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1 de agosto de 2013

Militares se autoexcluyeron del mecanismo que impusieron

Cómo las Fuerzas Armadas quedaron fuera del sistema de AFP que entrega pensiones miserables

La aprobación del nuevo sistema de pensiones privado impulsado por el entonces ministro del Trabajo, José Piñera, durante la Junta de Gobierno presidida por Augusto Pinochet en 1980, tenía letra chica: éste no regiría para los militares, quienes prefirieron mantener sus pensiones en la Caja de Previsión de la Defensa Nacional. Hoy esta decisión, que el economista detalla en su libro “El Cascabel al Gato”, les permite obtener jubilaciones radicalmente mejores que al resto de los chilenos.

pepepiñera

El 6 de noviembre de 1980 un joven José Piñera, de apenas 31 años, anunciaba a los chilenos por televisión la aprobación de la nueva reforma previsional que empezaría a operar en el país.

Dos días antes, la Junta de Gobierno liderada por el general Augusto Pinochet, había realizado la sesión final donde se selló el destino previsional del país. Al menos de aquellos que, paradójicamente, no pertenecían a las Fuerzas Armadas (FF.AA.). Institución que, tal como relata el entonces ministro del Trabajo en su libro “El Cascabel al gato”, optó por mantener el sistema de reparto —que tanto criticaba el economista—, a través de la Caja de Previsión de la Defensa Nacional (Capredena).

Decisión que en la práctica terminó beneficiando al mundo militar. Esto, porque por ley la pensión de retiro para las FF.AA. considera para su cálculo el 100 % de la última remuneración imponible de actividad en razón de una treintava parte por cada año de servicio. Una fórmula que entrega a los militares pensiones iguales, mayores o muy similares a las remuneraciones percibidas durante sus años de servicio.

En contraste, la tasa de reemplazo que obtendrán los cotizantes de las AFP, según datos entregados por el presidente de la Comisión Especial del Senado para el estudio de Reformas al Sistema de AFP, Eugenio Tuma, promedia 37 %. Lo que se traduce, tal como reconoció en enero pasado del consejero del Banco Central, Joaquín Vial, en que las pensiones de al menos 60 % de los primeros cotizantes del sistema serían menores al sueldo mínimo y rondarían los 150 mil pesos.

Esta cifra dista bastante del 70 % que José Piñera prometía al impulsar el sistema. Según detallaba en su libro “si todo iba razonablemente bien, nuestros cálculos indicaban que ahorrando mensualmente un 10 % de la remuneración, las pensiones podrían alcanzar a montos equivalentes al 70 % de ella al final de la vida de trabajo”.

Inexplicablemente para mí, el Presidente siguió sin decir palabra, pero intervino el general Matthei, Comandante en Jefe de la Fuerza Aérea. Dijo que no aceptaba el tono de la interpelación que había escuchado. Que mi lealtad y capacidad estaban a esas alturas más allá de toda duda. El general estaba irritado. Le parecía que la discusión era absolutamente estéril y que se estaba perdiendo de vista el objetivo de la reforma: reemplazar un sistema previsional caótico e inmoral por un régimen de pensiones efectivo. Recuerdo que levantando algo la voz dijo: “Porque es inmoral que nuestros hijos tengan que pagarnos las pensiones que nosotros cobraremos el día de mañana”.

Promesa que está lejos de cumplirse, lo que ha generado una serie de propuestas de reforma, entre las que se cuenta la de su hermano, el Presidente Sebastián Piñera, quien señaló que el sistema previsional vigente no ha cumplido su promesa, lo que fue duramente criticado por el ex secretario de Estado.

No es la primera batalla que José Piñera ha dado para defender su sistema: hace 32 años le tocó hacerlo contra diversos detractores. Entre ellos, los propios militares.

Generales estatistas

El objetivo prioritario que Piñera entregaba en 1980 para impulsar la creación de las AFP, era “crear un sistema que entregara buenas pensiones. Justamente aquí había fracasado de manera estruendosa el antiguo sistema”, relata en “El Cascabel al Gato”.

Según el texto, cuando José Piñera llegó al ministerio del Trabajo “quienes se oponían a la depuración no eran sólo los conocidos de siempre —los privilegiados del sistema, los viejos cracks, los políticos dispuestos a oponerse a cualquier iniciativa— sino también, en muchos casos, los directivos de las propias cajas de previsión. Entre ellos había mucho uniformado en retiro con proyectos e ideas que eran de temer”.

Uniformados que, según su relato, le habrían hecho la vida a cuadritos a su idea, pese a lo cual, continuó trabajando, hasta que, “luego de casi un año de trabajo en la reforma previsional dentro del equipo del Ministerio, había llegado el momento de comprometer al gobierno. La ocasión propicia era la celebración del 1º de mayo de 1980, el Día del Trabajo”.

A partir de ese día, en que se anunciaron públicamente las líneas del nuevo sistema “se puso en movimiento la gran maquinaria nacional para dejar las cosas igual”.

“La antirreforma”, describe Piñera, llegó a constituir un grupo heterogéneo en su composición, que incluyó a dirigentes sindicales, catedráticos y a los administradores de las “cajas”, las instituciones estatales que administraban la vieja previsión.

“Se había colocado en estos puestos a un elevado número de uniformados en retiro con muchos santos en la corte. Eran hombres de confianza del gobierno, desde luego, pero que lamentablemente entendieron su misión desde el imperativo de mantener intactas y, a ser posible, expandidas las reparticiones cuyo manejo se les había confiado”.

El libro detalla que “el último flanco de resistencia a la reforma vestía uniforme. El Comité Asesor del Presidente, en efecto, estaba integrado en esa época por un grupo de generales de convicciones estatistas. Cuando conocieron el proyecto de reforma previsional pensaron que ya los liberales habían ido demasiado lejos. El general Guillard era la voz más autorizada de este enfoque y desde un comienzo vio en nuestra iniciativa un paso gigantesco en dirección a un liberalismo supuestamente desintegrador. Pero en la amplitud de nuestra reforma vieron la oportunidad para derrotar el modelo económico”.

“El hombre más cercano al Presidente, el general Santiago Sinclair, ministro jefe del Estado Mayor Presidencial, comprendía que la reforma podía introducir una cuña entre el mandatario y lo que en broma se llamaba “su partido”, el Ejército, representado por generales que participaban en funciones públicas. Sin embargo, el general trataba de compatibilizar posiciones que en rigor eran incompatibles. Al final no apoyó la reforma, pero tampoco la combatió”.

El relato de Piñera devela que, en vista del amplio arco opositor, a comienzos de agosto 1980 el proyecto “quedó empantanado en una suerte de tierra de nadie”, siendo el único tema que se discutía en las esferas de gobierno el próximo plebiscito constitucional.

La aprobación de la Constitución el 11 de septiembre de ese año, en palabras del ex ministro, implicó que la ciudadanía “otorgó un claro mandato para continuar la obra modernizadora y se desvaneció definitivamente el mito según el cual la economía social de mercado era impopular por definición”. Además, resultó ser “la tabla de salvación” de su reforma.

“Al día siguiente de la votación plebiscitaria, volví a la carga y pedí una entrevista con el Presidente. Le felicité por la aprobación constitucional y, antes de que se le borrara la sonrisa del rostro, le dije que el régimen vivía lo que Stephan Zweig habría llamado “un momento estelar”. Uno de esos momentos que potencian a los individuos o a las naciones más allá de lo que nunca fueron. Era el momento de actuar y de aprobar la reforma previsional (…). La persistencia rindió sus frutos. Se reactivó el proyecto y en sesiones casi permanentes, las comisiones legislativas terminaron su trabajo”.

La recta final

Según relata Piñera en su libro, “la última ofensiva anti-reforma del Comité Asesor se produjo cuando ya el proyecto estaba virtualmente aprobado en la Junta de Gobierno. El ataque fue tan violento como inesperado y nadie hubiera sido capaz de predecirlo.

La sesión en que se produjo contó con la presencia de la Junta de Gobierno y comenzó en un ambiente enrarecido. En ese momento hubiera podido advertir quizás que algo extraño iba a ocurrir, dada la presencia silenciosa y concertada de caras nuevas en la gran sala de reunión del poder legislativo.

Apenas comenzó la reunión, el Presidente señaló que había que hacer un alto en la revisión de los últimos artículos del proyecto y que era necesario repensar cómo continuar adelante en este tema.

Desde luego, esas palabras me sorprendieron. Pero más me sorprendió el tono con que un general integrante del Comité Asesor me interpeló a continuación:

-Ministro Piñera, usted ha estado haciendo una encendida defensa del proyecto que se ha estado discutiendo… pero ¿se da cuenta usted de que está mutilando el poder del Estado? ¿Se da cuenta usted que este gobierno, en circunstancias políticas más adversas, podría necesitar ese poder que con este proyecto estamos sacrificando? ¿No cree usted que en este plano el liberalismo suyo nos está llevando demasiado lejos?”.

En su respuesta, cuenta Piñera, reconoció que se daría un paso enorme al reducir el poder del Estado, pero “Chile entero ganará y se habrá dado un testimonio irrefutable de la voluntad del gobierno de construir en Chile una sociedad realmente libre. Y entiendo, general, que ése el proyecto de este gobierno. ¿O me equivoco?”.

Ante esto, describe el economista, “un largo silencio siguió a mi contraataque (…).Pero el silencio fue roto por un coronel, para disparar desde otro frente con artillería pesada, dirigida tanto sobre el proyecto como en mi contra.

—Quiero saber, señor ministro, dónde existe un régimen previsional como el que usted quiere implantar en Chile, utilizando el poder, la popularidad y además el prestigio de las fuerzas armadas y su gobierno. Yo me pregunto ¿cómo se atreve… cómo es posible que se esté comprometiendo al régimen en un experimento tan incierto y tan discutible como esta reforma?

Me sentí solo y, lo que es peor, me sentí cansado. Tuve la absoluta certeza de que estaban operando fuerzas oscuras y concertadas para hundir la reforma de las pensiones.

Inexplicablemente para mí, el Presidente siguió sin decir palabra, pero intervino el general Matthei, Comandante en Jefe de la Fuerza Aérea. Dijo que no aceptaba el tono de la interpelación que había escuchado. Que mi lealtad y capacidad estaban a esas alturas más allá de toda duda. El general estaba irritado. Le parecía que la discusión era absolutamente estéril y que se estaba perdiendo de vista el objetivo de la reforma: reemplazar un sistema previsional caótico e inmoral por un régimen de pensiones efectivo. Recuerdo que levantando algo la voz dijo: “Porque es inmoral que nuestros hijos tengan que pagarnos las pensiones que nosotros cobraremos el día de mañana”.

José Piñera defendió su modelo, recalcando que la originalidad del sistema privado “lejos de ser una desventaja, era una fortaleza”. Tras lo cual, y “como para zanjar definitivamente el asunto, el Presidente miró a su derecha, y preguntó a quemarropa al almirante Merino, Comandante en Jefe de la Armada, su opinión sobre las posiciones que se habían expuesto. El almirante, imperturbable, despejó con pocas palabras cualquier duda:

—“Yo estoy totalmente de acuerdo con el ministro —señaló”.

Luego de eso Augusto Pinochet suspendió la sesión.

AFP para los chilenos, Caja para los militares

Una semana después, el entonces general en Jefe del Ejército convocó a la Junta nuevamente para terminar de analizar el proyecto.

El economista, relata que “no hubo referencia alguna a la crisis de la semana anterior. Tampoco quise preguntar nada. ¿Qué ocurrió entre tanto con las posiciones que parecían irreductibles? Nunca lo supe con exactitud y preferí no volver a tocar el tema (…). Lamentablemente, los generales encargados de la previsión de las fuerzas armadas se negaron a aceptar que sus miembros quedasen en libertad de entrar al nuevo sistema. Es cierto que la previsión de los uniformados plantea requerimientos singulares”.

Esto, señala Piñera, porque “no es conveniente, según se me decía, que entidades previsionales privadas manejen información sobre contingentes y dotaciones de tropa en los distintos cuarteles del país. No es lo mismo un seguro de invalidez y sobrevivencia para empleados civiles que para los soldados en tiempos de guerra. No era lo mismo la jubilación anticipada de los uniformados por razones de servicio que la práctica viciosa de las jubilaciones prematuras del antiguo sistema previsional, obtenidas por la vía de los privilegios.

También su incorporación planteaba requerimientos fiscales de magnitud. Pero en cada uno de estos problemas o reparos cabía la posibilidad de llegar a soluciones técnicas satisfactorias.

El Comité Asesor nunca aceptó esa posibilidad. Los generales me hicieron presente con mucha claridad que la Caja de Previsión de la Defensa Nacional no dependía del Ministerio del Trabajo sino de la cartera de Defensa y que, por lo tanto, había un asunto jurisdiccional de por medio que era insalvable. Por este lado, el capítulo estaba cerrado”.

Pese a que tras el encuentro se creó una comisión mixta para estudiar el tema, “primó la opción estatista. Desde entonces, la crítica al nuevo sistema de pensiones más difícil de responder es por qué, si el régimen de pensiones es tan bueno, las fuerzas armadas no fueron incluidas. La verdad es que perdimos esa batalla, y eso fue malo para el personal de las fuerzas armadas, que dejaron de tener una opción que algunos podrían haber considerado superior, y fue también malo para el país”.

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