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La instalación de la oposición

por 21 mayo 2010

La instalación de la oposición
Queremos un eje más progresista que se aleje del actual eje conservador y burocrático que se fue constituyendo en los últimos años, y que impulse una convergencia y coincidencia transversal más progresista en todos los actores. Única manera, por lo demás, para competir eficazmente por interpretar y captar a esos cuatro millones de ciudadanos que conformarán el nuevo padrón electoral.

El Partido por la Democracia (PPD)  requiere un debate con altura de miras e ideas de fondo para instalarse como una oposición con futuro. Por ello llama la atención la resistencia de algunos sectores del partido a enfrentar de manera autocrítica la derrota presidencial y avanzar en el camino de nuevas propuestas para el país. La Concertación hizo avanzar a Chile como ninguna otra coalición en la historia nacional. Pero hoy hay que dar un giro drástico y definitivo para reconstruir una nueva mayoría social y política.

Ello pasa, en primer lugar, por reconocer las causas de nuestra derrota. No está en cuestión la enorme y exitosa transformación del país llevada a cabo por la Concertación. Se trata de diagnosticar nuestras falencias y corregirlas, pues las sociedades no se mueven por inercia o por disciplina sino por convicciones acerca del futuro y lo que desean construir.

Para algunos, nuestro problema fue no defender con más fuerza lo logrado y no tener disciplina. Quienes apoyamos la candidatura de Pepe Auth pensamos que no nada más erróneo que ello. Esa visión determinó que cuando hubo que levantar un proyecto que marcara la diferencia con Piñera se miró al pasado. Cuando hubo que debatir se pidió orden y disciplina. La Concertación siempre tuvo autodisciplina porque tenía identidad de propósitos y estaba dispuesta a subordinar los intereses particulares a un objetivo común que era claro. Eso es lo que faltó esta vez, porque el relato motivador de la acción política colectiva se había desgastado en visiones burocráticas acerca de cómo administrar el poder, y no cómo conservarlo y acrecentarlo.

Ante la innovación se impuso la visión tecnocrática, y las políticas tuvieron el énfasis del ministerio de Hacienda y no el de las circunstancias sociales y políticas de lo que quería la gente. En vez de renovación  la Concertación se redujo a la suma aritmética de 4 partidos,  sin ideas, prácticas o liderazgos que entusiasmaran a la ciudadanía. Eso es lo que está a la base de nuestra derrota.

¿Qué hacer, entonces?

Hoy la tarea fundamental es la refundación de una gran fuerza social y política, como lo fue la Concertación del 87. Para ello se debe abandonar el espejo del continuismo y la sola defensa de la obra de la Concertación. Ella es la base material y moral de un nuevo proyecto progresista. Pero no debe ser administrada como una herencia de ciertos padres fundadores, sino como un proyecto social y político de futuro, renovado y democrático, que efectivamente exprese los cambios de nuestra sociedad y los dilemas del siglo 21.

Ser progresista en el Chile de hoy implica asumir los nuevos temas con transparencia y talante democrático, con una visión integral de la sociedad, entender que la vida es hábitat con sus dimensiones ecológicas, productivas, antropológicas y culturales, donde la política, como si fuera la ciencia de la felicidad humana, debe replantearse un cambio radical del desarrollo, desplazando la idea de la explotación salvaje de hombres, recursos y conocimiento que plantea el neoliberalismo.

En segundo lugar, hay que empujar el ingreso protagónico de las nuevas generaciones. La G60 debe asumir que ha bloqueado demasiado tiempo los canales de la innovación política, y retirarse completamente del escenario político. Sin tratar de digitar una fronda de futuros líderes que debieran, según ellos, reproducir o recrear de manera autoritaria y artificial los éxitos políticos pasados.  Esa visión autoritaria e instrumental de la política y las personas, es ajena al progresismo, pues proyecta una idea  vasalla de la libertad y la igualdad ciudadana en la política y la sociedad.

La Concertación debe proponerle un nuevo trato a la ciudadanía que termine con algo estrecho que hoy se reduce a  cuatro partidos. Debe ampliarse y recuperar su capacidad articuladora de la diversidad.  Debe invitar a otras fuerzas a ser parte de este proyecto.

En tercer lugar, se necesitan nuevos estilos y formas de hacer política. A la velocidad y complejidad que demandan las nuevas circunstancias. Con el claro objetivo de construir instituciones, que es el gran capital que tienen los ciudadanos frente al poder. El cambio de instituciones caducas y el acercamiento del poder político a las instancias territoriales más cercanas a los ciudadanos, como las primarias para llenar cargos electivos, la elección del presidente de la Región; un sistema electoral más flexible y competitivo, y que otorgue una representación proporcional, son las metas principales. Que conllevan, además, una nueva ley de partidos políticos con sistemas de control, como contrapartida de su financiamiento público.

Pero lo más relevante es reencontrarnos con la sociedad civil: la tarea de las tareas es volver a la sociedad y reencontrarse con los movimientos sociales y ciudadanos, pues nada de lo propuesto es posible si ello no ocurre. Especialmente en el vínculo con nuestra base social esencial: el mundo sindical, las organizaciones cívicas, los consumidores y usuarios, y todo aquel que no posee más poder que el que le brindan las instituciones, sus derechos democráticos y un pacto constitucional que los respete.

El objetivo es la construcción de una coalición amplia de centro izquierda que represente adecuadamente la mayoría progresista de la sociedad chilena. Para ello debemos saber diferenciarnos. No caer en el mimetismo político de la derecha populista ni tampoco en el oportunismo libertario de quienes desarrollan discursos progresistas pero cuando gobiernan olvidan sus promesas.

La Concertación por la Democracia actual es un buen punto de partida. Pero ella ya no basta. La Concertación del 29% no puede ser enchulada. Necesitamos una coalición con la vitalidad que ella tenía en sus orígenes. Expresada como unidad social y política del pueblo, puede ser el sustento de una oposición democrática formidable.

Para lograrlo se requiere de un programa y una propuesta que interprete el nuevo mundo. Ello implica construir una nueva agenda programática.

La Concertación debe proponerle un nuevo trato a la ciudadanía que termine con algo estrecho que hoy se reduce a  cuatro partidos. La Concertación debe ampliarse y recuperar su capacidad articuladora de la diversidad.  Debe invitar a otras fuerzas a ser parte de este proyecto. Debe hacer un “BALANCE AUTOCRITICO NACIONAL”, e iniciar una apertura política de diálogos con el JUNTOS PODEMOS, el PRI y ME-O; y, sobre todo, debe realizar una apertura a la sociedad civil, con diálogos y alianzas concretas.

Esta ampliación se hace, por cierto, con el acuerdo con la Democracia Cristiana, en el que cada uno cumple el rol que le corresponde, y se valora la diversidad. Nada más contrario a este espíritu unitario que los prejuicios, la intolerancia y la pretensión de la verdad absoluta. Nuestra corriente rechaza los intentos de una restauración conservadora de la Concertación, que busca incluso excluir actores políticos en vez de incluir y ampliar, como lo ha señalado Ignacio Walker.

Queremos eso sí, un eje más progresista de esa coalición amplia futura. Que se aleje del actual eje conservador y burocrático que se fue constituyendo en los últimos años, y que impulse una convergencia y coincidencia transversal más progresista en todos los actores. Única manera, por lo demás, para competir eficazmente por interpretar y captar a esos 4 millones de ciudadanos que conformarán el nuevo padrón electoral, que nunca han votado y con los cuales tendremos que ir construyendo juntos propuestas de futuro.

En este escenario el PPD debe retomar su liderazgo de partido progresista.

Liderar el debate de las ideas haciéndose cargo de los problemas no resueltos, como la desigualdad, la educación pública, la salud pública,  las políticas laborales. Pero también ser el Partido de los nuevos desafíos que comunican al futuro, como el medio ambiente, calentamiento global, la nacionalización del agua, los derechos de los pueblos originarios, los temas valóricos que cohesionan a la sociedad en el pluralismo y la tolerancia y no en la represión, la biotecnología, las energías renovables y limpias, el manejo de las ciudades, los desafíos digitales, entre ellos la gestión digital de la educación y el conocimiento, los consumidores y muchos otros.

Debemos apuntar a construir nuevos espacios públicos de reflexión, materiales y virtuales, aprovechando el impulso de las nuevas tecnologías, que acojan a militantes, intelectuales, científicos y ciudadanos de una manera libre e independiente; iniciar diálogos y debates con la mayor amplitud de actores políticos como Océanos Azules, ME-O, o los socialistas que le acompañaron en su campaña; iniciar encuentros con movimientos sociales y ciudadanos, y recoger rápido algunas de sus demandas más fuertes.

También tenemos que encarar la Reforma del Partido: un Partido que enganche con la sociedad civil; un Partido democrático que acoge, recoge, debate. Abierto para nutrirse de sociedad civil y que multiplica sus liderazgos, que actúa más colectivamente para tener mayor influencia. Que garantiza la pluralidad y la transparencia en sus actos y procedimientos internos.

La historia nos avala para ello. Y tenemos la sintonía necesaria con la nueva sociedad de nuestro país, que hemos ayudado a crear. A pesar de todos nuestros errores, falencias y debilidades, hemos seguido creciendo electoralmente de manera persistente y debemos afianzar ese proceso. Somos un partido de estabilidad social pero no vamos a rehuir nunca nuestro gran compromiso social por los cambios.

Fuimos los impulsores de la 1era. Generación de ideas progresistas en democracia ya en el año 92. Entre otras materias pusimos por primera vez en la agenda el tema de los derechos de la mujer, y establecimos la discriminación positiva como un primer paso en el reconocimiento de sus derechos; defendimos antes que nadie el derecho a vivir en un medio ambiente libre de contaminación y la necesidad de incorporar una visión ecológica al desarrollo; nos jugamos por la libertad de expresión y por la eliminación de la censura cinematográfica; peleamos por las libertades personales y por el derecho de la gente a decidir sobre sus vidas; luchamos porque se respetaran las prerrogativas del consumidor; hicimos más que nadie por la regionalización y levantamos la voz ante todo tipo de discriminación, particularmente aquellas con los pueblos indígenas, los discapacitados y las minorías sexuales.

Levantamos la lógica ciudadana en política con el impulso de la defensa de los ciudadanos frente a los abusos del sistema. Todo ello con una generación de políticos que ganaron su protagonismo desde abajo y por sus méritos, expresando una verdadera renovación de las élites tradicionales.

Nuestra voz de renovación no fue atendida muchas veces en los gobiernos de la Concertación. Tampoco en la primera vuelta presidencial. Cuando en la segunda vuelta se quiso hacer ajustes de acuerdo a lo que planteábamos ya era tarde.

Como sector hemos mantenido una actitud abierta, innovadora y audaz que desea extirpar el mal de “dormirse en los laureles” que erosionó a la Concertación en los últimos años.

Por ello nuestra propuesta tiene el sello de una 2da. Generación de ideas progresistas en democracia para dar vida a un proyecto que exprese una mayoría política y social renovada.

El terremoto ha sido una radiografía vergonzosa del centralismo chileno, con toda su secuela de desgaste institucional, crisis social y sufrimiento y miseria para el pueblo de Chile. La Concertación debiera hacerse una dura autocrítica en este punto.

Probablemente el desarrollo de una nueva visión sobre el papel de las regiones puede -y debe- ser el cambio institucional conductor de los próximos tiempos. No solo para el salto al desarrollo y terminar con la inequidad territorial, sino que también como una urgencia de buen gobierno. Ese puede ser el cambio institucional que más dinamice un agotado sistema político al elegir 15 presidentes regionales, uno por cada región, para reinyectar legitimidad y dinamismo a la sociedad política en nuestro país.

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