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Columnas

18 de julio de 2013

La derecha y la sombra del naranjazo

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Fundación Chile 21, ex subsecretario de Guerra.

La sorpresiva renuncia de Pablo Longueira deja a la derecha sin liderazgo, a poco más de 100 días de la elección presidencial.  Pero el tema va mucho más allá del liderazgo y de las comprensibles razones personales que el caso presenta, ya nadie puede negar el impacto político que el hecho ha creado.

El clima previo no era el mejor para el oficialismo. La tremenda derrota que sufrió en las primarias del 30 de junio estaba recién procesándose cuando se desató un fuerte enfrentamiento entre Renovación Nacional y el gobierno —también con la UDI— por una iniciativa de reforma al sistema binominal. La Moneda reaccionó molesta presentando rápidamente su propia versión de reforma política.

Lo insólito es que la derecha, que defendió durante más de 25 años la inamovilidad del binominal, después del tsunami de las primarias, en menos de una semana patrocinó dos proyectos de reforma. ¿Alguien le preguntó su parecer sobre cada uno de estos proyectos al candidato Longueira?

Parisi y Velasco se aparecen así como dos alternativas externas a la derecha, pero no contradictorias con ella, como además son proyectos individuales sin base organizada ni planillas parlamentarias, no representarían contradicciones con los diversos caudillos distritales de la derecha.

El desconcierto de la derecha ante la derrota no solo se expresó en esta división, sino en la actitud autista del gobierno. La Moneda siguió en su libreto ignorando el resultado de las primarias: atacando duramente a Michelle, autoafirmando que es el mejor gobierno de la historia y lamentando que los ciudadanos no se dan cuenta de ello. El propio primer mandatario en una reciente entrevista celebraba que en las primarias los dos candidatos de la derecha se identificaron con el gobierno. Eso es cierto, pero desconoce que en esas mismas elecciones, tres de cada cuatro electores votaron por la oposición. La autocomplacencia del gobierno va de la mano de su incapacidad para tomar decisiones, como lo demuestra la obvia y tardía renuncia del director de Impuestos Internos.

Una coalición sumida en una reyerta pública, un gobierno sin capacidad de ordenar a la coalición y sordo a la opinión de la ciudadanía, obviamente es un panorama para enfermar a cualquiera, empezando por quien afirmaba pocos días atrás, que así como “ganamos las primarias en dos meses, ganaremos a Michelle en cinco”.

Hace unos días afirmábamos que la derecha había iniciado después de las primarias una retirada desde La Moneda hacia el Congreso, buscando parapetarse en sus bancadas merced al binominal. Como sabemos, la retirada es uno de los movimientos más peligrosos de la estrategia, se abandona una posición conocida para alcanzar otra, a fin de salvar lo fundamental de las fuerzas propias. Para proteger la retirada se eligen a las mejores tropas, las más fieles, las más leales. Ese era, al parecer, el rol que se le asignó a la candidatura de Pablo Longueira.

Pero mientras el renunciado candidato se aprestaba a una gesta épica para salvar a su sector, el desorden y la indisciplina cundía en las distintas divisiones como acabamos de reseñar.  Nobleza obliga, Pablo Longueira es un político experimentado, que ha vivido momentos muy duros en su vida, y siempre ha combatido con coherencia y entereza defendiendo sus ideas. Aún no sabemos qué pasó en estos días que su salud se quebrantó.

El ejército oficialista se ha quedado sin su general. A la derecha le quedan tres opciones.

En primer lugar está la búsqueda de un candidato común de sus filas, difícil pero no imposible. Nunca faltan los presidenciables, otra cosa es que tengan alguna mínima opción.  Quien lo hiciere estaría invirtiendo a futuro, a fin de abonar con su sacrificio electoral su liderazgo para más adelante.

La otra alternativa es levantar un candidato por cada partido, cada uno buscando salvar los muebles, es decir, cada uno compitiendo por obtener el máximo de parlamentarios para su colectividad y parapetarse en el Congreso a resistir el triunfo de la oposición. Es posible, pero abre un flanco de competencia interna en una colación que tiene muy deteriorado su ánimo de sociedad, es un matrimonio desgastado, donde no necesariamente se mira el futuro de manera similar que hace 25 años. Es probable que después de una campaña individual, cada partido pueda cantar “ya probé la libertad y me gustó”.

La tercera alternativa es buscar un candidato fuera de sus filas. Y ahí el mercado ofrece dos productos nuevos, sin marca. A los dos les gusta el modelo, y uno ha demostrado que defiende con rigor la macroeconomía ortodoxa y está dispuesto a usar la fuerza contra el movimiento social, defendiendo el orden.

Parisi y Velasco se aparecen así como dos alternativas externas a la derecha, pero no contradictorias con ella, como además son proyectos individuales sin base organizada ni planillas parlamentarias, no representarían contradicciones con los diversos caudillos distritales de la derecha.

En abril de 1963, en una elección complementaria por una diputación en Curicó arrasó el candidato socialista Oscar Naranjo (padre del ex senador). Al año siguiente teníamos elecciones presidenciales y ahí surgía con fuerza la candidatura de Salvador Allende. La derecha de entonces, expresada por los partidos Liberal, Conservador y el radicalismo de entonces, que era la fuerza ganadora y apoyaba la candidatura única del senador Julio Durán, en pocos días se disolvió, bajó a su candidato y apoyó al democratacristiano Eduardo Frei a fin de impedir el triunfo de Allende. El llamado “naranjazo” aterró a la derecha que prefirió apoyar a un hombre fuera de sus filas para impedir el avance de Allende.

La sombra del “naranjazo” ronda a la derecha, ¿seguirá el gobierno en su autocomplacencia y combatiendo sin tregua a Michelle Bachelet? En un sentido, el 17 de noviembre está a la vuelta de la esquina, pero la inestabilidad en la derecha muestra que aún quedan muchos capítulos por escribirse.

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