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Productor de cinta sobre cerro El Plomo: “Veo a los incas como el arquetipo del aventurero”

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Marco Fajardo Caballero
Por : Marco Fajardo Caballero Periodista El Mostrador
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Matías Rivas además escribió el guión de “Apu”, que sigue la historia real de Nilda “Sumaq” Torres, quien huyó con solo 11 años de su pueblo en Perú. Veinticinco años después, inicia un viaje hacia un antiguo santuario ceremonial. Se podrá ver el 4 y 5 de septiembre, en Macul y Renca.


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El documental chileno “Apu” (30 minutos), producido por Earth Rise Productions, que en mayo realizó su preestreno en el Festival de Cine de Montaña Lo Valdés, donde fue reconocido con los premios a Mejor Película, Mejor Guión y Premio del Público, tendrá dos funciones en septiembre próximo.

La obra se podrá ver el 4 de septiembre, en Macul, y el 5 de septiembre, en Renca, en eventos organizados por sus respectivas municipalidades.

La película sigue la historia real de Nilda “Sumaq” Torres, quien huyó con solo 11 años de su pueblo en Perú, donde aún se realizaban ceremonias de capacocha. Veinticinco años después, inicia un viaje hacia Cerro El Plomo, antiguo santuario ceremonial inca y una de las montañas más emblemáticas de la zona central de Chile.

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Matías Rivas de parca azul

Matías Rivas de parka azul

Dirigida por Matt Maynard, el documental incorpora también a la glacióloga Javiera Carraha y cuenta con música de Camila Moreno, mientras Matías Rivas se desempeñó como guionista y productor de la cinta. Rivas conversó con El Mostrador.

– ¿Cuál es el origen de esta película y cómo te involucraste en ella?

– Nace de la obsesión de un amigo, Matt Maynard, cineasta inglés radicado en Chile. Matt quería contar una historia sobre el cerro El Plomo, la montaña más alta visible desde Santiago, pero además una montaña histórica por el hallazgo en su cumbre de un niño inca en 1954, hecho que no solo impacta en la arqueología, sino que también obliga a rescribir la historia del montañismo. Juntos le presentamos la idea a Aguas Andinas, quienes generosamente nos apoyaron con financiamiento.

El período de gestación estuvo lleno de conversaciones y de volver atrás a la larga historia de esta montaña. Hay que recordar que, en plena Edad Media, mientras los europeos veían con temor las montañas, nuestros antepasados, los incas, las escalaban y hacían ofrendas, ya fuera por razones geopolíticas o por enfermedad del Inca.

Matt había subido el cerro El Plomo varias veces y sabía que aún había historias por contar. Yo no conocía a nadie que tuviera su sensibilidad artística y además, la capacidad física para subir una montaña de 5 mil metros y trabajar al mismo tiempo, con cámaras y trípodes. Me contagió su obsesión.

– ¿Por qué te interesaba abordar la historia del Niño de El Plomo?

– Diría que la historia del niño del cerro El Plomo es el telón de fondo, pero no es la historia que estamos contando. Nosotros contamos la historia de una madre quechua que decide subir esta montaña para reconectarse con un mundo que dejó atrás, un mundo del cual huyó cuando era muy pequeña. No existe el cerro El Plomo sin el niño del cerro El Plomo. Ahí está el simbolismo y la eternidad.

Por algo Sumaq no sube el volcán San José o el cerro Provincia o cualquier otra montaña. Decide ir al Plomo porque sus antepasados vieron en esa montaña algo divino y fundacional, algo que movilizaba voluntades, que trascendía. Yo he escuchado a muchos montañistas decir que es una montaña distinta, que estar en su cumbre es algo que no se olvida, que lloran. Así lo he sentido yo también.

– ¿Cuáles fueron los principales desafíos, sobre todo en lo que se refiere a filmar en altura?

– Desde el punto del guion, había que encontrar una manera natural de que la historia que habíamos escrito se desarrollara. No sé si me explico. Después de todas las entrevistas que le hicimos a Sumaq, escribimos un guion con un arco narrativo fiel a su historia, pero esa historia tenía que darse espontáneamente, porque de lo contrario sería una película y no un documental. Mi rol y el de Matt era estar atentos a esos momentos, tratar de empujarlos, pero sin afectar la veracidad del relato.

Fue clave la participación de Javiera Carraha, una glacióloga de la Pontificia Universidad Católica que decide subir el cerro con Sumaq. Javiera era nuestra puerta de entrada a la psicología y a los anhelos de Sumaq. Lo que ocurría era que a veces yo me acercaba a Javiera y le proponía preguntas para Sumaq, para que ojalá ciertos aspectos de la historia aparecieran. La historia estaba ahí, pero había que empujarla.

– ¿Cómo y dónde hallaron a la protagonista?

– Matt tomó clases de quechua y así llegó al nombre de nuestra protagonista: Sumaq, mujer quechua. Juntos fuimos a su casa y la entrevistamos largamente. Cuando escuchamos su historia de vida, su huida de Perú, su pasión por la montaña y sus improbables peripecias, supimos que teníamos la posibilidad de hacer un documental, aunque en ese momento no sabíamos exactamente de qué se trataría.

– ¿Qué nos enseña la cultura indígena en este caso?

– Sin caer en la tendencia a romantizar, yo veo a nuestros antepasados, los incas, como el arquetipo del aventurero, o sea, lanzarse a una cumbre de más de cinco mil o seis mil metros, sin equipo técnico, con lo puesto, cruzando glaciares, esquivando precipicios, soportando la famosa puna, es algo que irradia coraje, que inspira.

Y además, hacer todo eso por un propósito, por una conexión espiritual entre el hombre y la montaña, por un afán metafísico, incomprensible para nosotros, que solo creemos en lo que podemos tocar y ver. Dejando de lado que darle muerte a un niño en una cumbre es una barbaridad -y que además, fue una muerte violenta, no pacífica, como se creía-, tampoco podemos dejar de aprender de lo que había detrás de eso. No podemos simplificarlo.

Hoy, con el desafío del cambio climático, que nos ha quitado un tercio de nuestra nieve, un tercio de nuestra lluvia y que año tras año achica nuestros glaciares, tenemos que volver a los incas. Ellos tenían su manera de cuidar el futuro del valle. Tenían una visión. Yo me pregunto: ¿Cuál es la nuestra?

– ¿Qué vínculo -y por qué- tenemos los chilenos con la montaña, a la luz de la relación que tenían los incas con la montaña?

– Le oí decir a una señora mayor, en el lanzamiento de un libro de la Editorial Chilena de Montaña, que todos en Chile éramos montañistas por el simple hecho de vivir aquí, a los pies de la cordillera. Chile es cordillera: dos tercios del país está hecho de cerros. Es un lugar común decir que le hemos dado la espalda, que la hemos llenado de adjetivos negativos, que nos enseñaron a temerla.

Eso ya no es así. Es cosa de ver la cantidad de gente que sube cerros y el lugar que ahora ocupa en la agenda pública. El Gobierno Regional de Santiago, por ejemplo, ha hecho grandes avances con proyectos de refugios de montaña, de recuperación de cerros isla y ahora, con un lindo proyecto que se llama Montaña para todos, para acercar estos lugares a las personas.

Una gran deuda es avanzar en una ley de acceso, porque las montañas, a diferencia del mar, no son bienes nacionales de uso público. Cerca del 40% de la montaña en Chile es privada y hay situaciones insólitas, en la que cerros muy visitados como el Pochoco, en Lo Barnechea, corren el riesgo de cerrarse para siempre porque solo hay un acceso que depende de un privado. Si ese privado vende o construye en su terreno, adiós cerro Pochoco.

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