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Columnas

7 de febrero de 2013

La crisis del capitalismo

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Escritor y consultor en políticas educacionales.

Nuestra época no es la primera que cuenta con grandes capas de la población viviendo bajo los niveles mínimos de pobreza, a veces la miseria y el hambre, pero es la primera que posee los recursos materiales necesarios para evitarlo. Tenemos a nuestra disposición los medios tecnológicos para suprimir el hambre y la pobreza en el mundo, pero no contamos con los medios sociales, o políticos, para lograrlo. En una era de la superabundancia material, nuestros mayores desafíos no se relacionan con el desarrollo económico, sino con el desarrollo social, o cultural, que nos permita distribuir los recursos materiales y avanzar hacia sociedades más integradas. Pero para estas cuestiones el capitalismo no ofrece ninguna solución, por el contrario, es completamente ciego a estos desafíos. Es en este sentido que el capitalismo está en crisis, pues no ofrece vías de salida las demandas históricas que nuestra época dibuja cada vez con más fuerza, por el contrario, no hace más que acrecentarlas.

Se habla de que el capitalismo tiene dificultades para superar la pobreza, pero me parece que el problema es en realidad más profundo. El capitalismo genera condiciones tales que, aún si se “supera” la pobreza (desde un punto de vista cuantitativo, por ejemplo medido a través de la Casen), persistirán de todas formas situaciones de desigualdad e injusticia social tan pronunciadas, que el descontento e incluso la violencia social se hacen cada vez mayores. Esto es muy perceptible en el caso de Chile, donde a pesar de haber reducido drásticamente la pobreza, y de estar a sólo 4 mil dólares per cápita del “desarrollo”, la conflictividad social y la “bronca” de las personas con el modelo, es cada vez mayor.

El capitalismo no tiene soluciones a estos problemas, de hecho, ni siquiera es capaz de identificarlos como problemas. Desde la perspectiva capitalista, la solución consiste simplemente en reducir el número de personas viviendo bajo el límite material de la pobreza. Se piensa que si logramos hacer pasar a este segmento de la población por encima de lo que se considera la línea de la pobreza, nos convertiremos automáticamente en un país desarrollado, como si el solo hecho de contar con cinco o diez mil pesos más de ingreso mensual, fuera a otorgarles de pronto dignidad y satisfacción a cientos e miles de familias.

Se habla de que el capitalismo tiene dificultades para superar la pobreza, pero me parece que el problema es en realidad más profundo. El capitalismo genera condiciones tales que, aun si se “supera” la pobreza (desde un punto de vista cuantitativo, por ejemplo medido a través de la Casen), persistirán de todas formas situaciones de desigualdad e injusticia social tan pronunciadas, que el descontento e incluso la violencia social se hacen cada vez mayores. Esto es muy perceptible en el caso de Chile.

Se olvida que los estándares que utilizamos para definir la línea de pobreza (nivel de ingreso, números de canastas básicas, o incluso servicios sociales), son siempre relativos, y dinámicos, cambian con el tiempo. No hay algo así como un “nivel absoluto” de calidad o dignidad de vida. Este nivel está históricamente constituido, depende de modo fundamental de la sociedad en la que se inserta. Así por ejemplo los servicios de salud, las condiciones de vivienda, y muchas otras condiciones que llamamos básicas son en realidad cuestiones definidas por nuestra época. No es per se indicativo de pobreza, ni siquiera indigno, vivir en una casa de 20 metros cuadrados por ejemplo. En otros tiempos (quizás no hace mucho) podía ser considerado un lujo. Tampoco es per se indicador de pobreza, no tener acceso a un determinado tratamiento médico, o a un cierto servicio educacional. Incluso no contar con agua potable o servicio de alcantarilla no es algo que sea indigno en sí. En otras épocas, lugares o condiciones podía ser considerado perfectamente aceptable. Todas estas condiciones se vuelven indignas e inaceptables, en la medida que hay otras personas que tienen la posibilidad de contar con ellas, más aún, en la medida que la sociedad cuenta con los recursos para generar estas comodidades para todos, pero simplemente niega su acceso para grandes mayorías.

La pobreza no es una cuestión “absoluta”, es una cuestión esencialmente “relativa”, se define sobre la base de los medios y recursos de cada sociedad, y cómo se distribuyen entre sus miembros. Alguien es pobre no porque no tenga acceso a un servicio de alcantarilla determinado. Se vuelve pobre al vivir en una sociedad que cuenta con los medios materiales para proveer un servicio de alcantarilla determinado, pero que se lo deniega a una parte importante de la población.

Así, la condición de pobreza es siempre una condición relativa, de discriminación y marginalidad. La pobreza es exclusión: exclusión de ciertos beneficios que la sociedad actual está en condiciones de producir, pero que se reserva y acumula sólo para un grupo reducido de ella. De esta forma, lo que llamamos “niveles de pobreza” son en realidad “niveles de desigualdad”, es decir, niveles en que nuestra sociedad acepta que los beneficios del desarrollo material y tecnológico se concentren, a veces de forma obscena, en un grupo relativamente pequeño, mientras que otro mucho más grande se queda bailando el baile de los que sobran.

 Por esta razón, me parece que no es posible enfrentar el problema de fondo de la pobreza simplemente aumentando el nivel de ingreso de quienes son considerados pobres; se hace imperativo también buscar una “solución relativa”, es decir, buscar fórmulas para aumentar el nivel de acceso y distribución de ciertas comodidades o servicios que el desarrollo material hace posible. Más aún, el desafío de superar la pobreza no tiene sólo que ver con una mejor distribución de recursos materiales, tiene más que ver con mejorar las vías de integración y participación social, con superar la exclusión social y cultural que divide y hiende nuestra sociedad y marginaliza a un grupo de ella.

Para ninguno de estos desafíos el capitalismo provee una respuesta, por el contrario, tiende a aumentar los problemas. Bajo la falsa ilusión de que a través del desarrollo económico se esta “sacando” a gente de la pobreza, lo que está haciendo en realidad es profundizar las desigualdades, la falta de acceso, la exclusión y a la larga el conflicto social. No se saca nada con hacer pasar a un grupo de personas “justo” por encima de una determinada línea material, si otro grupo reducido sigue acumulando una parte cada vez mayor de los recursos materiales disponibles, y por ende aumentando las diferencias. Lo que se requiere es avanzar efectivamente hacia una sociedad más equitativa, más integrada.

De la misma forma, en el otro extremo, en el extremo de los privilegiados, el capitalismo genera también deformaciones monstruosas. El desarrollo superlativo de las comodidades materiales y la tecnología ha permitido para unos pocos un desarrollo completamente desproporcionado, y a la larga inútil. Las grandes empresas (propiedad de un grupo muy reducido de personas, que se apodera gradualmente del mundo), intentan convencernos de que para satisfacer nuestras necesidades requerimos productos que ya han perdido hace rato cualquier utilidad práctica. Computadores cada vez más livianos, ropa cada vez más suave, televisores cada vez más delgados, cable operadores cada vez con más canales, etc. etc.  Gran parte del consumo contemporáneo gira en el vacío, es una carrera desenfrenada por un deseo siempre diferido, como el de los jugadores viciosos que no pueden pararse de la mesa de juego.

Todas estas desigualdades tenderán a extremarse bajo un modelo capitalista rígido. Aun cuando se mantenga el crecimiento económico y material, la distribución deforme de estos recursos, termina por producir sociedades enfermas, o al menos aquejadas de problemas severos de desintegración e insatisfacción social. Lo que se requiere es cambiar la óptica, dejar de preocuparse solamente de mínimos materiales (que supuestamente serán suficientes por sí solos de sacar a la gente de la pobreza), y avanzar hacia “mínimos de equidad”, es decir, estándares básicos definidos por la sociedad que garanticen niveles básicos de integración social. Pero para este desafío el capitalismo tiene muy poco que decir.

Algunos proponen que el término de la Guerra Fría implicó el triunfo del capitalismo, el “fin de la historia”. Creo que la realidad es precisamente la contraria, que la derrota de los totalitarismos de Estado elevados a sistema político, abre el camino por fin para un cuestionamiento mucho más a fondo del capitalismo. En el marco de la Guerra Fría, este cuestionamiento era complejo, pues se confundía necesariamente con un apoyo a los regímenes totalitarios. En la actualidad en cambio, esta crítica se puede hacer con más fundamento y más profundidad. De la capacidad que tengamos de realizarla con valentía y altura de miras, depende que seamos capaces de enfrenar los principales desafíos sociales y políticos que enfrentamos en la actualidad.

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