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El laberinto de la fraternidad en Chile

por 17 abril 2011

Si no se quiere “perdonar” a criminales de lesa humanidad como el Mamo, siempre es posible encontrar la fórmula para dejar esos casos aparte. La cuestión es más de fondo: ¿Por qué gana la idea de dureza y no de fraternidad? ¿Qué nos falta? ¿A qué tememos?

Chile es líder en muchas cosas, pero está lejos en los rankings de felicidad. El viraje existencial, social y político se hace necesario, si ello es posible.  Nos volvimos nuevos ricos, pero odiosos. Boom de minería extractiva con poca innovación, Santiago se hizo más opulenta pero muchas regiones siguen mascando pobreza. No confiamos en el otro y no se realizaron las reformas políticas, se criminaliza al disidente y al mapuche fiero, es imposible la compasión y las cárceles explotan. La política con el endogámico sistema binominal es un cóctel mortal de cuchillazos entre aliados.

La ferocidad de los negocios arma y desarma familias. En la izquierda no queda nada unido, ni los grupos que le dieron la música de fondo por cuatro décadas (Quila, Inti, Illapu, Sol y Lluvia, etc).  Es la ausencia de la fraternidad, parece. Según los focolares, una orden laical que promueve el diálogo, el ecumenismo y  la unidad,  se ha olvidado el principio de la fraternidad, el valor olvidado de la Revolución Francesa, como si la lucha por la libertad  y por la igualdad hubiesen opacado este otro principio esencial.  Encontrarlo es un laberinto para Chile, una necesidad de las fuerzas democráticas y solidarias en su diversidad, un alma nueva que permita reconstrucciones y nuevos caminos.

En los años ochenta del siglo pasado se comentaba que Japón tenía los más altos niveles de desarrollo, pero las tasas de suicidios y muertes por stress fueron alarmantes.  Las sucesivas crisis han ayudado a los nipones, dicen, a valorar otras dimensiones. Mishima ya no hubiese infundado su espada  y Kakawata, el otro nóbel autoinmolado, quizás hubiese soportado “lo bello y lo triste” y seguiría contando historias de las luces en los senderos de pinos negros de Kioto.

Si no se quiere “perdonar” a criminales de lesa humanidad como el Mamo, siempre es posible  encontrar  la fórmula para dejar esos casos aparte. La cuestión es más de fondo: ¿Por qué gana la idea de dureza y no de fraternidad? ¿Qué nos falta? ¿A qué tememos?

Chile tiene resultados macroeconómicos y de mínimos sociales valiosos, pero la agresividad, el uso de calmantes, la criminalidad, la segregación espacial, la ausencia de amabilidad, el miedo a la compasión, parecen tomarlo todo. Una voz que debo conservar en su anonimato, me envía un correo desde lejos y me muestra esa dureza anti fraterna, anti compasiva, en el caso de un viejo que muere en una cárcel:

“Hoy  la cárcel de Rancagua  ha cobrado una víctima más  a la cual se le negó el indulto ... se murió hoy lunes de madrugada… era un anciano postrado, con cáncer, hemorragia digestiva interna, diabetes mellitus 2 y otras complicaciones... no hubo clemencia porque era pobre  y estaba acusado de un homicidio simple... Cristo condenó el pecado pero no al pecador... hoy en Chile existen hombres omnipotentes  que se creen más poderoso que Dios cuando se trata de pobres... porque yo conocí un personaje que  fue acusado de violación a los derechos humanos, desaparición y muerte de personas, violación de mujeres y muerte de niños y nunca estuvo preso en una cárcel chilena y murió en su casa... Qué injusticia más grande…Se niegan a aprobar un indulto general para que no saliera libre  el Mamo Contreras y con eso condenaron a un anciano como este y a  decenas a morir en las cárceles por crímenes de otro”.

El párrafo es estremecedor. No hay justificaciones. Si no se quiere “perdonar” a criminales de lesa humanidad como el Mamo, siempre es posible  encontrar  la fórmula para dejar esos casos aparte. La cuestión es más de fondo: ¿Por qué gana la idea de dureza y no de fraternidad? ¿Qué nos falta? ¿A qué tememos?

Recibimos otros casos brutales: las duras penas a los presos mapuches sin que el Estado abra una  política de nuevo trato, los casos de ex lautaristas como Pablo Morales, que llevan meses en prisión sin cargos precisos por presunciones de estar en las redes que colocaron bombas de ruido en bancos. En lo político, es evidente que la no-reforma a favor de la democratización (sistema proporcional, descentralización, plebiscitos) es simplemente miedo al otro, inseguridad que los  vuelve cabrones del poder, dueños del Estado, administradores rígidos del sistema vertical ahondado por el presidencialismo reforzado que permea las instituciones y causó estragos en la política, quitando espacios a los reformistas de centros (vivan los operadores), achicando la derecha liberal  (la uniformidad primero) y provocando la diáspora de los izquierdistas libertarios (venga el crudo poder partidario).

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