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La pornografía ya no es lo que era

por 4 febrero 2016

La pornografía ya no es lo que era
Sociedad. Internet ha transformado el erotismo hasta el punto de que cualquiera puede filmar sus propios contenidos o consumirlos con un click.

El primer desnudo de la revista Playboy fue protagonizado por una jovencísima Marilyn Monroe, quien posaba al natural sobre una manta de terciopelo rojo. Apenas se veían sus pechos, pero mucho más significativo aún, se la mostraba sexy, relajada, fresca. Esa imagen de la actriz más icónica del siglo veinte, popularizada por el crecimiento de la industria del entretenimiento para varones, fue el motor de un cambio que modificó la manera como las parejas se entendían bajo las sábanas.

Más de sesenta años después, Pamela Anderson, otro emblema de la belleza americana que fue catorce veces tapa de Playboy , protagoniza el último desnudo de la mítica revista. En la edición de enero/febrero de este año se la puede apreciar tan rubia y sonriente como en las épocas de la serie Baywatch, ostentando sólo un collar que reza “sex”.

Las fotos tienen ese magnetismo especial de la última vez: a partir de marzo, Playboy ha decidido que no publicará más imágenes de mujeres sin ropa. El ciclo que se traza entre el primer y el último desnudo no es sólo la historia corporativa de una revista, sino un auténtico archivo documental sobre las transformaciones sexo-afectivas de las últimas décadas: mostrar un pezón era un gesto sin dudas osado en los años cincuenta; en el siglo veintiuno la osadía pareciera consistir en ejercer el derecho a no mirar.

A fines del año pasado, Cory Jones –director de contenidos de la revista– visitó a Hugh Hefner –el legendario fundador y dueño del emporio– en su propia mansión Playboy en Los Ángeles y le propuso la radical reforma de no publicar más fotos de mujeres desnudas. Hefner, a sus 89 años y siendo todavía editor en jefe, aceptó, y de esa manera puso fin al destape de la revolución sexual que él mismo había comenzado.

La historia de la sexualidad moderna superó a sus propios demiurgos. En la época dorada de la industria del papel, la revista llegó a vender más de cinco millones de números en contraste con los 800 mil de los últimos meses.

¿Las pantallas han sido las que modificaron la vida sexual pública de la humanidad? ¿Puede reinventarse una revista sobre sexo cuando la lectura digital condiciona el hábito analógico?

La crónica de la decisión anunciada comenzó en 2014, cuando el sitio Playboy.com se transformó en un safe-for-work site, al dejar de lado las imágenes de desnudos y dar prioridad a los contenidos sobre estilo, cultura y humor. Así, la aplicación apta para mirar en el trabajo, la sala de espera o el colectivo aumentó, de modo notable, el número de visitas –creció de 4 a 16 millones de usuarios al mes– y sumó adeptos entre los varones más jóvenes. Además, la reforma suitable for work posibilitó un aumento de la pauta publicitaria y que los contenidos de Playboy pudieran viralizarse en las redes sociales como Facebook o Twitter, fundamentales para incrementar el tráfico, y en las cuales la exposición corporal –no sin controversias– está vedada.

En una carta a sus lectores, Joe Donatelli –editor de la sección de Sexo y Cultura en la revista– argumentó también la decisión editorial: “ Playboy ha sido amigo de la desnudez y la desnudez ha sido amiga de Playboy, durante décadas. La respuesta corta es que los tiempos cambian”.

Ahora bien, ¿qué es, exactamente, lo que cambia? Internet y la sociedad, dos respuestas anudadas que resultan explicativas en la medida en que se las considere como acontecimientos simultáneos y de interacción recíproca.

Paul B. Preciado –una de las voces más importantes de los estudios de género y autora de Pornotopía. Arquitectura y sexualidad en «Playboy» durante la guerra fría, fascinante análisis del dispositivo de la revista– sostiene que las variaciones en los roles sexo-genéricos también son un fenómeno tecnológico: una transformación en el estatuto de lo que se entiende por natural y por artificial. En Pornotopía se desarrolla una hipótesis más topológica que sexual, porque nunca se trata de lo que se puede mostrar sino dónde. Preciado propone, entonces, pensar Playboy en tanto arquitectura “capaz de producción pública de lo privado y espectacularización de la domesticidad”.

En 1953, Hugh Hefner publicó en Estados Unidos el primer número de Playboy , que incluyó fragmentos de las novelas de Sherlock Holmes, un relato del Decamerón y fotografías sobre el diseño de la oficina moderna. Ese año surgió un nuevo régimen de lo visible y el erotismo pasó de ser un asunto necesario pero relegado –en rigor, ha acompañado a la humanidad desde sus comienzos, tal como atestiguan las cuevas de Lascaux, según propuso Georges Bataille en Las lágrimas de Eros – a ser una cuestión de debate civil. No es casual que también en 1953 se haya publicado en inglés El segundo sexo –la obra fundamental de la pensadora feminista Simone de Beauvoir–, el rock and roll haya mostrado sus acordes inaugurales con la primera aparición de Elvis Presley en un estudio musical y haya sido el auge de las industrias automovilística y tabacalera. Flujos financieros, técnicos y vitales moldearon un nuevo sujeto. Y ahí estaba Playboy , que apostó a combinar en sus superficies el jazz, la moda, el whisky, la filosofía occidental, el plástico, la literatura norteamericana y figuras de la talla de Jack Kerouac, Andy Warhol, John Lennon, Madonna y Kate Moss.

La técnica y la economía siempre afectaron a Playboy : supo alternar su línea de productos ad hoc, adaptarse a las necesidades complementarias del cassette, penetrar en lejanos países en tiempos de globalización, relanzarse como señal televisiva. El último golpe lo dio Internet, en particular, con la emergencia de sitios como YouPorn, desde 2006, y PornHub, desde 2007.

Scott Flanders, director ejecutivo de Playboy , ha declarado al New York Times : “Ahora cualquiera está a solo un click de todo acto sexual imaginable de manera gratuita”. La lectura, sin embargo, no se agota en términos de gratuidad. Internet transformó el erotismo, lo diversificó y también lo puso contra sus propias cuerdas en un proceso complejo, que dialoga con el fenómeno de la “pornificación de la cultura” –estudiado por la socióloga Eva Illouz–. Entre otras posibilidades, puede señalarse la pornografía amateur: millones de personas, tan solo provistas de una cámara digital, han podido filmar sus propios contenidos. Después, el “posporno” alteró la gramática de la pornografía tradicional, centrada alrededor del falo, en producciones que indagaron otras formas y lógicas. Además, el “mommy porn” permitió, a partir del éxito de la novela de E. L. James Cincuenta sombras de Grey , reinventar la coreografía matrimonial con la incorporación de dosis soft de prácticas BDSM. Por último, los videos que han proliferado en la “deep Web” tensaron las relaciones entre moral, legislación y mercado.

Playboy ya no muestra chicas desnudas. El último calendario Pirelli suplantó sus clásicas imágenes de modelos sin ropa por fotos de mujeres destacadas del ámbito público, como Patti Smith o Serena Williams. El concurso Miss Mundo ha dejado de incluir, dentro de sus proezas, el tradicional desfile de las candidatas en traje de baño.

¿Qué implica este aparente fin de la exhibición del cuerpo? Responder que el ocaso de la desnudez en Playboy sucede como consecuencia de la difusión del feminismo –o de una de sus vertientes– es desconocer, de hecho, los cruces entre la revista y la militancia a favor de los derechos civiles de las mujeres y la comunidad LGBT. En especial, leer la “nueva” Playboy solo desde el deseo femenino minimiza un cambio subjetivo mucho más profundo: el de los propios varones.

Como señala Paul B. Preciado, la pornotopía construyó un varón; quizás, ese varón hoy está en vías de extinción.

Texto de Florencia Anglillett, en revistaenie.clarin.com

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