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Columnas

17 de septiembre de 2013

La locura moral de las FF.AA. y la urgente degradación de Pinochet y Contreras

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Abogado y Cientista Político

Las Fuerzas Armadas son un componente esencial y permanente del Poder Nacional. Constituyen un servicio muy especial de la organización del Estado y como depositarias del monopolio legítimo de la fuerza que éste tiene, ocupan un sitial preferente en la estructura de la República. Es por ello que sus acciones deben ser juzgadas bajo el prisma estricto de la ley. Por ello también, la profesión militar debe ejercerse bajo las reglas de la ética militar, la cual implica obediencia al poder civil, disciplina, honor y verdad.

El ambiente catártico que ha rodeado el 40º aniversario del Golpe Militar de 1973, ha entregado con crudeza inédita hechos e historias que alumbran tanto el drama personal de quienes las vivieron como el desplome moral de las instituciones, entre ellas las Fuerzas Armadas. Esto ha generado también una ola de peticiones de perdón y expresiones críticas frente al Golpe de Estado. Incluso de partidarios del régimen dictatorial, las que en un ambiente de amistad cívica debieran, necesariamente, ser recibidas con ánimo positivo.

Sin embargo, en una República, las instituciones no piden perdón. Lo que hacen es rectificar sus doctrinas y corregir el comportamiento de sus miembros. Particularmente cuando ellos se han alejado de los objetivos para los cuales estas entidades fueron concebidas y son la causa principal de la crisis moral. El mejor ejemplo positivo es el del Poder Judicial y su doctrina del secuestro permanente que evitó la aplicación de la Ley de Amnistía dictada por la dictadura, sin que hubiera al menos investigación y verdad.

Este es el nudo central en las violaciones a los derechos humanos cometidas por militares durante la dictadura. Tales acciones, que lesionaron no sólo la dignidad humana de miles de personas, sino al país como Nación, manchando los símbolos más preciados de la profesión militar: el uniforme, el honor y la verdad, no han experimentado una rectificación creíble.

Si la locura moral contagia a una institución de la República, como efectivamente ocurrió después del Golpe Militar de 1973 con las Fuerzas Armadas, lo que corresponde no es la solicitud de perdón sino la rectificación por parte de ellas. En el caso específico de Augusto Pinochet y Manuel Contreras es la degradación militar y la pérdida de todos sus grados, honores y reconocimientos.

¿Qué fue lo que impulsó a que militares violaran a mujeres indefensas, asesinaran niños, torturaran a miles de personas o simplemente las ejecutaran y las hicieran desaparecer? ¿Cuál formación ética o doctrinaria permite que tales actos pasen a ser considerados operaciones militares, se transformen en hechos habituales, y den paso a una pedagogía del terror en contra de los ciudadanos de un país? Peor aún, ¿bajo cuáles circunstancias un mando militar olvida lo más esencial de su profesión, que es proteger a la población y se dedica a exterminar adversarios políticos? Poder determinarlo no es fácil, pero sí es seguro que su rectificación requiere decisiones drásticas guiadas por los más altos principios de un Estado democrático.

El desquiciamiento de los militares torturadores y de quienes los mandaron o ampararon en la impunidad sólo tiene explicación en la locura moral, que los lleva a actuar fuera de todo límite ético.

Es en el análisis de esa locura moral donde deben anclarse los actos de rectificación doctrinaria que Chile espera de sus Fuerzas Armadas, especialmente del Ejército. Si un loco moral que cometió delitos de lesa humanidad sigue ostentando grados y emblemas que solamente corresponden a militares de honor, aún estando preso o muerto, continúa manchando a su institución. Significa también que ella está confundida, y que ha sido y es incapaz de simbolizar en la condena de esas conductas, con hechos concretos, —por más difíciles que sean— los límites que un militar no puede transgredir.

La locura moral, ha sido descrita por la antropología criminal hace más de un siglo. Consiste en una conducta maliciosa, manipuladora, desleal y sin escrúpulos. Sin mecanismos de conciencia interior que limiten al individuo que la experimenta, el que miente o distorsiona la realidad sin vergüenza de sus actos, y es incapaz de experimentar emociones profundas como la compasión. Experimenta un proceso de bestialización que anula su conciencia, que es lo que realmente separa a los humanos de los animales.

“Un loco moral es, según el criterio más extendido, un sujeto que teniendo todas sus funciones psíquicas aparentemente normales y poseyendo una inteligencia normal —o incluso superior— se comporta de un modo contrario a las normas morales, premeditadamente y sin necesidad, porque aún cuando conoce, por así decirlo, el código de la moral, le falta sentirlo para creer en él” (p. 91, Manual de Psicología Jurídica, Salvat 1932).

Si tal conducta contagia a una institución de la República, como efectivamente ocurrió después del Golpe Militar de 1973 con las Fuerzas Armadas, lo que corresponde no es la solicitud de perdón sino la rectificación por parte de ellas. En el caso específico de Augusto Pinochet y Manuel Contreras es la degradación militar y la pérdida de todos sus grados, honores y reconocimientos.

La Parada Militar del próximo 19 de septiembre y todas las que vengan durante muchos años tendrá la sombra de esta demanda ciudadana, porque en esta materia la rectificación no ha existido, lo que constituye el peor ejemplo doctrinario que pueden dar nuestras Fuerzas Armadas a las nuevas generaciones militares.

Un violador de derechos humanos no merece ni puede ser parte, ni siquiera remotamente, del reconocimiento ciudadano a las glorias militares de la Nación, ni menos de los símbolos institucionales que ellas ostentan. Augusto Pinochet Ugarte y Manuel Contreras, aunque no son los únicos, no son militares de honor ni están en la tradición de Chile. Ellos se acercan mucho más a la figura del loco moral que por circunstancias históricas contaminaron su institución y la vida nacional.

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