CULTURA|OPINIÓN
Crédito: imagen de la portada del libro
La insistente razón: sobre el libro “Cómo no temblar” de Fernán Rioseco
A Rioseco parece animarlo cierta angustia ante lo que nos pasa, justamente un temblor que trata de aquilatar cartesianamente. Pero los fenómenos que le preocupan son de una magnitud que exceden el corsé de la razón y citas de autoridad. El estallido social y la pandemia, por no ir más lejos.
“¿Cómo no temblar?”. La pregunta tiene dueño, como prácticamente toda idea a estas alturas (lo que creemos original limita con lo ya ideado, pero que ignoramos). El autor reconoce la deuda, se trata de la última conferencia de Jacques Derrida. ¿Cómo no temblar ante lo que nos acaece tan inéditamente, sin parangón en el pasado, ante el vacío que es todo acontecimiento, lo contingente y azaroso?
A Rioseco parece animarlo cierta angustia ante lo que nos pasa, justamente un temblor que trata de aquilatar cartesianamente. Pero los fenómenos que le preocupan son de una magnitud que exceden el corsé de la razón y citas de autoridad. El estallido social y la pandemia, por no ir más lejos.
Pero también fenómenos que hasta hace poco estaban in nuce y se han desarrollado con extraordinaria aceleración: la Inteligencia Artificial (IA) y lo que el autor refiere como la “singularidad tecnológica”, esto es, “la posibilidad de que una IA pueda automejorar recursivamente, llegando a adquirir conciencia de su propia existencia”. Y claro, ¿cómo no temblar, si es de esta manera que la humanidad se enfrenta hoy a su otro?, parafraseando a Günther Anders: si se afronta a su otro en la forma de su probable y literal obsolescencia.
El libro reúne columnas de periódico, afición que remite directamente a una práctica ilustrada, me refiero al “uso público de la razón” que se impusieron desde los enciclopedistas franceses hasta Kant. Antigua y rara afición esta entonces ante un mundo tan inédito.
Pero sigamos: según el historiador Roger Chartier la distinción entre el uso público y privado de la razón presenta una aparente paradoja, el uso privado –así lo expresa Kant en ¿Qué es la ilustración?– es el que uno tiene derecho a ejercer en un puesto civil, “el uso privado de la razón se asocia así al ejercicio de un cargo” (Rioseco es abogado y juez).
“El ejercicio del entendimiento en tales circunstancias puede ser legítimamente refrenado en nombre de los ‘fines públicos’ que garantizan la existencia misma de la comunidad”.
Se trata entonces de un espacio de reflexión que no se abre a la crítica o al razonamiento personal, lo que no es perjudicial para la Ilustración, pues permite evitar el desmembramiento del cuerpo social. Pero el uso público de la razón no ha de restringirse por este tipo de cautelas, es el saber que el individuo produce “como sabio”, hecho para ser compartido entre iguales, igualdad dada por el uso de la razón y por compartir un mundo letrado.
La escritura es el soporte de ese espacio y también la condición para la universalización de la razón, pues garantiza la posibilidad de intercambiar reflexiones con personas “que no están aquí”. El público entonces no es el pueblo, mayoritariamente iletrado, cosa que se solucionará a futuro: “aún falta mucho –dice Kant–, tal como están las cosas, para que los hombres considerados en su conjunto estén ya en condiciones de poder utilizar con maestría y provecho su propio entendimiento, sin auxilio del prójimo”.
Pero detrás de estas disposiciones había una promesa (incumplida): el uso de la razón traería el “progreso moral de la humanidad”, lo que remitía a su vez a una Filosofía de la Historia. En este punto cabe preguntarse: ¿entonces a qué tributa la afición de columnista de nuestro autor hoy, en un tiempo sin ilustración ni progreso? Es probable que parte de la respuesta esté al finalizar el libro: “Resistir, en nuestros tiempos, es no revolcarse en el barro”.
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