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Columnas

23 de septiembre de 2013

La carta-bomba de Horton

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Artista visual

Las cartas son cosa antigua, como la de Frei a Mariano Rumor, como las de Pedro de Valdivia sitiado por los mapuches, las lluvias y el hambre, y escribiendo al rey de España de que esto no podía estar mejor. Hoy nos manejamos con mails, whatsaaps, tuiteos, y por eso es que Correos de Chile está complicado.

Pero un joven galán de teleseries y obras teatrales, Mario Horton, se ha mandado una carta al comando bacheletista para rechazar su eventual participación como rostro. No todos tenemos rostro, él sí, y ha rechazado, tiene derecho, a asociar públicamente las irradiaciones mediáticas del suyo al de la candidata.

Esta carta ha sido comentada como valiente, ingenua, tremenda, muchas cosas, y en verdad vale la pena mirarla un poco porque de ella afloran pústulas y flores que llevamos encima como sociedad sin atinar a entender en qué consisten.

Dice Horton explicando con arrojo su propio miedo:

“Debo admitir que vivo en ese sistema a raudales. Tengo auto, sí trabajo en la tele, sí, consumo energía exorbitantemente, sí, estoy endeudado en el sistema financiero hasta las masas, sí, tengo Isapre, sí, y mando a mi hija a uno de los mejores colegios privados de Chile, sí. ¿Pero sabes por qué hago todas esas cosas? Porque tengo miedo. Un miedo inculcado que sentimos todos. Y ese miedo proviene de las fauces más bestiales de esta realidad nuestra”.

Se pregunta uno si la Concertación hubiera aplicado el plan Horton, y hubiese negado el permiso a las centrales hidroeléctricas, si hubiese espantado a los privados, si hubiera convertido el colegio de la niña de Horton en un liceo con número y hubiese clausurado el Congreso por no ser representativo, en qué estaríamos. No podríamos vivir en el sistema a raudales, porque no habría sistema. No podríamos traicionar a nuestros ideales porque no habría cómo, ni manejar el súper auto porque no habría gasolina.

Hasta aquí es uno de los nuestros. No nos gusta este sistema pero corremos babosamente en busca del nuevo iPhone. Odiamos a los bancos y comparecemos a ellos con sonrisita de conejos a ver si nos pasan, mmm, ayyyy, dinero, ¡money!, eso que Woody Allen dice en una película que por qué tenerle manía, los billetes son unas cosas crujientes, verdes, como lechugas, que puedes cambiar por lo que desees. Tiene Isapre Horton, igual que todos, que las odiamos, y no nos iríamos a Fonasa donde los pasillos de los hospitales son grisáceos y las señoritas no nos tienen paciencia alguna, aparte que si gastas 2 millones en una operación te reembolsan 20 mil pesos. Manda a su hija a uno de los mejores colegios privados, dice, y no a la educación pública y gratuita y de calidad que la calle clama, ay Dios. Y desperdicia energía de esa misma que está dejando a la Patagonia sin represas o a las represas sin Patagonia.

Horton dice tener una explicación para este comportamiento pragmático y tan enfrentado a sus valores, para su, digámoslo derechamente, inmoralidad: el miedo. Lleva razón. El miedo gobierna el mundo cuando el propio deseo retrocede, encogiéndose agusanadamente como pichulín en retirada. Miedo a eso que se llama el sistema, la cosa, la incertidumbre, la marginalidad.

¿Será sólo miedo? ¿O no es quizá la voluptuosidad de poder declarar en carta pública que mando a mi hija, ‘conchetumadre’, a uno de los mejores colegios, cachaste, ubíquense de, oye, Chile? ¿No es la delicia del plan Isapre A-103 Golden Plus atendido por una señorita amable de uñas nacaradas al que muchos otros desgraciadamente no tienen acceso? ¿Tiene auto y no una de esas innumerables bicicletas temblequeantes cuyos conductores gozan, al mismo tiempo, de los derechos de peatones y de automovilistas pero de ninguno de sus deberes? Un modelo, quizá, de los mejores no de Chile sino del mundo, loco, porque aquí no fabricamos ni una mierda, sólo sabemos hacer hoyos y sacar piedras y venderlas. Y trabaja en la tele, que se ha dedicado a envenenar nuestras mentes y a secuestrar la verdad, y a promediar la realidad de manera repugnante durante todos estos años de democracia, es un rostro de esa televisión ignominiosa.

Esta voluptuosidad, o este miedo, no le impiden a Horton, y con él a muchos otros, a tantos de nosotros, ser muy exigentes y severos con quienes han hecho posible ese paraíso tan innoble: los políticos de la Concertación.

Una coalición, denuncia Horton, que históricamente se ha posicionado como un “mal menor” en el escenario político y que en nombre de eso se ha moderado en los momentos históricos en los que ha tenido la oportunidad de modificar algo. Una coalición que ha aprobado centrales hidroeléctricas, devastado la Patagonia en aras del desarrollo económico de unos pocos, privatizado Chile entero, que ha manejado horrorosamente el conflicto indígena, los conflictos limítrofes del norte, el problema de la regionalización, que ha dilatado los cambios en educación, en salud, en políticas públicas, que ha tratado negligentemente al movimiento social, que aún no genera el escenario propicio para la abolición del binominal y que no está por la asamblea constituyente, sino que por reformas constitucionales, que no es lo mismo”.

Compañero Horton, presente. Ahora y siempre. Desde los airbags de tu auto, desde el sofisticado equipo de radio del nuestro, desde el colegio más privado que hayamos podido conseguir para nuestros hijos, desde las suaves tiendas donde venden los Mac y los Sony, y las zapatillas Puma y los helados de seis sabores del Emporio, nos declaramos asqueados del modelo, y culpamos a los dirigentes políticos que han sabido leer nuestros pensamientos, que nos han dado veinte años de paz y que se hicieron cargo de esta ‘cagada’ de país cuando Pinochet era Comandante en Jefe del Ejército con varias capas y muchas condecoraciones y un sable así de grande, y la señora Lucía firme a su costado y todos bien enojados, cuando algún ministro después de mucho temblarle el trasero mandó tomar preso al psicópata del ‘Mamo’ Contreras, y ese señor no entraba en la cárcel porque según él no le llegaba la citación, y la citación pasó semanas, meses, dando vueltas, y todos preferíamos, por cierto, ir al mall que preocuparnos de esos detalles sórdidos de la transición.

Se pregunta uno si la Concertación hubiera aplicado el plan Horton, y hubiese negado el permiso a las centrales hidroeléctricas, si hubiese espantado a los privados, si hubiera convertido el colegio de la niña de Horton en un liceo con número y hubiese clausurado el Congreso por no ser representativo, en qué estaríamos. No podríamos vivir en el sistema a raudales, porque no habría sistema. No podríamos traicionar a nuestros ideales porque no habría cómo, ni manejar el súper auto porque no habría gasolina.

Y dejando ya a Horton, que ha tenido el valor de decir las cosas como son, me pregunto yo, observando a tanto valiente ahora, dónde estaban ellos y ellas cuando pasaron las cosas. Recuerdo que la noche del plebiscito, al darse oficialmente como ganador al NO tras un forcejeo entre milicos diversos y el propio Cardemil, que tenía el mismo aspecto relajado de ahora, salimos con mi señora a celebrar con una bandera chilena en el auto, y no había nadie en las calles, loco. Penaban las ánimas. Yo sentía el castañeteo de dientes en todas partes. Regresamos a casa, frustrados. Diversos líderes, supe después, se habían ido a pasar la noche a casas de amigos, por precaución.

Se iba Pinochet. ¿Qué pasaría? Lagos, que fue un poco duro en un foro televisivo, perdió por su arrojo la senaduría que de rebote ganó, sonrosado, humilde y sonriente, Jaime Guzmán. Apareció Aylwin hablando del consenso, y Eugenio Tironi con una gran bandera del porte del Estadio Nacional. Patria para todos. Y el consenso… ¿con quiénes? Con los asesinos de la dictadura que terminaba.

La popularidad de Aylwin jamás bajó del 50 o 60 por ciento. Esos chilenos y chilenas éramos nosotros en esos años que hoy criticamos. Frei, que no presentó otro programa que no tener programa, arrasó en primera vuelta. Muchos de a los que hoy les ha brotado una estrellita de comandante Che Guevara ni siquiera iban a votar, para qué, y gracias a ellos, a esa juventud que nos llena de orgullo, la derecha que en Chile quiere decir no centroderecha sino extrema derecha, se las arregló para conservar la mitad del Parlamento con el 30 por ciento de los votos, añadiendo a unos seres muy feos de la Corte Suprema y de Carabineros para ser senadores adicionales.

Era impresentable. Pero empezaron a venir bandas de rock a Chile. Presidentes de otros países, que no visitaban a este leprosario pinochetista. Productos de todos los países, que locura. Nuevas marcas. Pasamos de los caracoles a los malls. Las universidades privadas agarraron vuelo. La economía logró duplicar el PIB en pocos años. El sistema estaba en marcha.

Un sistema que hemos construido: Horton guapo, amigos y amigas, disidentes y disidentas, entre todos. Un sistema que es hijo de nuestras cobardías, de nuestras prudencias, de nuestras ausencias.

Yo debo dejar sentado aquí, sin embargo, el valor y la tenacidad de la gente que desde un principio reclamó por sus desaparecidos, por sus torturados, por sus exonerados, por sus exiliados. Fueron muy pocos. Se arriesgaron. No tranzaron. Están ganando finalmente el reconocimiento social que merecen. Se han ganado todo nuestro respeto.

El resto arriesgó bien poco, tranzó mucho, miró ‘ene’ veces para el techo y ahora considera que la culpable de todo es Bachelet, o que el malo es Lagos, o que los democratacristianos son lo peor, esas cosas.

No se acuerdan. No se ven a sí mismos. O, como el buen Horton, condenan en los políticos lo que ellos sí se perdonan a sí mismos, y a los encargados de lo público les exigen con mucho enojo que hagan lo que nadie ha hecho ni piensa jamás hacer en su propia vida privada.

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