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Columnas

5 de junio de 2013

Pobres niños ricos: las claves de los colegios de elite

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Facultad de Humanidades de la Usach

Una a una se concatenaban las críticas del cura Berríos. No se apilaban como frases dichas al azar que le venían a sus respuestas como vienen las ocurrencias, de un no se qué lugar mental. Tampoco se trataba de ideas sueltas, lanzadas, ‘disparadas’ a la bandada como dijo el obispo de San Bernardo (qué peor metáfora pudo elegir ese vicario Opus Dei), menos como parte de un juego metodológico de pensar a viva voz como quien piensa en medio de una lluvia de ideas. No. No se trató de eso. Se trató de una genuina reflexión crítica, de ideas tejidas al hilo de la experiencia en el barro, en la población, en la calle, concatenadas en el duro hierro de las cadenas con las que la pobreza amarra día a día a miles de familias chilenas.

Las críticas del cura Berríos son, en efecto, fruto de un largo pensamiento y una profunda meditación respecto al destino actual de nuestra sociedad. Y fue una crítica de clases para las clases, en particular para las élites. Tal vez eso pudo escandalizar, que se hablara de clases y se les apuntara con el dedo a las élites, que de un tiempo a esta parte, por su particular fundamentalismo religioso, están todas en ‘camino a la santidad’, sus hijos e hijas son todos unos ‘ángeles’, y en cada familia hay una o dos vocaciones a la vida religiosa que, endogámica, no hace sino reduplicar el círculo ‘virtuoso’ de la ‘santidad’.

¿De cuándo acá escandalizarse porque los jesuitas les hablan críticamente a las élites y al poder? ¿Qué no están para eso, para formarlos, educarlos y enseñarles a servir a la sociedad? El punto, ya histórico y sociológico, es que hace tiempo las élites eligieron para formarse, educarse y servir a la sociedad el mensaje cómodo, de bergere, que les ofrecen los Opus Dei y los Legionarios de Cristo; los de Schoenstatt y ahora los Sodalicios; un mensaje mucho más centrado en la lógica del individualismo rampante y consumista que crítica Berríos, que en la lógica del servicio y la justicia social que profetiza con su misión en el Congo, Ruanda o Burundi. Por eso causó tanto impacto, porque la fuerza del mensaje de un cura con overol contrasta y es mucho más evidente que el oro y la plata, que el crítico obispo chileno del Opus, posa en su cruz pectoral o en su anillo señorial.

Un gran suspiro y que quede claro, se es ‘pobre niño rico’ hasta la muerte o ‘la teta no se suelta’ porque Dios no lo quiere, así lo aprenden en sus escuelas, así lo desarrollan en sus empresas. En ese escenario, ya debiésemos empezar a preguntarnos qué son esas escuelas y colegios de elite, para qué están y cómo hemos llegado a ello. Las tres preguntas que pido prestado a Hannah Arendt a propósito del totalitarismo.

Es así como se deben de leer las críticas que vienen de los obispos de Schoenstatt (Manuel Camilo Vial) o del Opus (Juan Ignacio González): primero, como las de quienes pretenden  fidelizar a sus huestes laicas y religiosas en su afán educativo-pedagógico; segundo, como la estrategia comunicacional de trivializar a quienes con su crítica pueden entronizar dudas o dividir el tan cómodo, rentable y lucrativo catolicismo de la élite chilena; y tercero, como una nueva defensa de la élite en su totalidad contra la calle, que con su racionalidad de equidad, igualdad y justicia social, corroe el ejercicio consumista de la clase alta, y deja al desnudo su particular ideología de clase dominante sobre lo social y lo político, es decir, sobre su ejercicio ‘caritativo’, ‘santo’ y ‘católico’, ese que va desde las donaciones ‘caritativas’ a las Universidades, hasta el ‘bien’ hecho, un viernes al mes, dando pan y porotos a —¿cómo les dicen?— ‘personas en situación de calle’, el rostro de Cristo en los más pobres.

Es lo que indignó a este verdadero “cura de la calle”, el cura Berríos: esa ‘pobre niña rica’ que había aprendido en su escuela y por su formación a quejarse, con tono existencial y hasta las lágrimas, por un Dios que permite la pobreza, mientras no reflexionaba —no era capaz de hacerlo— que ella y sus padres acumulaban, ‘acaparaban’, en sus refrigeradores el 90 % de la torta de las riquezas. La queja por ese modelo educativo y de formación de élites, es evidente.

El ‘pobre niño rico’ va a la escuela. Los que serán formados con el núcleo duro del mensaje ‘opusdeista’ y ‘legionarista’ van al Colegio Los Andes, al Colegio Cordillera, al Colegio Everest, al Colegio Tabancura, al Colegio Cumbres, al Colegio Highlands. Los otros ‘pobres niños ricos’ nacidos en familias más ‘liberales’ irán a otros ‘colegios que marcan’, denominación de origen dada por El Mercurio a todos esos colegios en los que la élite chilena inscribe a sus hijos: los Grange, los Saint George, los Santiago College, los Verbo Divino, los Colegio Alemán. En cada uno de ellos, para asegurar aún más el cierre social, pagarán cuotas de incorporación que sin ningún problema pueden superar los 3 millones de pesos; matrículas incluso por sobre los 300 mil pesos, y mensualidades también por sobre ese precio. Todo esto en nombre de la libertad de enseñanza, los derechos a una educación de calidad, y no sé que otra justificación espuria que oculta el verdadero sentido de estas verdaderas ‘madrazas talibanas’ del neoliberalismo de élite y del conservadurismo de élite chileno.

El ‘pobre niño rico’ más que valores, aprende virtudes, hábitos con los cuales ordenar su vida y que le aseguran —ahí está la cuestión— que la vida efectivamente tiene un orden, la ley natural, que debe cumplir en el nombre de Dios. Son virtudes que le permitirán hacer frente a este mundo que sólo le ofrece distracciones en su camino a la santidad, un mundo lleno de erotismo, condones y pastillas anticonceptivas, un mundo que consume violencia y odio contra la excelencia y el trabajo bien hecho, un mundo sin templanza ni disciplina, en el que los valores de la familia se han perdido.

En el Reglamento del Colegio Cordillera se afirma que la disciplina es “la virtud que facilita el dominio de sí mismo para ajustar la propia conducta a las exigencias del trabajo y de la convivencia de la vida escolar”. Y sigue: “en consecuencia, es posible decir que en un colegio normalmente ‘no existen problemas de disciplina’ sino que hay algunos alumnos con problemas…”. Sólo en apariencia y sólo una mirada ingenua lee aquí ‘autonomía’, pues lo que verdaderamente hay es que la mente y la conducta, la inteligencia y el comportamiento, se debe ‘ajustar’ a un dominio ya establecido, indiscutible y hasta eterno, un orden natural preestablecido que se aprende sin discutirlo, y que por si alguna razón un joven no se ‘adecua’ y ‘ordena’ a él será tratado individualmente para que lo entienda. Eso no es disciplina, es formación de hábitos, virtudes, habitus como gustaba decir Bourdieu.

Sin embargo, esos hábitos que aprende no son los únicos. Hay uno que es fundamental y fue al que apuntó el cura de la calle, el cura Berríos: el ‘pobre niño rico’ aprende desde la infancia a ‘no soltar la teta’. Fue en octubre del año 2005, cuando se produjo el escándalo, tanto como éste y del cual se habló ampliamente a propósito de una memorable entrevista de la periodista Claudia Álamo en La Tercera a Felipe Lamarca, quien dijo sin tapujos que “Chile no va a cambiar mientras la élites no suelten la teta. Y creo que va a ser muy difícil que las élites políticas y económicas se decidan a soltarla”. Las élites no sueltan y no soltarán la teta y eso lo aprende desde que es un ‘pobre niño rico’, es su principal habitus —¡qué descubrimiento!— no soltar la teta.

De todo esto hay evidencias, por cierto. La extraordinaria socióloga María Angélica Thumala publicó hace años (2007, Debate) una potente investigación en el libro “Riqueza y Piedad. El catolicismo de la élite económica chilena”, y hace muy poco (2013, UDP) viene de publicar “El error de Milton Friedman. Justificaciones religiosas y morales de la empresa en Chile”, capítulo aparecido en el libro “Adaptación. La empresa chilena después de Friedman”. La gran conclusión a la que podemos llegar leyendo ambas investigaciones es más o menos la misma ¿por qué la élite chilena se ‘opusdeizó’ y ‘legionarizó’? Dicho a lo Lamarca, porque le ‘tocaron la teta’, porque desde los 60 la Iglesia construyó un argumento que cuestionó, desde las condiciones estructurales de la pobreza en Chile, el habitus individualista y acaparador de las élites, siendo la Reforma Agraria el momento en el que su identidad católica se fracturó con el poder eclesiástico: “La Iglesia dejó de ser el refugio espiritual y moral conocido por la élite y se transformó en una entidad crítica, politizada y amenazante”; no obstante, es lo que queremos decir, en los 80 la élite chilena encuentra refugio a su identidad fracturada, pues “en esa década se consolidó la popularidad de movimientos religiosos como el Opus Dei y Los Legionarios de Cristo, que restablecieron la vitalidad de la relación con la Iglesia y legitimaron las opciones de vida cuestionadas durante los años 60”.

Y hoy se está produciendo en la élite empresarial chilena lo que Thumala llama ‘el error de Milton Fierdman’, pues mientras el economista pensaba que una empresa no debe contaminarse con justificaciones extraeconómicas, lo que encontramos en Chile es el caso de que son precisamente las justificaciones ético-religiosas conservadoras las que alimentan el éxito empresarial: “Según esta narrativa, la economía de libre mercado es la que mejor desarrolla los talentos individuales y la humanidad plena, pues la propiedad privada, la libertad para innovar y el trabajo por incentivos promueven la creatividad[…] en suma, el logro emerge no sólo como una motivación legítima, sino como una obligación moral”. El error del viejo Friedman consistió en no considerar la variable weberiana del ethos religioso como acicate del individualismo, la ganancia y el lucro empresarial, es decir, como motores del libre mercado y del crecimiento económico.

Una pequeña y última evidencia de dos trabajos. La extraordinaria tesis presentada en la Universidad de Chile por la socióloga Elisa Giesen Flaskamp titulada “Sobre la elite chilena y sus prácticas de cierre social”, y el capítulo escrito por el sociólogo Omar Aguilar Dinero “Educación y moral: el cierre social de la elite tradicional chilena”, publicado en el libro “Notables, tecnócratas y mandarines”. Elementos de sociología de las elites en Chile (2011, UDP). Usando más o menos la misma base empírica, ambos sociólogos indagan en la auto comprensión que la elite tiene de sí misma y advierten –no sin cierta ingenuidad optimista- la posibilidad de permear su cierre moral conservador tradicional individualista por la vía del compromiso social, pero Aguilar es también cauto –y un tanto cínico- al concluir su capítulo con una respuesta de un entrevistado de la elite: “La clase a la que yo pertenezco, la clase privilegiada tradicional, aristocrática[…], va a haber siempre esa clase y en todos los países[…] y es imposible ir contra ello, porque es parte de la naturaleza humana”. Cito lo de Aguilar pues es importante, debemos entender que las expresiones y el ejemplo del cura Berríos son amenazantes también por ello, porque el jesuitismo tiene mucho más para mostrar en términos de trabajo social, compromiso social y pies en el barro que el ‘opusdeismo’ o ‘legionarismo’ individualizante.

En fin. Un gran suspiro y que quede claro, se es ‘pobre niño rico’ hasta la muerte o ‘la teta no se suelta’ porque Dios no lo quiere, así lo aprenden en sus escuelas, así lo desarrollan en sus empresas. En ese escenario, ya debiésemos empezar a preguntarnos qué son esas escuelas y colegios de elite, para qué están y cómo hemos llegado a ello. Las tres preguntas que pido prestado a Hannah Arendt a propósito del totalitarismo.

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