás guerras pasadas y se han propuesto construir en paz un mercado común, lo cual ha requerido que paralelamente vayan creando instituciones estatales supranacionales, que lo regulen y protejan sobre un espacio mayor de soberanía compartida. La crisis ha puesto de manifiesto en este caso, precisamente, que no puede haber un mercado sin un Estado, lo cual ha exigido a esos países a avanzar mas rápido en su construcción, a riesgo de perder medio siglo de esfuerzos de integración.

Son las instituciones estatales las que establecieron regulaciones de protección del medio ambiente y están adoptando las primeras tímidas medidas para enfrentar el calentamiento global y otros desequilibrios ecológicos planetarios.

El mercado capitalista no puede funcionar sin un Estado de dimensiones adecuadas a las subyacentes economías y su nivel de desarrollo. El auténtico mercado mundial, es decir, la libre circulación global de dinero, mercancías y personas, será sólo una utopía mientras no se logre construir un Estado mundial, para lo cual falta bastante. Al oponerse por principio a los Estados, los neoliberales distorsionan el propio capitalismo que proclaman. Al rechazar los procesos de integración regional, impiden el único camino realista para avanzar hacia mercados más amplios.

La tan mentada “globalización” neoliberal de las últimas tres décadas, no fue otra cosa que la libre circulación mundial del dinero, promovida entusiastamente por los banqueros, que aumentaron desmesuradamente su poder e influencia durante el mismo periodo. Al igual que las grandes corporaciones rentistas, las que tampoco necesitan de protección estatal alguna, puesto que están sentados encima de ella.

Fueron ellos los que apadrinaron generosamente a los anarquistas profesores neoliberales, a los que sacaron de la tumba en la cual yacían muertos en vida, tras el estrepitoso derrumbe de sus teorías en la crisis de 1929. Nuevamente, la crisis iniciada el 2007, obligó a los banqueros a mendigar la ayuda de los mismos Estados que hasta la víspera denostaban. Ha disminuido considerablemente su influencia global, aunque lamentablemente no del todo. Con ello, se ha debilitado su padrinazgo al anarquismo neoliberal.

Por razones como éstas, es tiempo que los chilenos vayamos reincorporando al léxico la palabra “Estatizar”.


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