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7 de marzo de 2011

Análisis de la mente y el discurso del Presidente

Por qué Piñera habla como telepredicador

Siente que viene a refundar el país, que tiene una misión única. Es un narcisista, un niño contenido. O un profesor que prefiere ser práctico a usar palabras grandilocuentes y que cuando improvisa se equivoca. Ad portas del primer aniversario de su gobierno, sicólogos y expertos en discurso intentan explicaciones para entender qué hay más allá de las anécdotas, lapsus e imágenes en las que incurre el Presidente cuando habla.

Todo eso de que un estilo de hacer política  murió después del golpe de 1973, de que los políticos de antes si sabían hablar y sus discursos eran mucho mejores suena por lo menos  discutible. Como prueba se puede encontrar  un argumento  en “La Cueva del Senado y los 45 Senadores”, best seller de fines de los 60 en el que Eugenio Lira Massi escribe pequeños retratos de los parlamentarios de la época.

Sobre Pedro Ibáñez, empresario y senador del Partido Nacional, Lira Massi apunta:  “Acucioso como todas las personas a las que el esfuerzo intelectual agota, recorta cuanta frase célebre encuentra, cuanta cita bíblica hay, cuanto dato de interés llega a sus manos y los archiva por materias. Los peladores sostienen que para hacer un discurso, a  Pedro Ibáñez  le bastan un par de tijeras, un frasco de goma y ninguna idea”.

¿Suena familiar? Bueno, de partida Ibáñez al igual que Piñera fue un destacado empresario de su época y el Presidente de la República también recurre a más de  alguna frase prestada. Sólo que en tiempos de la globalización Piñera oscila entre Saddam Hussein y San Alberto Hurtado.

“La rutina de Dino Gordillo”

En la Cuenta Pública que el mandatario dio en diciembre del año pasado dijo refiriéndose a la educación: “Dijimos que ésta era la madre de todas las batallas, una batalla que no podemos postergar y que sin duda tenemos que ganar, estamos hablando con la pura y simple verdad” y de esta manera parafraseó al dictador Iraquí que juró pelear “la madre de todas las batallas” contra Estados Unidos en 1991, durante la Guerra del Golfo.

Antes, en su primer discurso ante el Congreso Pleno el 21 de mayo, el Presidente hablando de su lucha contra la pobreza citó a San Alberto Hurtado con una sentencia acerca de que “la caridad empieza donde termina la justicia”. Paralelamente, uno de sus conceptos emblema, ese que promete “trancar la puerta giratoria”, pertenece a George Bush padre, quién lo usó  para ganar al Demócrata Michael Dukakis en 1988.

Piñera no es ni será el único que usará frases prestadas o irá hasta la cita célebre para cubrir un párrafo en un discurso. Pero si tiene algunas particularidades. Al menos una que se reconoce fácilmente: “Es el Presidente de Chile que más menciones de Dios ha hecho, por lejos”, comenta Francisco Javier Díaz.

El abogado que formó parte del equipo a cargo de los discursos de Michelle Bachelet, dice que ha visto un par de veces a Piñera en vivo. “Llega con hojas y anotaciones a mano. Pero se nota que no le gustan los discursos. Prefiere explicar lo que va a hacer como un profesor.  Eso provoca que no se motive y busque la cita más bonita, sino que recurra al lugar común, que al oyente no le gusta oír, como la rutina de Dino Gordillo llena de chistes repetidos”.

Y es cierto. Tanto en el discurso frente al  Congreso Pleno como en la cuenta pública, Piñera se repite.  Habla de las “batallas” contra la delincuencia; promete que Chile “antes de terminar esta década dejará el subdesarrollo”, habla de los “héroes anónimos” y grafica la cesantía con la imagen de “los 680 mil compatriotas que todas las mañanas salen de sus hogares con la ilusión de encontrar trabajo y vuelven en las tardes con la frustración de las manos vacías”.

A pesar de todo,  Díaz reconoce que “Piñera es muy disciplinado al momento de remarcar un concepto y eso es tanto o más bueno que un gran discurso porque la gente de diez apariciones recuerda una”.

El bárbaro iluminado

La imagen que mejor resume a Piñera es la del  héroe iluminado. Así lo piensa el sicólogo Gonzalo Pérez: “Piñera es un Cid Campeador. Vive en el ámbito de la imaginación, una fantasía en la que está conduciendo a Chile hacia la Tierra Prometida. Es un héroe elegido en posesión  de la verdad. A diferencia de los políticos modernos que proponen, él establece, porque no es un representante, es un elegido y todos los que no estén con él son apuntados como obstáculos”.

“El de Piñera es un narcisismo barato, del tipo ‘yo soy magnífico porque conquisté a  mi madre, porque mi mamá me amó’. Su juguetería millonaria la entiendo así. Su contención va más allá de la situación actual. A Piñera le faltó crecer, los tics son una patología tradicionalmente infantil, la emergencia del cuerpo sobre el espíritu. El sueño de Piñera es haber sido como el Negro, pero eso no es suficientemente respetable, por eso lo protege tanto”, señala el psicólogo Esteban Radiszcz.

A pesar de que el jefe del equipo encargado de los discursos es Ignacio Rivadeneira, asesor de presidencial  en el “segundo piso”  de La  Moneda de sólo 32 años,  para Gonzalo Pérez, sicólogo “jungiano” y autor de “El Espejo Cósmico”, el discurso de Piñera es “retrógrado, anticuado,  de alguien que no vive en los tiempos posmodernos sino románticos, de la época de emancipación de las colonias, de los liderazgos carismáticos que se acabaron con el siglo XX. Pero a diferencia de Berlusconi que miente y manipula, Piñera tiene la convicción de que es el elegido para una misión divina”.

En efecto, en más de una ocasión Piñera se ha dado el tiempo de “agradecer a los padres fundadores” de la Patria,  de recordar que Chile fue “forjado en la adversidad y que estamos en una “encrucijada histórica” donde estamos invitados a abrazar “la aventura del futuro, que es la aventura del progreso, la paz y la libertad”, como apuntó en el discurso de la cuenta pública.

El mismo en el que recalcó que en las exportaciones, empleos y beneficiarios del Fondo Solidario de Crédito Universitario hemos alcanzado “las cifras más altas de la historia de Chile”.

Para el sicoanalista Esteban Radiszcz  el discurso de Piñera se parece al de Nicolás Sarkozy, con “mucha referencia superficial y frase para el bronce sin digerir”. Para el académico de la Universidad de Chile,  no es otra cosa que barbarie. “Más que de él de quienes le hacen los discursos. La imagen griega de la barbarie es la de aquel que no habla, pero el habla no es sólo decir palabras, también es una relación social.  Walter Benjamin decía que la barbarie moderna se produce  cuando yo digo que soy el primero, que vengo a restaurar y por lo tanto degrado el lazo social, porque lo que vivieron los otros no vale. Ahí está la violencia fundamental del discurso de Piñera, cuando dice que en cincuenta años no se ha hecho nada; en la referencia constante a que él es el primero de verdad”.

En una esfera similar opina el cronista, escritor y periodista Oscar Contardo, para quien lo preocupante del discurso presidencial es que al “Plantear fenómenos sociales como la pobreza, la inequidad en la educación y la delincuencia como enemigos personificados simplifica el problema –en la estética power point- pero anula la posibilidad de reflexión en torno a las causas. Los transforma en demonios de origen desconocido y no en el producto de un orden político, cultural y económico.  Esto sin duda, ayuda a comunicar rápidamente una idea Pero esa economía de la complejidad a largo plazo corre el riesgo de transformarse en caricatura de sí misma. El más trágico ejemplo fue el abuso de la imagen del candado a la puerta giratoria de las cárceles del que nadie se hizo cargo luego del incendio del presidio de San Miguel”.

“Más narcisista que Lagos”

Probablemente el votante promedio no hará un análisis tan conceptualizado cuando escuche o recuerde al Presidente Piñera. Si puede que lo haga por sus lapsus, errores y tics corporales. Incluso no es descabellado pensar que las “piñericosas” influyan en el índice de desaprobación, que según la encuesta Adimark está en un 49%

“Aún está por verse cómo afectan. Puede que como en el caso de Bush la gente lo encuentre un idiota, o bien resulte en el caso de Jorge Batlle de Uruguay -que también se equivocaba-, la gente le tome cariño”, dice Francisco Javier Diaz.

Pero ¿cómo se pueden explicar los lapsus recurrentes desde una mirada sicoanalítica? Esteban Radiszcz cree que  “él está sometiendo algo que escapa al lugar que está ocupando en el momento. Si está diciendo  maremoto y vio que su ministra tiene un poto gigantesco, no es una situación como para poder decir el medio poto, entonces se cuela en el lapsus, marepoto”.

Radiszcz cree que Piñera es “más narcisista que Lagos, quien tenía un narcisismo docto, del que creía que su idea era superior. El de Piñera es un narcisismo barato, del tipo ‘yo soy magnífico porque conquisté a  mi madre, porque mi mamá me amó’. Su juguetería millonaria la entiendo así. Su contención va más allá de la situación actual. A Piñera le faltó crecer, los tics son una patología tradicionalmente infantil, la emergencia del cuerpo sobre el espíritu. El sueño de Piñera es haber sido como el Negro, pero eso no es suficientemente respetable, por eso lo protege tanto”.

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