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Columnas

7 de enero de 2013

Solución para la Araucanía: matar la ilusión

Llevo siete años como diputado de la llamada “zona roja” de la Araucanía. En estos siete años he presenciado muchas cosas.

Me ha tocado ver cómo familias de importantes agricultores de la zona se han destruído emocional y económicamente por continuos atentados, y también he visto a pequeños parceleros, con el terror en sus rostros por las amenazas, víctimas de continuos ataques como los que terminaron con el asesinato de Héctor Gallardo Aillapán.

Sin ir más lejos, hace pocos días estuve con una de las familias de estos pequeños parceleros, cuya hija fue abusada sexualmente por los atacantes. Dicha familia desesperada me pedía ayuda para vender su pequeña parcela, pues no están dispuestos a regresar a Ercilla.

Al mismo tiempo, me ha tocado estar sobre los escombros ardientes de la casa de un valiente Lonko, quien lloraba de impotencia al ver la destrucción de su hogar y escuchar cómo su mujer le relataba las amenazas de muerte que le hicieron a ella y a su pequeño nieto.

Estuve varias veces en la casa de otro valiente comunero mapuche que se atrevió a denunciar a las personas que participaron en un ataque incendiario y que, sin embargo, terminó inválido por los disparos que sufrió en represalia, creyendo en la palabra del Ministerio Público de que estaría seguro.

Me han encarado violentamente algunos agricultores que creen estar en el lejano oeste y también mapuches me han insultado, creyéndose una especie de guerreros de la luz por la “limpieza étnica” de la Araucanía.

Matar la ilusión de los agricultores y de parte importante del país que creen que la violencia en la Araucanía se soluciona únicamente “con mano dura”. Matar la ilusión de que un determinado gobierno va a lograr terminar con la violencia. Matar la ilusión de que lo único que se requiere es la “voluntad política” para solucionar el problema. Matar la ilusión de que la responsabilidad de terminar con estos hechos es sólo de los políticos, y que el resto de la sociedad son meros espectadores.

También he sido testigo de la impotencia de dirigentes mapuches, al enterarse que los culpables de la muerte de jóvenes comuneros, solamente recibirían penas menores y he observado cómo funcionarios de Carabineros de origen mapuche, arriesgaban sus vidas por mantener el orden público, incluso lamentando el año pasado, la muerte de uno de los suyos.

Me ha tocado conversar por más de dos horas con el ya mítico Hector Llaitul en la cárcel de Angol, durante su última huelga de hambre.

Asimismo, he conocido a niños mapuches talentosos y entusiastas en sus estudios a quienes les han quemado tres veces su escuela, como amenaza para sus familias: que nadie se atreva a delatar a los violentistas.

Igualmente, me tocó ver llorar a mi señora cuando se hicieron cenizas, años de trabajo y esfuerzo de mi suegro en la comuna de Ercilla, y su preocupación por las amenazas en mi contra que me hicieron estar, por un tiempo, con protección policial permanente.

Por último, con el cobarde asesinato del matrimonio Luchsinger ya suman 15 los muertos en el contexto del llamado “conflicto mapuche”.

¿Qué hacer? es la pregunta que siempre se escucha. Después de todos estos años creo que para contestar esa interrogante, es necesario primero y por duro que parezca, “matar la ilusión” y vivir en la realidad de lo que hoy ocurre en la Araucanía.

Primero, matar la ilusión de los agricultores y de parte importante del país que creen que la violencia en la Araucanía se soluciona únicamente “con mano dura”. Matar la ilusión de que un determinado gobierno va a lograr terminar con la violencia. Matar la ilusión de que lo único que se requiere es la “voluntad política” para solucionar el problema. Matar la ilusión de que la responsabilidad de terminar con estos hechos es sólo de los políticos, y que el resto de la sociedad son meros espectadores.

Segundo, se debe matar la ilusión de algunos dirigentes mapuches, que piensan que sus reivindicaciones justifican la violencia y que ello no afectará la legitimidad de sus demandas. Matar la ilusión de que van a conseguir sus reivindicaciones enfrentándose con los “Winkas” de la Araucanía y no dialogando con ellos. Matar la ilusión de unos pocos, que con asesinatos como los del matrimonio Luchsinger se pueden arrogar la representación del pueblo mapuche, porque es falso.

Tercero, es necesario matar la ilusión al gobierno de turno, de que sólo ellos podrán marcar una diferencia clara en el conflicto. Matar la ilusión de cualquier gobierno que con Ley Antiterrorista o estado de sitio se terminará con la violencia.

Una vez sepultadas todas estas falsas ilusiones, es que podremos ver el problema de la Araucanía en su trágica realidad y darnos cuenta de que la violencia llegó para quedarse por muchos años; que ningún gobierno por sí solo lo va a solucionar y que dentro de los líderes mapuches, hay verdaderos hombres de bien, que todavía se niegan a creer que dentro de los suyos, haya personas para quienes las reivindicaciones mapuche son una trinchera más de una lucha ideológica antisistema.

Por tanto, y a partir de esta visión cruda de la realidad, más de alguien se preguntará nuevamente ¿Cuál es la solución?

La respuesta: Hoy no existe solución, todavía hay que construirla paso a paso, porque ésta solo se logrará en un proceso de aprendizaje y error. No existe en el mundo ninguna medida al tema indígena que sea la última palabra o que pueda ser replicada cien por ciento en nuestro país.

Debemos construir un camino propio y para eso dejar de mirar al corto plazo y darnos cuenta que el conflicto en la Araucanía ya tomó vida propia y que al igual que en todos los países que han enfrentado situaciones de este tipo, mucho de lo que ocurre escapa de la voluntad de los involucrados y que por tanto, más que una meta específica, debemos primero tratar de encauzar a todos los actores en canales institucionales.

Trabajo lento y laborioso, que sufrirá muchos retrocesos y pasos en falso, pero que en definitiva es el único camino que permitirá sanar esta verdadera enfermedad que sufre nuestra región y que a esta altura del conflicto, será de muy largo aliento, porque hoy en día ni siquiera el cumplimiento de todas las demandas de tierras o autonomía que reclaman algunos dirigentes mapuches resolvería la violencia que llegó para quedarse.