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Columnas

27 de junio de 2013

Los ultrones

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Instituto Igualdad

Cada generación política de la izquierda y el progresismo está irremisiblemente condenada, como en el mito de Sísifo, a acarrear una y otra vez hacia lo alto su propia y pesada roca. Lo que para el caso implica, entre otros muchos desafíos, tener que lidiar con sus propios e infaltables ultrones y aliados de ocasión.

Los ultrones son personajes arquetípicos, reconocibles por su locuacidad y espíritu mesiánico, su característico voluntarismo, su maximalismo y la dureza recalcitrante de las convicciones que exhiben e intentan imponer a como haya lugar.

Por definición, los ultrones en todo tiempo y lugar, e incluso siendo muy jóvenes e inexpertos en las lides políticas, sociales y gremiales, han de presumir con toda seguridad y desfachatez de tener en el bolsillo superior de la chaqueta las respuestas a todas las preguntas. Viven en un mundo de fórmulas prefabricadas y son adictos a las simplificaciones temerarias, las consignas, la grandilocuencia y la descalificación del adversario. Especialmente si aquel está ubicado en la izquierda, porque todos quienes no les lleven el amén son de derecha, o casi.

Propensos a la victimización, los ultrones reaccionan virulentamente, gritan, hacen sonoras pataletas, pucheros y otras niñerías. Despotrican y se hacen los ofendidos cuando se les enrostran sus vicios, contradicciones, precariedades y oportunismos. Y hasta hablan de conspiraciones mediáticas para intentar acallarlos. Sin reparar que en verdad los grandes intereses creados y los medios que dominan se disputan la oportunidad de publicitar y amplificar sus desvaríos con fines inconfesables.

Los ultrones fingen modestia y hasta bajo perfil, pero buscan afanosamente la publicidad de sus recurrentes ultimátum y persiguen las cámaras de toda especie, a las cuales miran fijamente para vociferar, gesticular y apuntarnos con sus dedos en señal de advertencia. Entonces gustan de hacer frases altisonantes y rotundas.

Los ultrones creen, contra toda evidencia, que la política es una cuestión de activismo incesante y sobre todo de voluntad. Son proclives al testimonialismo y a los “saludos a la bandera”, porque nunca llegan a comprender que la política es en realidad una cuestión de poder y de correlación de fuerzas. De capacidad de vencer, pero también de persuadir. De convencer con buenas y poderosas razones a las mayorías ciudadanas para, desde allí, construir bases sociales amplias y consistentes tras un proyecto de cambios que tenga posibilidad de prevalecer, concretarse y sobrevivir en el tiempo.

Pero los ultrones no creen en nada de eso. Ellos prefieren confiar en la fortuna, por ejemplo, en una oportuna, generalizada y profunda crisis económica internacional o algo semejante, en los golpes de mano y en el doctrinarismo como refugio. Ignoran la historia, abominan de los datos de realidad a propósito y desperdician las lecciones de la experiencia acumulada. Y como se las saben todas, o eso imaginan, son sectarios y autorreferentes.

Los ultrones son seres fatalistas, a pesar del optimismo histórico que parece poseerlos. Y hasta parece que, en el fondo, anhelan la derrota, especialmente electoral, a la cual continuamente se exponen por propia contumacia. Parece que perder les proporciona nuevos bríos y, paradójicamente, la confirmación empírica de sus propias y equivocadas certezas e impaciencias.

Propensos a la victimización, los ultrones reaccionan virulentamente, gritan, hacen sonoras pataletas, pucheros y otras niñerías. Despotrican y se hacen los ofendidos cuando se les enrostran sus vicios, contradicciones, precariedades y oportunismos. Y hasta hablan de conspiraciones mediáticas para intentar acallarlos. Sin reparar que, en verdad, los grandes intereses creados y los medios que dominan se disputan la oportunidad de publicitar y amplificar sus desvaríos con fines inconfesables.

Sin embargo, nadie que no comulgue completamente y sin ambigüedades con sus ideas y propuestas será nunca digno de ser tenido en cuenta por los ultrones como un legítimo oponente. Sobre todo, dentro del amplio, diverso y plural campo de la izquierda y el progresismo, universo que representa el campo de batalla en que los ultrones prefieren desenvolverse, dándose vueltas y vueltas, intentando morderse la propia cola.

Cualquier contradictor de los ultrones, por más pergaminos que pueda exhibir, será sin falta tachado de converso, traidor, corrupto, amarillo, cooptado por el pinochetismo, vendido al imperialismo norteamericano, a la derecha y el gran capital. Y especialmente, descalificado con aquel apelativo que, hoy por hoy, consiste en el mayor y más terrible insulto al que recurren los ultrones: “neoliberal”, pronuncian con desprecio. Ese sambenito, esa acusación agraviante que los ultrones gustan de lanzar como un ladrido a la cara de sus adversarios. Todo aquello, aparte de estimarlos como timoratos, blandos y cobardes sin remisión.

Los ultrones nunca llegan a comprender que la rivalidad, la polémica política, la discrepancia y la confrontación de ideas y concepciones tácticas y estratégicas son legítimas, buenas y necesarias. Pero que la expresión de aquellas divergencias tienen sus límites éticos, valóricos y hasta morales.

Los ultrones, cuando llegan a constituir organizaciones, por más raquítica y minoritaria que pueda ser su implantación política y social, optan siempre por adoptar denominaciones ampulosas. Y es bien sabido que en su pretendido afán moralizante y renovador, identifiquen a los partidos en general, y a los de la izquierda y el progresismo en particular, como a sus enemigos jurados. Olvidan los ultrones que el antipartidismo es una ideología reaccionaria originada en la derecha más recalcitrante, como aquella “gremialista” que dio lugar a la UDI. Pero todo eso les tiene sin cuidado, se dejan llevar por la corriente y la voz de la calle y persisten en hacer puntería, a sabiendas, hacia el lado contrario.

Los ultrones son completamente refractarios e inmunes a debatir en torno a cualquier evidencia empírica capaz de contrariar sus propias concepciones y entusiastas discursos. La historia social y política del país la leen e interpretan a su amaño y conveniencia, y por eso es que siempre sacan las consecuencias equivocadas. Así es que andan por la vida proponiendo tropezar en la misma piedra y cada vez que aparecen en escena, creen a pie juntillas estar inventando la rueda, el agua tibia y otras novedades. Y se la pasan advirtiendo sobre inminentes cataclismos políticos y sociales y partos históricos de los cuales ellos mismos serán, sin falta, los autores y conductores.

La enfermedad infantil del ultraizquierdismo y su pariente próximo, el movimientismo y la fe acrítica en los movimientos sociales son más viejos que el hilo negro. Sin embargo sus feligreses siempre pretenden representar un pensamiento nuevo y una nueva, más consecuente, limpia, transparente y honorable forma de hacer política. Un modo original, auténtico y principista de intervenir en el mundo político y social con fines transformadores. Y si las mayorías políticas y electorales no les siguen ciegamente, pues tanto peor para esas masas inconscientes.

Los ultrones, cuando fungen como líderes de pacotilla, son reacios a exponer sus propias y preciadas humanidades en la ejecución práctica de las tácticas y estrategias que propugnan. Prefieren actuar como ideólogos y comentaristas agazapados, como ávidos bebedores de café, para decirnos, casi siempre a gritos, que tras el humo y las ruinas de la debacle que están organizando, casi siempre desde sus teléfonos y computadores, emergerán ellos mismos y su grupete de adláteres, como los únicos e indiscutibles conductores. Y que entonces será el tiempo de pasarnos la cuenta sin anestesia por nuestras “vacilaciones” e inconsecuencias.

Tanto peor, tanto mejor, reflexionan cínicamente los ultrones. Juegan a aquello de “agudizar las contradicciones”, lo que implica que cuando más sufran los pobres, cuando más amplia sea la represión, los abusos, las violencias e injusticias a las que se les someta, más se acrecentará entre los desposeídos la conciencia sobre la necesidad de dejar en manos de ellos, de los ultrones, la conducción y orientación del proceso de profundos cambios que ha de sobrevenir en una fecha que ellos mismos han de determinar. En una próxima “reunión ampliada de la Dirección Nacional” de una de esas organizaciones que aparecen y desaparecen como los hongos, y que son conocidas como “partidos taxi”. Precisamente, porque la totalidad de sus miembros y simpatizantes pueden acomodarse en un auto, dos adelante y tres atrás, con el líder máximo como chofer.

Los ultrones y sus asociados con su diversionismo, irresponsabilidad y capacidad de meter ruido, se proponen chantajear y poner de rodillas a todos quienes no comulguen con sus ideas y propósitos. Poco o nada les importa si con aquello le hacen el juego a la derecha, que observa este espectáculo con inocultable regocijo y no menos esperanza.

He conocido a muchos ultrones. Y puedo dar fe que a la inmensa mayoría tal condición se les esfumó con la vida y el tiempo, casi por arte de magia y sin transición visible.

Como está muy establecido históricamente la gran mayoría de los ultrones nunca han pagado sus deudas políticas ante nada ni ante nadie. Alguna vez arrastraron a centenares y acaso a miles de seguidores, las más de las veces jóvenes e idealistas, al sacrificio personal y hasta a la muerte. Pero nunca estos ultrones del pasado, hoy obesos y envejecidos pero todavía locuaces, se han querido hacer cargo de modo autocrítico de sus propios errores e irresponsabilidades, los que bien podrían ser asimilados a la noción de auténticos crímenes. Pero hasta hoy estos caballeros, ex iluminados ultrones, no hacen otra cosa que mirar al techo y a hacerse los huevones cuando alguien osa interpelarlos por sus actuaciones del pasado.

Los ultrones de ayer, como no, “queman lo que ayer adoraron y adoran lo que ayer quemaron”, por eso no tienen problemas de conciencia y pueden seguir durmiendo sin sobresaltos. Prueba de aquello es que más de alguno de los que antaño escupían balas cuando hablaban, hoy ofician de millonarios y lucen bien acomodados en sus placenteras existencias como si nada. Y hasta opinan y pontifican desde altos y conservadores púlpitos mediáticos, llamando hipócritamente ahora a la mesura y a la prudencia.

Tal y como es muy seguro que tampoco tendrán problemas de conciencia en el futuro los ultrones de nuestros días. Por más dolores de cabeza que sean capaces de provocarnos.

Por todo lo anterior, no es raro, aunque si escandaloso e indignante, que los ultrones de hoy tiendan a confrontar más con la Nueva Mayoría que lidera Michelle Bachelet, que con la Alianza heredera del pinochetismo.

En el fondo, con su testimonialismo, su verborrea, su fanatismo, ceguera política y oportunismo, los ultrones aspiran a que, a los fines de profundizar las contradicciones y estirar el elástico, gane una vez más la derecha, y ojalá Longueira. Según afirman, de modo más o menos público, para que el reformismo y la blandenguería, encarnado por la Nueva Mayoría sea completamente arrasado de una buena vez, y se abra paso al revolucionarismo que ellos consecuentemente encarnan. Hasta nuevo aviso.

No es por otra razón que los ultrones y sus socios fácticos son abstencionistas un día sí y el otro no. Que llamen una mañana a anular el voto y en la tarde ya no. Que una vez sean partidarios de elecciones primarias y después de sacar cuentas se den una vuelta de carnero. Y que en un sentido general digan abominar de la política y sus procedimientos democráticos, aunque luego y con la misma cara de inocencia, quieran jugar con sus reglas, pero con ventaja para sí mismos.

Lo peor de todo, y más allá del “catapilqueo” que muy probablemente habrán de producir, es la certeza total de que en unos pocos años, veremos a estos mismos sujetos, más gordos, viejos y calvos, pontificar con cara de circunstancia sobre la mesura, la prudencia y la responsabilidad política.

Se los doy firmado.

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