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Opinión: Friedman o la Ciencia Económica en Cuestión

por 3 agosto, 2012

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Se cumplen cien años desde el nacimiento de Milton Friedman, quizás el más prestigioso de los economistas neoliberales, tanto por sus aportes académicos como por su influencia en las políticas públicas.  Aunque no se habla de “friedmanismo”, como sí se habla de keynesianismo, logró instalar su pensamiento económico como la corriente de referencia de la disciplina después de Keynes.

El éxito de Friedman ha sido tan grande que buena parte de los economistas seguidores del llamado neoliberalismo han llegado a considerar que su escuela es la única ciencia económica correcta.  Arrimados a esa aparente superioridad, han adolecido de una presuntuosa pretensión “científica”, adjudicándose a sí misma una ilimitada capacidad de modelar explicaciones y predicciones para las decisiones de los individuos en prácticamente todas las áreas del comportamiento humano.  Sin embargo, la crisis que ya por 5 años se ha extendido desde Wall Street a la Eurozona ha expuesto la desmesura de esta vana aspiración y han caído en entredicho varias de las más caras ideas sostenidas por los economistas neoliberales.

Cuando baja la marea, se sabe quién nada desnudo, dice Warren Buffet, el gurú de las finanzas de Omaha.  ¿Cuáles son estas ideas desprovistas de ropaje?  Aquí mostraremos cuatro.

La Gran Moderación

La Gran Moderación sostiene que la aplicación de determinadas políticas macroeconómicas es la principal responsable de la disminución de la volatilidad del ciclo económico hasta el punto de anular el riesgo de una crisis.  El sustrato optimista de esta idea proviene del período de relativa estabilidad y crecimiento económico vivido por las economías desarrolladas desde fines de los 80.  Las tres tesis que compitieron para explicar esta pax romana económica fueron (1) las políticas basadas en el nuevo instrumental macroeconómico, (2) un cambio estructural impulsado principalmente por el progreso tecnológico, o (3) simplemente la casualidad o suerte.  Entre los economistas primó la primera tesis.  Incluso Bernanke, un estudioso de la gran crisis de 1930, escribió “papers” suscribiendo esa idea.  Como resultado, el instrumental y las políticas presuntamente correctas se instalaron como el estándar para todo banco central que buscara el respeto de sus pares.  La confianza fue tal que el premio nobel Robert Lucas llegó a afirmar en 2003 que, para todos los efectos prácticos, el problema de la prevención de las recesiones estaba resuelto.  Ahora que el riesgo de recesión se ha materializado en la crisis más profunda y extensa desde 1930, podemos convenir que esa afirmación adolece de falta de humildad.

Los Mercados Eficientes

El desplome de los precios de los activos en 2008 ha desacreditado también la acariciada hipótesis de los mercados eficientes planteada por Eugene Fama, economista de la escuela de Chicago.  Según Fama, los precios de los activos financieros contienen toda la información relevante y, por tanto, nadie puede apostar contra el mercado y ganar.  Ello implica que las burbujas no existen o se ajustan solas.  La consecuencia para las políticas de estabilidad financiera es que la regulación debiera ocuparse solamente de asegurar el acceso a información y que es innecesaria la intervención de un banco central para corregir las desviaciones de precios.  Esta teoría logró sobrevivir a la burbuja de las empresas tecnológicas de comienzos del 2000, pero la espuma inmobiliaria “subprime”, así como su similar española que ha desbaratado el sistema bancario ibérico, la han colocado nuevamente bajo escrutinio.

Los Súper Modelos

Los modelos de equilibrio general dinámico estocástico (MEGDE) son una destacada construcción teórica de la economía que es extensamente utilizada por los bancos centrales para evaluar políticas monetarias, incluso proyectando los efectos de distintos cursos de acción.  En el centro de los MEGDE se encuentra el concepto de homo economicus que toma decisiones racionales para optimizar su bienestar.  Si todos los individuos actuaran de esa manera, la sociedad entera se beneficiaría y podría alcanzarse un óptimo social.  Los supuestos que se requieren son, entre otros, competencia atomizada en la cual ningún individuo o firma puede ejercer poder de mercado, ausencia de fallas de mercado y de externalidades, de forma que los precios reflejan todos los costos y beneficios sociales y privados, y una información sin costo de acceso universal.  Demasiado bello para ser real: los MEGDE no fueron capaces de anticipar la crisis y sus aportes para resolverla han sido limitados.

La cuestión de fondo sobre estos modelos es que existen límites a la capacidad de conocer las conductas de los agentes económicos, que el propio conocimiento económico es imperfecto y que es necesaria una integración de factores sicológicos y sociales.  De allí que sean insuficientes para recoger plenamente los mecanismos de transmisión de efectos económicos y que su validación empírica siga siendo un desafío pendiente.  La economía, sin embargo, ha subestimado las limitaciones de sus modelos y se resiste a hacerlos descender del podio al que los ha elevado.

El Chorreo

La teoría del chorreo, basada en la llamada economía de la oferta, sostiene que reducciones de impuestos se traducen en crecimiento económico.  Esta idea antigua y desprestigiada recuperó su atractivo de la mano de la ola reformista de Ronald Reagan.  Según la Curva de Laffer, conocida así por el nombre de un economista asesor de su gobierno, habría una relación aritmética que dice que a mayor tasa de impuestos, menor es la base de rentas tributables.  Ello por cuanto el incentivo para invertir se reduce y eso lleva finalmente a que la recaudación fiscal y el empleo sean menores.  La lección de política económica es clara: hay que bajar los impuestos a los ricos para estimular la inversión y la contratación de mano de obra.  Las mayores remuneraciones aumentan el gasto, se estimula la demanda, el retorno de la inversión sube y todos se ven favorecidos.  Sin embargo, no existe ninguna base teórica seria ni hay evidencia empírica de que lo anterior sea cierto.  Al contrario, la aplicación de esta política ha llevado a una alta concentración de ingresos en esos sectores, particularmente en los más ricos.

Entre 1990 y 2007, según la OECD, la proporción del ingreso total capturado por el 1% más rico de la población pasó de 13% a 18% en los Estados Unidos y de 10% a 14% en el Reino Unido, ambos países que aplicaron esas políticas.  Es decir, el chorreo no ha ido hacia abajo en la pirámide de ingresos, beneficiando a los más pobres, sino que fluye en sentido inverso aumentando la desigualdad.

De la decepción al desafío

La pretensión de la ciencia económica de explicar prácticamente todo sobre la base de un único conjunto de ideas está en revisión, incluso en el FMI.  Pero la decepción sobre la profesión de los economistas se extiende más allá, tal como lo expresa el abogado y crítico literario Pedro Gandolfo en una provocadora columna editorial publicada hace un par de meses en un relevante matutino.

Refiere Gandolfo que los economistas ganaron prestigio social e influencia política sobre la base de su propia alegación de que disponían de “un instrumento científico, un método de análisis riguroso, objetivo y confiable acerca de nuestra sociedad”.  Como poseedores de tan seductora verdad, los economistas se erigieron en los portadores de “una nueva luz de la razón” que ofrecía, por fin, el esquivo desarrollo, desplazando a otras disciplinas de la formulación de las políticas públicas.  La crisis en los mercados avanzados ha develado “las severas limitaciones del discurso económico” y su formidable ascenso se enfrenta con el escepticismo de sus antiguos seguidores.  Sólo algunos economistas “conservan todavía una ya patética arrogancia”, remata Gandolfo.

La decepción no es gratuita, es producto de la fuerte frustración por la promesa incumplida del paradigma del mercado que, cual Prometeo, ofreció que el fuego de la cañaheja proveería de calor a todos.  La idea que las economías exitosas deben estar fundadas en la frugalidad, el trabajo duro y el esfuerzo, según lo afirma Friedman, es indispensable, pero la dicotomía que impulsó entre empresa y Estado no se sostiene.  Tampoco es razonable subestimar los requisitos institucionales para el buen funcionamiento del mercado.  La intervención de los gobiernos es imprescindible, pues es falso que los mercados se auto regulen o que se auto estabilicen, y es necesaria la acción regulatoria para abordar problemas de externalidades, de información asimétrica, de captura de rentas y de competencia, sin olvidar su rol en la prevención de crisis sistémicas y en su resolución.

El desafío actual para los economistas es encontrar un nuevo pensamiento económico que supere las debilidades de la corriente aún dominante.

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