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11 de octubre de 2013

Entrevista-perfil a Camila Vallejo

La chica sexy de sueños rojos

Antes de que tuviera a su hija Adela, la periodista Ximena Hinzpeter se juntó dos veces con la hoy candidata a diputada por La Florida. La siguió también en actividades de campaña y buceó tanto en la historia íntima como política de la mujer que remeció a Chile y al mundo marchando a la cabeza de los estudiantes en ese agitado e inolvidable 2011.

camila vallejo

Cuando el año pasado fue a Nueva York dando una conferencia sobre activismo estudiantil , dijo a las cámaras de televisión que estaba en “¿cómo decirlo?” —se preguntó primero y luego añadió—: “las entrañas de la bestia”. Por supuesto, no le gustó para nada la ciudad. Me lo contó un lunes que fue sándwich y Santiago estaba vacío y nos encontramos en la cafetería librería del Partido Comunista, Mi Opción. Llegó con Evelyn, su periodista, atrasada, de vestido mini a rayas y chaqueta de cuero. Venía de una entrevista en Televisión Nacional, tenía 7 meses de embarazo y estaba muy sexy. Había subido apenas poco más de un kilo. Estaba con sueño porque se había acostado tarde la noche anterior, celebrando con amigas en su departamento porque el viernes había entregado su tesis. 145 páginas tituladas “Construcción social de territorios vulnerables”. Poco después la defendería y estaría titulada. Nunca dudó en hacerlo porque le va a servir, me explicó, para el trabajo político. Le interesa participar en la Comisión de Medio Ambiente y en temas geográficos.

Nuestro encuentro, cuando hablamos de Nueva York, ocurrió poco antes de que yo misma hiciera mi maleta y partiera a la Gran Manzana. Y entonces, una de las “100 personas que importan”, según Time Magazine, una de las “150 mujeres sin miedo”, de acuerdo al Newsweek,  “la revolucionaria más glamorosa del mundo”, como escribió The New York Times o la “Juana de Arco de los Andes”, siguiendo al semanario alemán Die Zeit, consiguió que, mientras gozaba de mi tiempo enfrente de las vitrinas en la Quinta Avenida al calor del verano boreal, inevitablemente, pensara en ella. Ella revelándome “y las tiendas, con diamantes, olvídate, miles de millones de dólares, ves a un tipo vago en la calle y al otro lado una joya, así, de ese precio y…”. Cierto, eso pasa en Manhattan, Camila, y no cuesta mucho verlo. Pero me sobrepuse y seguí caminando por la misma Quinta Avenida hasta la intersección con la 42, donde un edificio neoclásico de fachada en mármol me detuvo. Admiré la escalera, decorada por dos hermosos leones, y entré. Seguí a los demás. Rose Main Reading Book. Abrí la puerta y un salón con tres pisos de altura y la gravitación silenciosa de qué se yo cuántos libros se me vino encima. Personas mayores, inmigrantes pobres, minusválidos, todos leyendo y escribiendo bajo esos techos de varios metros de alto tallados en madera sobre mesas amplias, iluminadas por lámparas individuales y acceso a computadores con Wifi. Y gratis. New York Public Library, la tercera mejor biblioteca del mundo, 118 años al alcance de quien se le acerque. También eso pasa en Manhattan, Camila, le dije a la distancia.

Era el invierno de 1987 en Santiago de Chile cuando Reynaldo Vallejo Navarro y Mariela Dowling Leal se refugiaron en su hogar de la comuna de Macul, calle Las Torres, e hicieron el amor. La dictadura llegaba a su fin, los registros electorales se reabrían después de tres lustros y La Época, el primer diario opositor que veía la luz desde el golpe militar en 1973, empezaba a circular. Reynaldo era actor, separado y padre de Alejandra. Mariela, cartógrafa y soltera. Ambos militaban en el Partido Comunista y eran padres de Javiera Amaranta, una niña precoz, heredera de la belleza materna. Nueve meses después de esos días fríos, las hojas comenzaban a caerse y el plebiscito que todos mirábamos incrédulos se avecinaba decidido. Terminaba abril y el 28 llegó la otra niña Vallejo Dowling. Esta vez, la belleza había sido heredada del padre. La recibieron con alegría y tres nombres. El primero para honrar a uno de los héroes de la revolución cubana, Camilo Cienfuegos, guerrillero dueño de una sonrisa eterna que, sin embargo, la niña —nadie podría haberlo sabido— no tendría. El segundo nombre, quién sabe por qué, y el tercero por el color de las Juventudes Comunistas, el amaranto. Dos décadas después nuevamente volvía a terminar abril, las hojas empezaban a abandonar los árboles y el día jueves 28, llegando el mes a su fin, Camila Antonia Amaranta celebraba su cumpleaños, el número 23, marchando en la Plaza Italia. Militante de las Juventudes Comunistas, la niña Vallejo Dowling bordeó el río Mapocho y llegó al Parque de los Héroes. Ahí tomó un micrófono.

Era la primera marcha estudiantil del 2011. La primera de ¿30?, ¿40? o ¿50? con que ese año los estudiantes pidieron, durante 8 meses en las calles, educación gratuita y democrática. Fueron las más grandes protestas desde que volvimos a vivir en democracia en un país ubicado por diferentes estudios entre los más desiguales del mundo y donde la educación universitaria es, proporcionalmente al salario, una de las más caras. Y fueron entendidas, desde distintas veredas, como parte de un movimiento social que ha tomado cuerpo pidiendo reformar el modelo que nos legó Augusto Pinochet y que se ha mantenido. ¿Y por cuál modelo hay que cambiar el actual? Por “un modelo socialista, pero no queremos imponerlo”, ha recalcado Camila. Fueron protestas protagonizadas por ella, la segunda mujer en 104 años que llegó a presidir la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile. Sebastián Piñera Echeñique, el primer Presidente de derecha elegido desde el fin de la dictadura, estaba en La Moneda y no salió invicto.

Cuesta conocer a Camila. Se esconde. No se mueve por impulsos. No se le nota lo instintivo. Casi no gesticula, al hablar prácticamente no mueve la cara. Es reflexiva. No se deja llevar, no abre la puerta. Camila piensa y luego actúa. La veo en televisión. Hace oídos sordos a los intentos de preguntar de la periodista, levanta el índice derecho, donde lleva su anillo de oro blanco y seis brillantes que no le avergüenza usar, sino todo lo contrario, se sube los lentes rectangulares que su madre la ayudó a escoger para combatir la leve miopía y el astigmatismo que le trajo el embarazo. No tiene falsas modestias. “Te quedan bonitos los lentes”, le dije una vez, y no me agradeció el piropo ni me preguntó “¿en serio?” para que me explayara más, ni indagó “¿tú crees?”. No, nada de eso, Camila, rozagante en su autoestima, sólo dijo “sí”.

Evelyn Cáceres trabajaba en la Fech cuando Camila fue su presidenta. Llegó a recibir entre 40 y 60 solicitudes de entrevistas para ella por día. Ya nos conocíamos, de cuando todavía seguía ahí y me tramitó una entrevista con el presidente que vino después, Gabriel Boric. Ahora es de las pocas profesionales del comando de Camila, donde trabajan 150 personas, que recibe sueldo. Me cita el primer jueves de julio a las 11 y media de la mañana, en una moderna estación de metro que no conocía. Vicente Valdés fue inaugurada en la comuna de La Florida en el mes y año en que Camila, a pocas cuadras de ahí, terminaba el colegio, en noviembre del 2005. Es un fruto original del modelo de desarrollo que ella rechaza. Estoy en el paradero 15 de Vicuña Mackenna, a uno de distancia del departamento donde está viviendo.

Llego adelantada. Espero en Vicuña Mackenna. Un viejo toca un bongó. Una mujer vende bufandas y guantes. Hay un Fuh Hou para servir y llevar, es que es un sector de Santiago donde aparece un restorán de comida china en cada esquina. Miro los taxis o micros que se detienen para abrir sus puertas. ¿Llegará en auto? ¿Llegará a pie? Cuando los medios de comunicación se enamoraron de ella en el invierno del 2011, un amigo dramaturgo que ubicaba a su padre actor me dijo que el Partido Comunista la tenía fichada desde los 5 años. De un colectivo se baja una mujer joven, tanto como Camila, aunque menos linda. Luce una argolla en la nariz, igual a la de ella. Sí, las floridanas se parecen entre sí, me digo, tanto como las hijas de La Dehesa, ese barrio emblema de la clase acomodada en la capital. Cuando cumplo 45 minutos esperando, llamo al iPhone de Evelyn. “Estamos allá en 5 minutos, estamos esperando a la Camila”. Aburrida, miro en 360 grados. Veo un afiche a lo lejos. Está pegado al vidrio de una vitrina donde hay un mapa del metro. Tiene el tamaño de una hoja carta, desde donde estoy sólo puedo leer: TODO. Me acerco. “Marcha comunal en La Florida a las 11 hrs, a democratizar TODO (sic)”. “4 de julio todxs (sic) a la calle”. Así que esta era mi cita. “Por una educación gratuita, liberadora, crítica e igualitaria, por una salud digna y pública, por una vivienda digna, por una ley integral de la niñez, por el No autopista Av. La Florida, por la protección del Panul”. Cuando días después la escuché declarar “porque el sistema binominal es injusto, el sistema tributario es injusto, el sistema de pensiones es una gran estafa, el sistema educacional también es injusto”, me acordé de ese TODO con sabor a nihilismo.

Ya son más de las 12. “Los carabineros detuvieron la marcha, la Camila anda en el auto, no puede caminar mucho”, nos dice Evelyn, de pie frente a una sucursal del Banco Estado. Un corresponsal brasilero, una camarógrafa joven y canosa y yo, abrimos los ojos. La camarógrafa habla primero. Está nerviosa, no puede esperar, tiene que sacarle ¡ya! una cuña para un video que va a llamar a adherirse al Paro Nacional convocado por la Central Unitaria de Trabajadores (CUT) para la siguiente semana. Días después, cuando vea el video terminado, me sorprenderé por la alta calidad de la imagen, una que, por el lado de los partidos de gobierno, parece que no conocen. Deberían buscar a esa flaca. El brasileño, pese al frío, está relajado al amparo de la que debe ser la primera parka que ha comprado en su vida. Empezamos a caminar para acercarnos. Un par de cuadras, no pocas, hasta la Estación Rojas Magallanes.

—Yo creo que Boric se asustó cuando supo que eras hermana de Hinzpeter —me dice Evelyn y le explica al brasileño que quiere saber de qué está hablando.

—¡Claro! Ahora entiendo, por eso fue que 10 minutos después de que empezáramos dijo que tenía que irse y desde ahí se escabulló y me ofreció responder preguntas por mail.

Evelyn se queda callada. Yo empiezo a temer. ¿Y si Camila me hace lo mismo? ¿Por qué no? Mientras fue presidenta de la Fech, Rodrigo era ministro del Interior. Él no dormía pensando en la violencia que salpicaba las marchas y todas las formas legales posibles para detenerla y ella lo acusó, dijo que intentaba “criminalizar el movimiento estudiantil”. Y una vez, si lo recuerdo bien, ocurrió que, durante una movilización de los estudiantes, encapuchados quemaron un bus del Transantiago y él sentenció: “No aceptemos que en nuestro país gobiernen los saqueadores”. Y ella replicó: “Se equivoca Hinzpeter, porque ya los grandes saqueadores están gobernando al país, son los más ricos, necesitamos que los verdaderos saqueadores les paguen la educación a los más pobres”.

Y llegamos a Donde Frank. Evelyn, la canosa, el brasileño y yo. Una fuente de soda en La Florida. Una fuente de soda tal y como uno se imagina que es una Fuente de Soda, así, con mayúscula. En unos 30 metros cuadrados o menos, debajo de un centro terapéutico consagrado a manejar el dolor cervical, dorsal y lumbar con apiterapia, se hacen, venden y comen completos y sándwiches. Una pizarra negra me informa que también hay papas fritas a $1.500 pesos la porción.

Camila está sentada en un piso alto con los codos sobre el mesón de volcanita azulina. Un tazón de loza rojo humea entre sus manos. Tiene el pelo suelto, bellamente desordenado, tomado como al azar. A su lado está Fabiola, que ensaya camuflar unos kilos de más con pantalones más chicos que los que su madre le hubiera comprado.

—¡Qué bueno conocerte, Camila!
—Igualmente —dice en voz baja, sin entusiasmo, pero agradable.

Parece que está habituada a ubicar a todos los periodistas que la siguen, porque quiere saber por qué no me había visto, ¿dónde trabajo, en qué sección y desde cuándo? No pregunta mi nombre ni se lo digo. La miro. Está contenta, habla moviendo con gracia y distinción sus manos. Son delgadas y de dedos larguísimos. Las uñas serenas, cortas y sin esmaltar. Va a recibir los resultados de las elecciones con su primera hija en brazos, será la primera nieta por todos lados. Hay expectación en la familia. Se ha sentido muy bien, pero trata de no caminar mucho porque está tan acostumbrada a las marchas que, sin darse cuenta, camina muy rápido y la niña reclama, la guata se le pone dura. La miro. Está risueña. Dice que indaga con todas las mujeres que han estado embarazadas cuánto se mueven las guaguas, porque a ella se le “mueve todo el rato”. La miro. Su philtrum, esa cavidad vertical que se forma bajo la nariz y sobre los labios superiores. Recuerdo que antiguamente se pensaba que tenía algo que ver con el amor, es sensual, eso es seguro, en hombres y en mujeres, y el suyo parece que lo hubiera dibujado un japonés antiguo con tinta china.

—Ya le dije a Julio “prepárate, porque esta viene muy inquieta”.

La miro. Camila está llena de esperanza. Ilusión, eso es lo que hay en su mirada azul y verde. La ilusión de una vida adulta que recién comienza.

—A mí me dicen revoltosa, por las marchas.

—¿Y lo eres?
—Noooo, yo soy súper tranquila, muy tranquila, nunca molestaba por nada, me comía toda la comida.

Habla de las otras campañas, las que tienen recursos y pueden hacer todo rápido, no como la suya.

—Son hartos meses. Imagínate, marzo, abril, mayo, junio, julio, agosto, septiembre…  ¡como 9 meses!

¡Otra guagua!, pensamos juntas, y ella se ríe a carcajadas, quizá como reía el guerrillero de la sonrisa eterna que le regaló su nombre, Camilo Cienfuegos.

Parir. La miro y pienso. Le toca parir. Parir hija, candidatura, campaña. La miro. No sé a qué edad estrenó su aro en la nariz, quizá junto con su hermana Javiera, que luce uno idéntico. A lo mejor aún estaban en el colegio, puede ser, porque señal de una rebeldía poco sutil, perfumada a adolescencia, lo es el accesorio. Una especie de afirmación de la individualidad poco original. ¿Sabrá que Isaac le regaló uno a Rebeca? Un anillo para la nariz, se lee en la Biblia. ¿Sabrá que el obsequio era entendido por todos como símbolo de matrimonio y riqueza del marido? No lo creo. Moda, ella se debe haber perforado la nariz por moda. Porque sencilla no se le ve. Ni sobria ni elegante. Tampoco descuidada. No usa cosas caras, pero se arregla, tiene su dosis de vanidad femenina bien puesta.

Esta mañana se ha resguardado del frío con un suéter varias tallas más grande que la suya, de mangas tan largas que le rozan los nudillos o incluso más. La miro. Lleva también un pañuelo que le rodea varias veces el cuello espigado, casi cubriéndole el mentón. La miro y me recuerda a alguien.

—Es que estamos preparando la convocatoria del 11 —me explica por qué la camarógrafa canosa le habla. Me levanto de su lado para que grabe, pero no saco mi abrigo de la silla, no quiero que nadie me quite mi lugar junto a ella. Escucha las indicaciones, toma un diario que da vueltas por el mesón, un diario gratuito, y se queda leyendo unas declaraciones del presidente de Uruguay, Pepe Mujica. Le gusta Mujica, me lo dice con un gesto de complacencia y orgullo frente a su fotografía. “Nueve de cada diez trabajadores no pueden negociar colectivamente sus condiciones laborales”. Repite tres veces la frase. La miro y me esfuerzo, ¿a quién se parece? Es longilínea al punto de poder llevar un anillo ancho en el índice sin que se le vea apretujado. “Los que queremos una nueva institucionalidad laboral que respete los derechos y la dignidad de todos los trabajadores somos más. Por eso, yo paro el 11”. Evelyn nos mira mientras se come un completo de pie.

—Desde la universidad que son comunistas, pero nunca nos tendenciaron, así que yo no les echo la culpa a mis papás. Me echo la culpa a mí misma —agrega sarcástica y me río y el corresponsal brasilero, también de pie dentro de la fuente de soda, la mira medio enamorado.

Evelyn nos lleva hacia afuera tan cuidadosamente que ni siquiera entiendo que la entrevista ha terminado. En Donde Frank no me cobran el té, tampoco veo pagar a nadie. Salimos a la calle y Camila empieza a repartir besos y recibir miradas. Se suma a los manifestantes y toma el lienzo. La miro y me detengo en su piel uniforme y clara bajo el sol de invierno. Camila no está curtida como los pobres y abusados a los que quiere defender, y pienso que a los pobres y abusados les debe gustar eso. La miro y ahora lo sé. Camila es como siempre imaginé a Blancanieves. La piel tan blanca como la nieve, los labios rojos como la sangre y el pelo negro como el ébano.

Un nombre que nadie recuerda en la historia de Chile: García Hurtado de Mendoza. Así se llama la calle, una perdida entre otras con nombres de países. Ecuador, México, Uruguay, Paraguay, Venezuela. Hasta ese barrio de escasos árboles y casas de clase media erigido al sur oriente de la capital sobre lo que fueron antiguas haciendas, llegaba Camila a diario. Las panderetas pintadas a pulso en colores fuertes todavía les dan vida a las veredas empolvadas. A veces compraba algo para comer en alguno de los almacenes instalados en el living de una casa. Se educaba bien, el colegio de nombre mapuche al que asistía estaba ubicado entre los con mejor rendimiento de la comuna, era de izquierda y enseñaba a los niños a tener opinión. Era el cuarto colegio al que iban las hermanas Vallejo. De alguno se fueron porque era malo, de más de uno porque era caro. La economía familiar siempre fue difícil. Reynaldo tuvo que empezar a hacer trabajos de gásfiter, porque no conseguía pega como actor. Mariela dejó de trabajar para ahorrar, cuidando ella misma de la casa y los niños. Únanse al baile de los que sobran, nadie nos va a echar de mááás, nadie nos quiso ayudaaar de verdaaad… Camila escuchaba a Los Prisioneros por las tardes. Se sabía de memoria sus letras de protesta. Ultraderecha, ultraderecha… defensores del derecho a estafarte… ¿Por qué, por qué los ricos? Tienen derecho a pasarlo tan bien. Si son tan imbéciles. Un día los jóvenes de la Jota fueron al Raimapu, donde estudiaba. Ella tenía recién 14 años y les dijo que no. Sus padres no se enteraron, pero aunque lo hubieran hecho no le habrían dicho nada, nunca quisieron interferir en el camino de sus hijos. Camila prefirió seguir tarareando canciones, juntándose con amigos, caminando por las calles de la tercera comuna más poblada del país. Era linda, pero nada comparado con lo que llegaría a ser. Era inteligente, pero nada fuera de lo común. Pasaba inadvertida y así le gustaba.

Gracias a un profesor comprometido, empezó a leer a Mikhail Bakunin, el revolucionario fundador del colectivismo anárquico. Y se fascinó con ese ruso que habla de burgueses privilegiados. Las letras de las canciones que escuchaba una y mil veces hasta romper los cassettes por fin encontraban el soporte teórico acorde. Había varios alumnos tan encantados como ella y, en el patio del colegio, tomó forma el grupo de los seguidores de Bakunin. Se pusieron a trabajar, levantando una biblioteca en la comuna. Ella se encandiló con la educación popular y las poblaciones. Mas pronto sintió que era poco efectivo, muy acotado. Lo que quería era atacar los problemas más estructuralmente y dejó de participar.

Se acercaba el Jueves Santo y viernes de Pascua de Resurrección cuando Camila viajó a Cuba para pasar cuatro noches cálidas en la isla. El primer lunes de abril del año pasado se subió a un avión. Iba con Karol Cariola, secretaria general de las Juventudes Comunistas chilenas, y Luis Lobos, miembro ejecutivo de la colectividad. Viajaron invitados a la celebración de medio siglo de vida de la Unión de Jóvenes Comunistas de ese país. Aterrizaron la madrugada del martes en el aeropuerto internacional José Martí o Rancho Boyeros, como se le conoce por el nombre del municipio donde está ubicado. Recorrieron los 18 kilómetros que lo separan de La Habana, se instalaron no sé dónde y pocas horas más tarde, el mismo martes, dieron inicio a cinco días colmados de atenciones estelares y espacio diario en el noticiero de la televisión.

Partieron acercándose a El Vedado, el corazón de La Habana. Caminaron respirando la mañana, el mar, el trópico. Quizá apreciando los majestuosos flamboyanes de un verde brillante que en este barrio habanero decoran las calles con sus flores rojo anaranjadas. Y ahí, muy cerca de la Plaza de la Revolución, del Hotel Nacional y del Habana Libre, entraron en una casona. Probablemente una de esas tantas casas señoriales que ocuparon las oficinas del Estado luego de que sus acaudalados dueños las abandonaran, tras el triunfo de Fidel Castro en 1959. Era la sede de la Federación Estudiantil Universitaria de Cuba (FEU), “organización hermana” había dicho Camila. Con el presidente de la FEU, un joven calvo y no tan joven, llamado Carlos Alberto Rangel, los abrazos fueron efusivos, como si de un reencuentro entre familiares entrañables se tratara. Lo mismo con  Liudmila Álamo Dueñas, una cubana abultada de cuerpo, corta de vista y de 38 años, que entonces presidía las Juventudes, sí, Juventudes Comunistas del país.

Y así un miércoles de abril con 25 grados de calor, un 80 por ciento de humedad y sin aire acondicionado, Camila, en alguna universidad de La Habana, presentaba —con una polera sin mangas que le dejaba los hombros descubiertos y ante la mirada de admiración de silenciosos estudiantes cubanos que la aplaudieron— su libro Podemos cambiar el mundo. Lo había lanzado en Santiago apenas unos meses antes y publicado en la editorial cubana Ocean Sur, la misma que se encarga de todo lo que Fidel escribe. El volumen reúne sus artículos de opinión sobre el movimiento estudiantil del 2011 y una entrevista.

Los tres jóvenes chilenos estaban en ascuas, no sabían si el líder revolucionario de 85 años, alejado del poder desde hace 7, los recibiría. Sin aviso previo y en medio de fuertes medidas de seguridad, Karol, Luis, Camila y Liudmila, como protagonistas de una cinta de espionaje, subieron a un auto que los condujo a su casa. Allí conocieron a Dalia Soto del Valle, mujer del comandante por 50 años. El encuentro duró tres horas y media. Fidel les regaló su último libro, Guerrillero del Tiempo, firmado. Alguien, Liudmila quizá, tomó la fotografía de Camila y Karol junto a él. Está cada una arrimada a un lado del héroe de la revolución, cada una tomando una de sus manos entre las dos suyas, cada una mirándolo sin caber en sí misma de la emoción. A la salida, Camila, aún temblorosa, destacó: “Fue realmente un privilegio. Fidel, para nosotros, lo que diga, es como una carta de ruta… luz y esperanza para Chile”. Al día siguiente recorrieron casi 300 kilómetros hacia al centro de la isla, hasta Santa Clara. Camila ya había ido en su anterior visita a la isla con su pareja, Julio Sarmiento, pero quiso volver, acompañar a Karol y a Luis y poner flores en el memorial que guarda los restos del que inspira sus sueños y causa: Ernesto Che Guevara.

El viernes Camila se puso un vestido oscuro de tela liviana y una cartera bandolera y, acompañada en todo momento por la robusta Liudmila, se trasladó con sus compañeros hacia la zona oeste de La Habana, donde viven las personas importantes en la isla. En Siboney, uno de los mejores barrios residenciales de la capital, donde las casas fueron construidas lujosamente en la década del 50, vive y trabaja desde hace 11 años el cantautor Silvio Rodríguez. En los Estudios Ojalá —que no se rigen por las exigencias del mercado, según su página web, y donde hay avanzada tecnología como consola SSL-Plus y ecualizadores Rupert Neef, y sólo un 20% es comercialización porque el resto son donaciones—, el llamado John Lennon de Cuba, símbolo de la izquierda latinoamericana, les preguntó a los jóvenes comunistas sobre el país que querían construir. Camila habló de la conquista de la justicia para todos y Silvio quedó prendado. Después de hora y media se despidieron como viejos amigos. Luego, el trovador escribió en su blog que Karol y Camila lo hicieron recordar a esos “religiosos que, olvidándose de sí mismos, dedican su existencia a aliviar el dolor ajeno”.

Liudmila fue su anfitriona hasta el último día, el sábado. Durante la mañana pasearon por el casco histórico, considerado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, con Eusebio Leal Spengler, un historiador que conduce las labores de restauración de la ciudad desde hace más de 20 años. Quizá caminaron la calle Empedrado en La Habana Vieja y entraron a la preferida de Guillén y Hemingway, la Bodeguita del Medio, para ordenar unos mojitos y arroz blanco con frijoles negros. Seguro sí fueron al Museo de la Revolución y en la entrada se quedaron callados admirando el cañón autopropulsado SAU-100 con el que Fidel se defendió hace mucho tiempo, en Bahía de Cochinos, de ser derrocado. Al caer la tarde sobre el Malecón, se despidieron con un fuerte abrazo y los ojos húmedos de Liudmila, la cubana. Camila y Karol son hoy candidatas al Poder Legislativo. Liudmila, en cambio, fue removida de su cargo como primera secretaria de las Juventudes Comunistas en la isla y nadie sabe por qué o a qué está dedicada ahora.

Apenas Camila pisó la isla, la bloguera Yoani Sánchez, sorteó las dificultades que, según dijo, hay para entrar a la web en Cuba, ingresó con su teléfono a la cuenta que tiene en Twitter y escribió: “Me gustaría conversar con @Camila_ Vallejo pero el círculo oficial en torno a ella es inexpugnable”. A pesar de la movida, el encuentro entre las dos mujeres no ocurrió y cuando un periodista le preguntó a Camila, ya de vuelta en Chile, por qué, respondió que Yoani en todo momento pudo acercarse a alguna de las ocho universidades donde estuvieron conversando con aproximadamente 5 mil estudiantes. Yoani contó que no, que no pudo, que lo intentó pero que dos hombres, vestidos de civil, le prohibieron el ingreso a la Universidad de La Habana, donde estudiantes —continuó descargándose— que no han organizado una sola marcha en 53 años escucharon las historias de marchas de esa chilena, la rebelde Camila, que aquí, agregó, no fue más que absorbida por esas estructuras de poder que los cubanos conocemos bien, porque si ella hubiera nacido aquí, en Cuba, determinó, no habría podido caminar ni tres metros protestando y estaría en prisión o muy silenciada. Silvio Rodríguez quiso defender a Camila y escribió sobre lo que estimó habría sido un absurdo, que “jóvenes comunistas chilenos, que combaten valientemente en su país contra el neoliberalismo, vinieran a Cuba a reunirse con quienes desean instaurar el neoliberalismo aquí”.

Camila llegó de su viaje a escribir en su blog. A los incrédulos, los invitó a ver el documental Comandante, del cineasta norteamericano Oliver Stone, y a todos nos contó que no vio “guanaco ni bombas lacrimógenas”, sino “a la policía circulando sin armas”, lo que “está a años luz de la represión vivida por el movimiento estudiantil”, dijo deslizando su comparación, aunque aclaró de inmediato que “por supuesto” no estaba diciendo “que Chile debería iniciar un proceso para parecerse a la realidad cubana”.

El comunismo es el eje ordenador de la vida de Camila. El que marca cada uno de sus días, así como le da sentido a su existencia. Como me dirá a modo de despedida en nuestro último encuentro: “Cuando uno se involucra en el Partido Comunista, adopta un estilo de vida, una familia con todas sus complejidades, esto es mucho más q­­­­­ue simplemente militar”.

La niña Vallejo Dowling encontró muy joven su causa; equivocada para unos, la única correcta para sus seres queridos. Porque sus grupos —el de referencia y el de pertenencia— están ahí, su pareja, su padre, su madre, su hermana, los amigos. “Los más grandes referentes de nuestra cultura son militantes comunistas”, me reveló antes de esclarecerme por qué Cuba y también Venezuela son “países ejemplares estigmatizados por los medios de comunicación como dictaduras (…) por la hegemonía de Estados Unidos, que es  el enemigo de estos procesos”. Además de educación y salud, en Cuba “la posibilidad de la gente de decir cuáles son las políticas económicas que debe seguir el país es mucho mayor a lo que tenemos nosotros acá”. Y “hay muchos medios escritos donde se expresan diferentes corrientes, opiniones y todo”. Y “las personas no están sometidas a la ignorancia, los libros están prácticamente regalados, en todas las cuadras hay libros muy baratos”. Y “sí pueden salir de su país, muchas cosas se han ido cambiando”. En Venezuela “con la revolución bolivariana se ha logrado dignificar a gran parte de la población que había sido marginada y explotada”. Por eso, “el porcentaje de aprobación que tuvo hasta su muerte Chávez”.

Es el año 2011 y Camila va a dar una conferencia de prensa. Los periodistas casi se hacen zancadillas para ubicarse y escucharla, preguntarle. “No queremos medidas instrumentales que lo único que hacen es maquillar un modelo fracasado”, dice con tranquilidad.

Las convocatorias a marchar y a paralizar clases se suceden sin descanso. A los estudiantes de educación superior se suman los secundarios de algunos colegios. La concurrencia se engrosa y llega a sumar, sólo en Santiago, entre 80 y 100 mil personas y, más o menos, el mismo número fuera de la capital. El éxito de los estudiantes es rotundo. Siete de cada diez chilenos está de acuerdo con ellos y, simultáneamente, la aprobación del Presidente Piñera cae. Cae a niveles históricos. Chile y el mundo con los ojos puestos en Camila, la heroína de la primavera según algunos medios, aludiendo a esa primavera famosa, la de Praga, cuando los checos buscaron liberarse del totalitarismo soviético. Las adolescentes del país sueñan con ser ella. “Una muchacha tan bella que han calificado como endemoniada”, dice una periodista en la televisión argentina y todos, los que sí y los que no, asienten. Un gorro de lana rojo, un banano en la cintura, un jockey ladeado… las cámaras adoran todo lo que usa. Ella viaja a Brasil, a marchar con los estudiantes, y se reúne con la presidenta Dilma Rousseff. Es comparada con la fallecida Gladys Marín, contribuyente del triunfo de Salvador Allende, exiliada con marido Detenido Desaparecido, símbolo de lucha contra la dictadura, diputada por años y presidenta del Partido Comunista. Pero Gladys era la mujer chilena, morena y apasionadamente latina, y Camila, en cambio, podría ser francesa o hija de la actriz inglesa Jacqueline Bisset. En verano es distinto. Usa esas poleras de pabilos angostos que dejan libres, alegres breteles de algún sostén de color y entonces, cuando transpira y las mejillas se le sonrojan tímidamente, parece humanizarse y se le puede ver más cercana, incluso cálida.

Camila usa Twitter, usa Facebook, pese a que considera a las redes sociales retoños del modelo que hay que cambiar y aunque que en ellas ha sido agredida de manera infecta, principalmente en la del pájaro azul. La secretaria ejecutiva del Consejo del Libro, por ejemplo, fue despedida por escribir, un día de fuertes protestas estudiantiles, esa triste frase que dicen que Augusto Pinochet dijo sobre Salvador Allende después de bombardear La Moneda: “Se mata a la perra y se acaba la leva”. Y un diputado y vicepresidente del partido Renovación Nacional la conminó: “Ándate a dormir a tu casa, ya nos aburriste, déjate de desordenar el país ¡cabra de mierda!”. Su dirección y su teléfono, además, se hicieron públicos un día y alguien le escribió “@camila_vallejo sufriras 1 extrño accidnte x ser 1 lameculo de la intrnacinal comunsta (sic)” y “te vamos a matarte por perra (sic)”. Un fiscal entonces tomó el asunto y le entregó protección policial.

Estamos en agosto. Los estudiantes llevan meses sin clases y la niña Vallejo Dowling ilustra la portada de la revista francesa Courrier International. El vocalista de una banda escocesa de rock, Alex Kapranos, le declara su amor en Twitter: “Camila Vallejo i have a crush”. Los lectores del británico The Guardian la escogen Personaje del Año y en el diario se puede leer un perfil que dice“Comandante Camila de Chile: la estudiante capaz de apagar una ciudad. (…) Desde los días del subcomandante Marcos de los zapatistas no ha habido un líder rebelde que haya fascinado tanto a América Latina. Esta vez no hay pasamontañas, no hay pipa ni pistola, sólo un anillo de plata en la nariz”. Camila sonríe poco. A veces le da por levantar el índice, lo hace para defenderse de la curiosidad rosa de los periodistas. “No entremos a preguntar cosas personales”, observa seria antes de hablar de educación, pero no de calidad sino de números, porque “en Chile podría haber educación gratuita”, asevera, “existen los recursos, lo que pasa es que están mal distribuidos”. Y cita un estudio de un economista que fue gerente general de la Corporación Nacional del Cobre durante el gobierno de Allende, Orlando Caputo. “Con decirte” —arguye— “que para garantizar gratuidad en todo el sistema educativo superior, incluso el privado, se necesitan 2,4 billones de pesos y eso es un poco menos, un poco más perdón, de lo que tiene de utilidad la Minera Escondida, ¿ya?”.

El presidente Piñera alude a los estudiantes por cadena nacional de radio y televisión: “Los hemos escuchado con mucha atención. Y tienen razón”. Propone la creación de un fondo para la educación de 4 mil millones de dólares, aumentar las becas de 70 a 120 mil y un 20% su monto, además de reducir la tasa de interés de los créditos fiscales. A Camila no le alcanza: “El presidente de la República ha cometido un grave error”, dice imperturbable. “Esperábamos una nueva reforma a la educación, lamentablemente es más de lo mismo, con unos pesos más”.

El desgaste del ministro de Educación y la prolongación de las movilizaciones obliga a un cambio de gabinete. Asume el abogado Felipe Bulnes Serrano. Rápidamente entrega nuevas propuestas. Camila llama a un cacerolazo. Los parlamentarios invitan a los dirigentes universitarios a una mesa de diálogo. Ella se niega. “Lo valoramos, pero no nos da garantías todavía. La responsabilidad fundamental recae en el Ejecutivo”. Bulnes hace otro ofrecimiento. Vallejo anuncia que no es posible, que hay muchos vacíos, que perpetúan el sistema de endeudamiento. Y aprovecha de advertir al Presidente, que hace poco había dicho “nada es gratis en la vida”: “Bueno” —sostiene resuelta— “que Piñera sepa que todo esto tampoco le va a salir gratis a él”.

—¿Y ese anillo tan bonito?
—Mi mamá me lo presta… pero creo que ya perdió.

—¿Se lo regaló tu papá?
—No sé si era de mi abuela o… se queda mirándolo, pensativa.

—Pensé que te lo había regalado Julio.
—No, todavía no llegamos a ese nivel.

—Pero si van a tener un hijo…
—Primero los pañales y de ahí los anillos.

Un sábado, Camila y los demás dirigentes estudiantiles se acercaron al Palacio de la Moneda y estuvieron reunidos durante 4 horas con el Presidente y el ministro. Dos días después, el gobierno les entregó una agenda con los temas para una mesa de diálogo. Ellos la rechazaron, pidieron ciertas condiciones a las que el ministro se negó y convocaron a nuevo paro nacional que reunió apenas 10 mil personas, una de las cifras más bajas de convocatoria. Camila se descargó: “Nunca pensamos ni sospechamos que el Gobierno iba a actuar tan sucio en este proceso(…) perdió una oportunidad histórica”. Corrían rumores, se decía que el movimiento estudiantil estaba dividido y que los chilenos ya no lo apoyaban como al comienzo. “Se agotaron”, replicaban los que analizan encuestas.

Junto a Giorgio Jackson, presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad Católica, Camila asistió entonces, un domingo por la noche, al programa político más visto de la televisión chilena, Tolerancia 0. Leí por ahí que ese día marcó la segunda mayor audiencia del 2011, pero no pude confirmarlo. Tenía 23 años y estaba menos angulosa, como cuando en un rostro la infancia aún sigue presente. Se notaba peinada y maquillada, como una niña que se disfraza de grande. Después, con el diálogo roto a cuestas, partió a Europa con los demás dirigentes.  La idea era internacionalizar el movimiento estudiantil. Se reunieron con estudiantes de La Sorbonne, miembros de la Unión Europea, Unesco y OCDE. Participaron en una marcha en París, se juntaron con el sociólogo Edgard Morín y el intelectual francés Stéphane Hessel, autor del libro best seller “Indignaos”. Camila fue entrevistada por la BBC World y otros medios del Viejo continente y levantó la voz para prevenir a los europeos. Ella, que venía de “uno de los países más neoliberales del mundo”, como les contó,  aprovechó de aconsejar.

—Tenemos 30 años de ese modelo importado de Estados Unidos en plena dictadura y realmente no ha sido bueno para la sociedad, ha sido bueno para el enriquecimiento de los privados de la banca que han lucrado décadas (…) esperamos que a ustedes no les toque vivir eso, evítenlo a tiempo, eviten estas políticas privatizadoras.

De regreso, “la genialidad máxima del PC en los últimos 50 años”, según la describió el senador de gobierno Carlos Larraín, se volvió a unir a las movilizaciones que continuaban. “Y sepan también” —dijo de jeans y pelo suelto ante un público que la aclamaba— “que ahora, que venimos llegando con algunos compañeros de París y de otros países de Europa, nos hemos dado cuenta de que lo que estamos pidiendo no es utópico, lo que estamos demandando es necesario y ha sido aplicado en otros países”.

Se viene una nueva elección de la Fech y Camila, segura de su aprobación, repostula, a principios de diciembre, a un segundo período como presidenta. Pero ocurre lo que nadie se esperaba: pierde, tiene que asumir la vicepresidencia, afirma que no se siente derrotada y es electo un joven magallánico, de izquierda y crítico de los partidos políticos, Gabriel Boric. Para algunos su triunfo respondió a la necesidad de la casa de estudios de contar con un presidente cuyos intereses fueran exclusivamente universitarios. En pasillos se habló de un voto anti-Camila, un voto de la derecha a favor de Boric. El ministro de Educación, Felipe Bulnes, también desgastado por el movimiento estudiantil, renunció a fines de ese mismo mes.

—¿Cuánto mides?
—¿Qué pregunta es esa?

—Una pregunta.
—No sé cuánto estoy midiendo… ¿1. 53?

—¿Cómo vas a medir 1.53?
—¿No? 1.63 debe ser.

Con la hoz y el martillo de pie/ Cambiaremos la noche por un rojo amanecer/ En el puño del obrero se levanta el porvenir/ Por los pobres del mundo de pie/ Agitemos en el viento las banderas de Lenin (Himno de las Juventudes Comunistas de Chile).

Esa tarde en la Jota los demás cantaron, ajenos al diálogo mudo que ellos dos sostenían. No se sacaban los ojos de encima. Ella militaba desde el año anterior y él desde hacía tres, pero “la comunista rica” y “el cubanito”, como les decían a cada uno por su lado, nunca antes habían coincidido. Transcurría el 2008 en Santiago, la prensa hablaba sin pausa de Gerardo Rocha, un acaudalado empresario que recién había fallecido, quemado en un incendio que él mismo, enfermo de celos, había provocado para matar. Tony Manero, la premiada película nacional de Pablo Larraín, estaba en los cines. Camila tenía 20 años y cursaba tercer año de Geografía. Julio 25 y sería médico. El Partido Comunista contaba ya nueve años fuera de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile. Había que hacer algo.

Como todos los enamorados, deben haber buscado esas casualidades que permiten soñar con un destino común escrito desde siempre. Y el Che tiene que haber aparecido en sus conversaciones, porque para los dos significó el inicio. Ella se arrimó al comunismo impulsada por la música, las letras de las canciones, entonando las de un cassette, el primero que tuvo, con un homenaje al guerrillero. Él no ha dejado de participar en política desde que tenía 14 años y vivía en Santa Clara, donde había nacido, y los restos de Ernesto Guevara llegaron desde Bolivia a la isla para un funeral tardío. Entonces, junto a los demás escolares seleccionados, se puso una boina, como la que el héroe revolucionario convirtió en símbolo de lucha, y cantó “y con Fidel te decimos ¡hasta siempre Comandante!”. Por eso, el verano de ese primer año juntos, el amor se consolidó en Cuba. La fecha era histórica y estaban de vacaciones. 1 de enero del 2009, cincuenta años desde que el movimiento revolucionario de izquierda cubano hizo caer la dictadura del general Fulgencio Batista. Camila asistió a las celebraciones, conoció al señor Sarmiento, su suegro cubano, su nueva mujer y sus otros hijos.

Julio César Sarmiento Machado es poseedor de unas cejas largas, buena pluma y nariz de aletas levantadas. Tiene el pelo negro y liso y lo usa largo y sin peinar. Es un buen expositor, no tiene acento cubano y sabe bailar. Llegó al país a los 18 años para reencontrarse con su madre, Alicia, médico y chilena, que había vuelto poco antes, huyendo de un divorcio y quizá qué más. El año que Julio se encontró con Camila, el Partido Comunista dio inicio a una buena estrella. Una alianza política, que él ayudó a gestar, le permitió al partido regresar a la Fech, primero con ellos como secretario ejecutivo y consejera respectivamente y luego, por dos años consecutivos, ya por la puerta principal. Él salió electo presidente y finalizó su período entregándole el cargo a ella. “La presidenta que asume va a ser mejor que yo. Quedo tranquilo y satisfecho”, escribió por ese tiempo en Twitter. Se dedicó a dar charlas sobre doctrina comunista y demandas estudiantiles a los que recién llegaban a la universidad. Hoy preside el área de profesionales del partido, hizo un magíster en Salud Pública y trabaja en una posta de la comuna de Maipú.

—Leí por ahí a tu papá, diciendo que todos los méritos eran tuyos, propios.
—Uno tiene un componente genético, un componente social, un componente sicológico, que te van construyendo como persona. Tu vida también lo va haciendo, entonces no puedo decir que todo surge espontáneamente de mí misma, sino que son cuestiones que yo he ido recogiendo en base a mi experiencia emocional, de gente con la que me ha tocado trabajar y a la que he escuchado, con la que me ha tocado compartir, con la cual he discutido, de momentos que han sido claves durante distintas etapas, de los cuales también he aprendido.

—Y en esta amalgama de influencias, ¿Julio?
—Julio es como muchos compañeros, el partido mismo, la Jota, las amistades, la universidad, el colegio, muchas cosas. Ahora, claro, con Julio hemos establecido una dinámica de compañerismo muy rica, somos pareja, confidentes, nos apoyamos mutuamente, él también es determinante en mi vida, pero yo vengo construyendo lo que soy desde mucho antes.

-¿Y tus decisiones las tomas sola?
—Las decisiones siempre son un poco elaboradas dentro de un colectivo, siempre se evalúan los pro y los contra con más gente. Si es una decisión personal, es una decisión personal, como tener un hijo. El partido no pasa por ahí.

En noviembre del 2012, cuando todavía faltaban doce meses para las elecciones, las Juventudes Comunistas proclamaron a Camila Vallejo. En marzo de este año, cuando el Partido Comunista no había definido aún si apoyaba a Michelle Bachelet, ella inició su campaña para ir a la Cámara de Diputados y representar a la comuna de La Florida, donde ha vivido 20 de sus 25 años. Hoy, junto con su partido, apoya a la ex Presidenta y va en la misma lista con un demócratacristiano. Le han dicho que traicionó al movimiento estudiantil, que se dio vuelta la chaqueta. Ella ha comenzado a sonreírles a las cámaras, no con la sonrisa amistosa del guerrillero de la sonrisa eterna del que tomaron su nombre Reynaldo y Mariela, pero sonríe. Y al sonreír, descubre lo único no perfecto que hay en su rostro: unos incisivos laterales superiores con afán escalador, que en otro hogar habrían sido violentamente enderezados a través de esos penosos y costosos aparatos ortopédicos. Son unos incisivos afilados y coquetos a los que se les ocurrió montarse sobre sus vecinas paletas.

La Camila candidata ha abandonado el cigarrillo y esa costumbre que tenía de defenderse de las preguntas personales de la prensa levantando el índice. Ahora sabemos que le molesta que la gente fume en la calle, que como pudo dejarlo está segura de que no es proclive a las adicciones, que arrendó, con Julio, en el paradero 14 de La Florida. Sabemos que fueron hasta Mapocho para comprar muebles, para así no gastar tanto, porque no quieren endeudarse, en realidad, no quieren endeudarse más porque ella ya está endeudada, debe la universidad, estudió con crédito. Sabemos que fue infinitamente feliz a los 4 años cuando su padre les hizo para una Navidad una casa de muñecas a ella y a su hermana. Sabemos que en el colegio no le gustaba la geografía pero no sabía qué estudiar y su hermana periodista que también hizo Derecho pero no terminó, le habló de la carrera. Y ella, que era humanista y cercana a las ciencias, se entusiasmó con la mezcla científico humanista que tiene Geografía. Sabemos que siempre supo que no quería un trabajo en que tuviera que estar encerrada en una oficina. No, ella quería salir a terreno. Ratón de biblioteca no es, dice. Sabemos que su padre ha logrado en los últimos años una estabilidad económica que nunca tuvo mientras ella fue niña, que es microempresario, que lo ayuda la madre, Mariela, y que pone calefacción central y hace instalaciones sanitarias. Sabemos que la campaña ha sido un feliz complemento para el embarazo, porque en las ferias todos la cuidan, trayéndole agua, mandándola a la sombra. Sabemos que la ropa se la compra su madre en la feria, porque le parece de mejor calidad y más original que la de cualquier gran tienda. Sabemos que no ha tenido antojos. Sabemos que ha recibido a la prensa, aunque no a mí, en la casa de sus padres en La Florida, adonde llegó con 5 años y que es, eso sí, “casa de herrero cuchillo de palo totalmente, sale mal el chorro de agua, está fría, el calefón tiene una maña”. Y sabemos que la niña en camino aprovechó que la estaban mirando y, habilosa, en una ecografía, se dejó ver con el puño izquierdo en alto, haciendo reír al doctor y a sus padres que, llenos de orgullo, dijeron ‘esta va ser combativa’.

¿Es la cuna el destino? ¿Podría la niña Sarmiento Vallejo no ser comunista? ¿Estaría Camila Vallejo en el Partido Comunista si en vez de ser hija de Reinaldo Vallejo lo hubiera sido de otro actor, por ejemplo, de Luciano Cruz-Coke? Si Camila ha conocido los dolores del alma, lo disimula bien; los dolores del cuerpo, no la han tocado y la estrechez económica, sí, y esa, con la que ha vivido siempre, gravita junto a la cuna, sobre su pensamiento.

—¿Te vas a casar?
—No sé, no sé.

—¿Cuál es el motivo para no casarse?
—Es que no hay motivo para no ni para sí, no es mucho tema.

—¿Es irrelevante?
—No sé si es irrelevante el tema del matrimonio, pero no es un tema para nosotros en este momento, estamos asumiendo un compromiso en los hechos.

—Pero es un tema práctico también, puedes tener a tu cónyuge de carga en la Isapre y esas cosas…
—Es que igual yo puedo tener carga… hay que meterse a ver, es una cuestión que hay que evaluar, no me urge.

Estoy en Vicuña Mackenna, frente a la funeraria “La luz de Cristo”, afuera de La Barraca, sí, sí, el mismo nombre de la compañía de teatro de Federico García Lorca. Banderas blancas en las que se puede leer Camila diputada La Florida ondean con el viento suave junto a otras, rojas, del Partido Comunista. Es domingo y el sol está radiante; aunque avanza el peor mes del invierno en el hemisferio sur, a Camila la vida le sonríe. Hay periodistas, micrófonos y cámaras de televisión. La mayoría de los autos que transitan a esa hora tocan la bocina, amistosamente en señal de apoyo. Camino por la huella de cemento que surge de entre la gravilla y veo aparecer ocho mediaguas pintadas en colores llamativos, verde, morado, rojo. Estoy en el centro cultural de la comuna de La Florida, un sitio de 1.500 metros donde antes funcionó una barraca de madera y después fue el lugar donde los vecinos se organizaron para la campaña de 1989, la que nos devolvió la democracia. Imagino a una Camila chiquitita dando por aquí sus primeros pasos. Un diario mural me informa que hoy se dictan gratis todos los talleres que a uno se le puedan ocurrir. Pilates, Yoga, Reiki, Pastelería, Tai Chi, Inglés, Cueca Brava, Violín, Guitarra, Magia, Telar Chilote, Dibujo, Cojines Capitoné, Mosaico, Macramé, Tallado en Madera, Cenefas, Cortinajes, Óleo, Arpilleras… y sigue mucho más.

Escucho aplausos que me distraen y me doy la vuelta. Una mujer de edad camina lento acompañada y apoyada en un bastón. Las cámaras de la prensa le disparan sin descanso. La vuelvo a mirar. Tiene los ojos azulísimos. ¿Será la abuelita de Camila? Por los ojos, se me ocurre. Al fondo, después de las mediaguas, entra al galpón que lleva el nombre del fallecido pintor chileno Nemesio Antúnez. Me apuro para seguirla. Es un lugar oscuro y frío, cubierto por planchas de zinc. Está decorado con las mismas banderas blancas y rojas y unas 200 personas aguardan el lanzamiento de campaña. Hay un mesón con galletas, de esas compradas en paquete, folletos y llaveros con una fotografía de Camila. La gente viste ropa apagada y sobre el escenario un grupo musical con guitarras y chalecos de lana, me recuerda la universidad. Una estufa a gas intenta sin éxito dar algo de calor a las primeras filas de sillas. Me siento en la tercera fila. A mi lado un hombre lee el semanario del Partido Comunista, El Siglo, un Homenaje a Sola Sierra, presidenta, hasta su muerte, de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos. El hombre tiene un bigote idéntico al del presidente del Partido Comunista, Guillermo Teillier. Cuando termina de leer dobla el diario y me sonríe. Me ve tomar notas en una libreta y quiere saber de dónde soy. Dice que le encanta el diario y también que ha cumplido 60 años de militancia. Me pregunta el nombre y se vuelve a sonreír: “¿Pero Hinzpeter de los buenos?”, indaga con gracia.

Aprovecho de averiguar quién es la señora de edad de lindos ojos, que toma algo caliente en un vaso de plumavit y que se ha sentado en primera fila. No es la abuelita de Camila.

—De las cosas que te ha criticado la prensa, ¿hay alguna que te haya dolido especialmente?
—Es que yo creo que casi todas las críticas son injustas. Me han criticado porque no me he titulado y la mayoría de los estudiantes no se han titulado a esta altura. Me han dicho, y es lo más injusto porque es absurdo, que he lucrado con el movimiento.

—¿Que te hiciste rica con el movimiento?
—Y yo digo ¿a dónde?, si no he cobrado un peso con nada de lo que hago. Decían que cobraba en los foros, en los viajes, en las entrevistas. Esa gente es como pura mala leche. Para mí es como feo. Uno asume muchos costos en la vida por esto, o sea, retrasar más la tesis, el no poder asumir como entre comillas la normalidad de una familia, incluso en esto de la disputa parlamentaria unos dicen ¡ah, salió favorecida! Es un costo enorme, no es una gracia desde mi punto de vista ser parlamentaria, porque además yo no me voy a enriquecer con la cuestión. Va a significar un sacrificio enorme. O los viajes que he tenido que hacer y gente que dice que he recorrido el mundo como de vacaciones más o menos.

—Una vez leí que te habías ido en business.
—Fue una invitación de una organización en Brasil, yo no me lo pagué, yo no elijo el pasaje. Son cosas de gente que no tiene más que hacer que criticar sin fundamentos y entonces me da un poco de rabia, pero ya soy como un poco cuero de chancho. Ya me acostumbré que van a salir cuestiones mala onda. Es el rol de gran parte de la prensa y de los políticos que no quieren cambios, atacar a los que están o a los que pueden llegar a generar ciertas alteraciones en su normalidad, en el statu quo.

La señora que se ha sentado en primera fila y toma algo caliente en un vaso de plumavit no es la abuelita de Camila. No, ella se llama Mireya Baltra Moreno, tiene 80 años y se ha acercado a La Barraca desde su domicilio, también en La Florida, a pocas cuadras. Parece que estoy en el barrio oficial del PC. También Gladys Marín vivía en la Florida. Baltra fue diputada y también ministra del Trabajo de Salvador Allende. Vivió exiliada en Europa y Cuba, entró clandestinamente al país y estuvo presa. Un animador presenta a las compañeras y compañeros que se van poniendo de pie, de a uno, levantando el brazo izquierdo con el puño cerrado. Llega Camila con una polera ceñida color verde musgo y calcetines a juego del mismo verde. Las cámaras se encienden. Ella besa y abraza a Mireya, se sienta a su lado y le habla al oído. Todos cantan El que no salta es Pinochet.

En el escenario Max Berrú, ex integrante del grupo Inti-illimani, y Joaquín Figueroa empiezan con lo suyo. Puro Chile es tu cielo azulado. Es la letra del himno nacional modificada por el ingeniero chileno que vive en París y que ha sido consultor del Banco Mundial, Luis Casado. Rasgan las guitarras. Y su campos de flores bordado/es la copia feliz del Edén/para un grupo de degenerados/que se roban el cobre a granel/ Que o la tumbaaaaá que o la tumbaaaaaaá/ Camila está radiante. La progesterona del embarazo le ha puesto la piel aún más hermosa. Se ha echado brillo en los labios y una delicada capa de rímel en las pestañas. Majestuosa es la blanca montaña/que te dio por baluarte el señor/la violan la pringan ¡qué hazaña!/ Luksic, Barrick, Gold, Billiton… Ha cesado la lucha sangrienta/ya es hermano el que ayer invasor/Telefónica pasa la cuenta/Santander nos cobra el favor… Lleva el ritmo de la música con las manos, con los pies, canta, se sabe la letra.

También la morena de belleza chilena Karol Cariola, presidenta de las Juventudes Comunistas y candidata a diputada, que se ha sentado a su lado. Las cámaras se le acercan a pocos centímetros, ella les sostiene la mirada y la sonrisa. Una niña nerviosa se abre paso para darle un beso. Camila abre un agua mineral, bebe de la botella y se la pasa a Karol, que también toma. La música sigue con una cumbia. Era la piragüa de Guillermo Cubillos, era la piragua, era la piragua… Mireya baila sentada, sólo con los hombros, debe haber bailado muy bien de joven. Camila no sabe mover los hombros como ella. Tampoco como Karol, que a su lado se ve como una olla hirviendo.

—¿Qué te parecen los sueldos de los parlamentarios en Chile?
—Innecesarios. Un parlamentario debería ganar como un profesional, un millón y algo está bien.

—Tal vez tendríamos mejores parlamentarios si el sueldo fuera más bajo.
—Puede ser porque ahí te aseguras que no se apernen, porque quieran seguir una buena vida. Por ejemplo, nosotros no nos quedamos con el sueldo, se lo damos todo al partido y ahí se define, una cosa muy natural, cuánto es lo que uno necesita, si tiene familia, por ejemplo, cuántos son.

Néstor Igor Cantillana Cantillana, el premiado actor de cine, teatro y teleseries, está sobre el escenario de La Barraca hablando de la primera vez que vio a “la compañera Camila a principios del 2011 en la tele”.

—Recuerdo que quedé profundamente impresionado, pero profundamente impresionado. (…)Lo que decía la Camila era de una lucidez que realmente emocionaba y tanta sabiduría en una mujer tan joven era también una cosa que impresionaba mucho. Ella hizo que nosotros dejáramos de hablar huevadas y empezáramos a hablar de cosas importantes, Chile necesita tu lucidez, tu inteligencia, tu calma, tu tranquilidad, tu seguridad”.

Camila, a la que una banda norteamericana le dedicó una canción que se llama “Te amo Camila Vallejo”. Camila, la que antes de los 25 años ya ha viajado por América y Europa para hablar de sus ideas y experiencia. Camila, a la que 9 de cada 10 chilenos conoce, sin haber estado nunca en un poder del Estado. Camila, la mujer contenida que despierta pasiones y a la que sólo 3 de cada 10 que saben quién es, la evalúan bien. Ella, escucha los elogios del actor con el pecho agitado. Néstor pide un doble fuerte aplauso “porque no anda sola”. Ella sube, lo abraza y toma el micrófono. Los aplausos no la dejan hablar. Mireya Baltra la aplaude de pie. Camila se acaricia la guata en ese gesto tan de embarazadas, se limpia la cara de su pelo largo echándolo hacia la espalda y espera complacida que los vítores se callen.

—Dijeron que la historia se había terminado, que no había posibilidad de cambiar nada, que este modelo era incuestionable, imbatible, en fin… y sin embargo los porfiados hechos están demostrando lo contrario (…) La verdad es que cualquiera (sic) persona medianamente sincera no puede dejar de reconocer que estas dimensiones que están en crisis tienen un origen claro, que es la implementación del modelo ultraliberal de la dictadura militar en Chile (…) el modelo que se impuso a ultranza y que todavía defienden con mucho orgullo los más groseros acumuladores de riqueza en nuestro país”.

Camila critica las “ideas que nos gobernaron durante más de 20 años” y el galpón completo se sacude aplaudiéndola. Todos parecen haber comprendido que aunque había dicho que “jamás estaría dispuesta a hacer campaña por Bachelet” ahora la apoye pues “ha llegado el momento de trabajar desde afuera y desde dentro a la vez” porque “es necesario hoy en día que los movimientos sociales logren construir victoria para cambiar estructuralmente la sociedad”. Tanto la aplauden que tiene que detenerse unos segundos. Estela Ortiz, la viuda de José Manuel Parada, sociólogo comunista degollado por la dictadura de Pinochet, la mira con orgullo de madre. Teiller masca chicle y cuando se da cuenta de que lo estoy mirando, deja de hacerlo.

Camila discursea de impuestos excesivos, pensiones miserables y deudas agobiantes. La vuelven a aplaudir cuando pide “una nueva Constitución redactada por el pueblo” o determina que “la política de los consensos tiene que irse para la casa”. Recibe un ramo de flores y agradece a cada uno de los músicos con nombre y apellido. Al bajar, aparece Julio de patillas sustanciales, jeans y una parka negra con gorro tipo canguro. La cantidad de flashes que les caen hacen pensar en alguna pareja joven de la realeza europea. Se sientan juntos en primera fila y él la abraza. Así se quedan un rato, muy quietos los dos, mirando el escenario. De pronto él libera su brazo del abrazo y lo apoya sobre su pierna abrigada por una panty de lana negra. Una mano de ella busca la suya, y cuando la encuentra, como si hallara que el hombre que ama tiene frío y quisiera darle calor, frota su mano contra la suya, una vez, dos, varias veces. Suma su otra mano y entonces las dos suyas están moviéndose sobre la de él y de pronto se detiene y sus dedos largos buscan los resquicios entre los dedos de él para hacerle cariño y él acerca su cara y le dice algo al oído. Es algo que la hace sonreír.

Y el acto de lanzamiento llega así a su fin, al ritmo de Inti-illimani cantando con melancolía esa canción cruzada por la muerte, dos muertes no naturales, la canción que el cantautor chileno asesinado después del golpe militar en el Estadio Nacional, Víctor Jara, compuso para ese padre triste que tiene el movimiento obrero chileno, el revolucionario de izquierda que se suicidó antes de los 50 años. Árbol de tanta esperanza/naciste en medio del sol/ tu fruto madura y canta/ hacia la liberacióóón. Recabarren,/Luis Emilio Recabarren/simplemente, doy las gracias/por tu luz.

-¿Qué te gusta?
-Lo que gusta a todo el mundo: comer, descansar, leer, escuchar música.

-¿Cuál es tu comida favorita?
-Sabes que no tengo porque no soy mañosa.

-¿Y la marihuana te gusta?
-Ah, estás como yendo muy al fondo.

-¿Por qué?
-He probado la marihuana pero no –y bosteza.

-¿Te dio sueño?
-¿Me estás grabando?

-¿Crees que tengo tan buena memoria como para acordarme de todo después?
-¿Y esto graba bien? –toma mi Ipad y lee lo que dice la pantalla en voz alta: “Calidad Óptima”.

“Superarán otros hombres este momento gris y amargo donde la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor”. Es Allende en su último discurso. Sí, las palabras de la izquierda son más bellas que las de derecha. Desde siempre. Más conmovedoras. Líricas. Un canto de sirenas. Y, sin embargo, hay algo, algo inefable en las palabras de Camila, quizá en esas expresiones desérticas que le gusta usar como “altura de miras” o “la verdad”, a lo mejor en el tono melodioso y monótono con que lo hace o tal vez en la utilización de palabras como “colectivo”, “tejido social”, lo que sea que es, es algo que hace que escucharla no resulte así como arrebatador o irresistible. Camila no se altera, no se apura ni la apuran. Ella se toma su tiempo, repite la idea con otras palabras, intercala frases subordinadas y, como Allende, se acuerda de dirigirse a hombres y mujeres, “vecinos y vecinas”, “trabajadores y trabajadoras”, “ciudadanos y ciudadanas”, “todas y todos”. Y siempre con esa voz suya que es como un cielo despejado en la montaña. Voz nítida de cuerdas limpias.

Enumera ayudándose de sus dedos largos y termina casi suspirando con desprecio un “en fin” o “etcétera”. Nunca un ‘trabajai’, nunca un ‘estai’, porque, como los cubanos, Camila es correcta. Ella habla bien, pronuncia bien, modula bien. Y tampoco dice “eso” sino el más ampuloso ‘aquello’. También Julio. “No me referiré a aquello”, lo escuché repetir la respuesta el 2011, cuando le preguntaban por su relación de pareja. A lo mejor los dos lo aprendieron en clases de oratoria en el Partido Comunista. A lo mejor su discurso aún no tiene voz propia porque adoptó una ajena, que es la que le permite ese hablar fluido pero que a la vez esconde otro hablar, uno más original y probablemente balbuceante como el cantar cuando es hondo. Quién lo sabe. Pero hay algo en su manera de expresarse que es como un tafetán, esa tela ideal para hacerse un vestido de noche, suave al tacto y liviana como la seda, pero tiesa.

Hay también algo jabonoso, algo que se diluye o escabulle. “¿Qué recuerdos tristes y felices tienes de tu infancia?/No recuerdo cosas tristes en mi infancia” “¿Te gusta la playa?/ Por lo general me gusta todo”. Es un algo que no mira a los ojos aunque ella sí sostiene la mirada el tiempo que uno la mire. “Es que no hay nada espontáneo en Camila, ella habla haciendo soliloquios y circunloquios”, dijo la psiquiatra panelista en el matinal de canal 13, María Luisa Cordero. “No es un gran líder político, si tú la escuchas bien”, reflexionó el historiador Premio Nacional de Historia, Gabriel Salazar Vergara, ex miembro del Movimiento de Izquierda Revolucionario durante Allende.

-En el lanzamiento de tu campaña hablaste 22 minutos sin leer una sola línea. Se te ve firme, suelta.
-He aprendido con la práctica a hablar, a tratar de transmitir como lo más simplemente la idea. Partí un pollo. No me sentía para nada preparada a asumir y conducir una federación. Cuando chica yo pasaba muy piola, muy piola, muy piola y tenía pánico escénico, me daba vergüenza exponerme ante mucha gente. Y de repente, estaba obligada. Tenía que hacerlo.

-¿Cómo lo superaste?
-Hay que combatir los nervios, yo creo que es una cuestión que nunca se supera, pero después ya también hay una suerte de training en el tema. Hay veces que estás muy relajado, no sabes cómo pero ya sabes lo que vas a decir y otras veces dices ¿qué digo? Y también hay veces que te cuestionas, no quiero decir lo que ya he dicho, quiero tratar de decirlo en otra forma. Eso es un desafío constante y eso es como más para uno porque la gente no siempre te ha escuchado y lo que tú digas por más que lo hayas dicho muchas veces para ellos es nuevo. Sin embargo, para uno siempre la necesidad de ir un poco más allá y no quedarse con el repetir, repetir.

-¿Y dónde te nutres?
-Yo me pongo a leer. Busco cosas, como que no tengo una fuente única, de repente encuentro textos, artículos, tanto en Chile como en Latinoamérica, en el mundo, que hablan de procesos sociales y partidos, el rol de las izquierdas, de todo un poco.

Cuesta conocer a Camila. Se esconde. No se mueve por impulsos. No se le nota lo instintivo. Casi no gesticula, al hablar prácticamente no mueve la cara. Es reflexiva. No se deja llevar, no abre la puerta. Camila piensa y luego actúa. La veo en televisión. Hace oídos sordos de los intentos de preguntar de la periodista, levanta el índice derecho, donde usa su anillo de oro blanco y seis brillantes que no le avergüenza usar si no todo lo contrario, se sube los lentes rectangulares que su madre la ayudó a escoger para combatir la leve miopía y el astigmatismo que le trajo el embarazo. No tiene falsas modestias. “Te quedan bonitos los lentes”, le dije una vez y no me agradeció el piropo ni me preguntó ¿en serio? para que me explayara más ni indagó ¿tú crees? No, nada de eso, Camila, rozagante en su autoestima, sólo dijo “sí”.

A ella, que me atrevo a decir podría ser hoy la figura más importante del comunismo a nivel mundial, la vi siempre acompañada, siempre en Vicuña Mackenna, siempre con el tiempo contado, siempre de falda, siempre con botas distintas, siempre aún más linda que en fotos. Su cara tiene la forma de un cuadrado, lo que, según un fisonomista creyente, denuncia a quien toma la vida de esa manera, bajo lineamientos marcados. Se trata de alguien práctico, realista y eficaz y, de hecho, a mí que la tengo alargada y no soy nada de eso, en nuestro último encuentro me dijo suspirando, sutil y con toda la razón, como una madre que educa con firmeza, porque ya no tenía más tiempo y yo sacaba un tema detrás de otro: “Es que deberías haber puesto las preguntas profundas al principio”.

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