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Columnas

20 de agosto de 2014

De la biología del amor a la educación y la reforma

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Director Ejecutivo Fundación Educándonos. @F_Educandonos

El proceso que estamos viviendo como sociedad debería hacernos prestar más atención a uno de los más importantes científicos chilenos de la actualidad, que construyó una teoría maravillosa respecto a los seres vivos y el ser humano, como lo es Humberto Maturana. Por lo mismo no es al azar el título de esta columna.

Una sociedad no se construye ni se proyecta sin otros, si no somos capaces de considerar al otro como un legítimo otro en la convivencia con uno, algo no está bien. Pues esto es lo que permite la confianza para que las sociedades puedan desarrollarse de manera integral. Sin confianza no hay convivencia social, como lo indica Maturana.

Creo que desde esta mirada se debería configurar la reforma. No podemos pretender cambiar todo con leyes si no se sustentan en la coherencia de una guía o un sustento (como la que propone Maturana) que modifique en su base la manera en que entendemos la educación y los énfasis que le damos a cada una de sus partes.

Estamos en una sociedad profundamente patriarcal, donde la competencia y la negación del otro es lo que domina nuestras relaciones. A nivel de adultos, sobre todo, nos enfocamos en no considerar legítimo al otro en la convivencia, es decir, lo negamos.

Podemos buscar modificar leyes pero difícilmente cambiará nuestra cultura educacional si no consideramos y vamos directamente al currículo que enseñamos. La pregunta ¿Para qué enseñamos? resulta fundamental para comenzar a cambiar nuestro sistema educativo y lo que entendemos por calidad.

Podemos modificar las leyes y las formas (como la propuesta actual presentada por el gobierno), pero la esencia no la modificaremos. Si entendemos la educación como un proceso distinto al actual, donde el centro sea el ser humano y no sólo la producción de mano de obra calificada y no calificada para el sistema productivo, podremos desarrollar una estrategia acorde que permita comenzar el cambio.

Hoy hemos convertido en fin lo que es un medio para generar una sociedad donde nos respetemos y sepamos convivir con todos, que es donde debiera estar el corazón de la reforma. Además, ese fin que hemos alzado como la panacea aún estamos lejos de conseguirlo, no lo hemos hecho bien.

Con esto me refiero a que los ramos de Lenguaje y Matemática son el centro de todo y para lo único que valen es para obtener un mayor puntaje en una prueba estandarizada que le asegure a un estudiante un buen pasar en la sociedad de la negación del otro. Con esto no quiero dar a entender que no sean importantes aquellas asignaturas, sino que deben ser un medio para generar una sana convivencia social y no lo que determina qué hacemos como país en el ámbito educacional. Desde este enfoque debemos potenciarlas y mejorar el paupérrimo nivel que su enseñanza hoy presenta.

Así, se entiende que hay otras variables relevantes en el proceso de aprendizaje que nos van a permitir transitar a un estadio distinto en nuestra cultura, donde lo esencial sea la aceptación del otro y no su negación. La música, las manualidades, la educación cívica, la filosofía, la biología (como medio para entender los procesos naturales), la actividad física, entre otras áreas del quehacer humano, son ramas de aprendizaje que complementados con un buen desarrollo de la lectura y el pensamiento abstracto nos permitirán tener una sociedad distinta, donde cada ciudadano pueda desarrollar sus talentos y ponerlos no sólo al servicio personal sino de toda la sociedad.

Para lograr lo anterior, creo que lo primero es trabajar en la formación y transformación de los nuevos y antiguos profesores y modificar el sistema de medición de calidad que guía los pasos del sistema educativo y de cada comunidad escolar. Los profesores son los llamados a liderar este cambio.

Podemos modificar las leyes y las formas (como la propuesta actual presentada por el gobierno), pero la esencia no la modificaremos. Si entendemos la educación como un proceso distinto al actual, donde el centro sea el ser humano y no sólo la producción de mano de obra calificada y no calificada para el sistema productivo, podremos desarrollar una estrategia acorde que permita comenzar el cambio.

Por todo lo anterior, trabajar con los educadores y repensar el Simce resulta fundamental para tener una educación de calidad, entendida como el motor que nos lleve desde la sociedad de la negación del otro a aquella donde la confianza sea la norma, transformando la lógica dominante.

En esta sociedad el lucro en educación, la segregación y la selección serán conceptos arcaicos que no se nos pasará por la cabeza seguir reproduciéndolos, por lo que empezar a transitar hacia ello hará desaparecer estas prácticas y facilitará la aplicación de leyes como las propuestas.

Parafraseando a Maturana, la forma en cómo nos relacionamos podría cambiar si desde el proceso educativo se genera una formación que dé responsabilidad ética desde la reflexión y el respeto por el individuo, a partir de una coinspiración participativa en un proyecto común, permitiendo así un Chile legítimo para todos.


 

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