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Opinión: Consideraciones para el diagnóstico de una "Enfermedad Holandesa"

por 15 noviembre, 2012

Opinión: Consideraciones para el diagnóstico de una
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Por Francisco Klapp, Investigador del Programa Económico de LyD.

Se dice que fue The Economist quien acuño el término “Enfermedad Holandesa” (EH) a fines de los 70 para referirse  a los efectos sobre el sector industrial holandés, producto del descubrimiento de enormes cantidades de gas en 1959.

Hoy, en general, se utiliza para definir una situación de incremento en el precio –o disponibilidad-  de un recurso natural en una economía y los posibles efectos sobre la misma. En el caso de Chile, a partir de 2003 se inicia una tendencia de aumento en el precio del cobre que lo llevó a niveles récord de hasta US$ 4,5 por libra, trayectoria que sólo se vio interrumpida transitoriamente durante la crisis sub-prime de 2008-2009. Esto podría repetirse si se agudizara de tal forma la crisis financiera-fiscal de la Zona Euro que indujera una recesión global que llevara a China a una abrupta desaceleración. Esta sostenida alza en el precio del cobre estaría asociada a las limitaciones de oferta junto al rápido crecimiento de las economías emergentes como China e India, lo que ha llevado a muchos analistas a concluir que Chile se podría encontrar en un clásico caso de EH.

Antes de  analizar el merito de la existencia, o inexistencia, de indicios de EH, vale la pena hacerse al menos dos preguntas fundamentales:

Primero, ¿por qué un fenómeno como el aumento de precio -o disponibilidad- de un recurso natural afectaría a otros sectores?

Al aumentar el precio de un recurso natural éste genera una apreciación de Tipo de Cambio Real (TCR), es decir, una caída del tipo de cambio corrigiendo por los precios dentro de Chile, lo que lleva a un menor dinamismo de la producción de otros bienes transables y de las exportaciones distintas del recurso natural, pues éstas se vuelven menos competitivas. Asimismo, se genera un traslado de factores -trabajo y capital-  desde los sectores transables (distintos del recurso natural) a los sectores no transables que expandirían su producción.

Hasta aquí, sólo podemos hablar de un caso de cambio en la composición de la producción debido a un cambio en los precios relativos de la economía. En otras palabras, las personas y la inversión se movieron a sectores que ahora parecen más atractivos, lo que nos lleva a la segunda pregunta, ¿hasta qué punto entonces puede considerarse una enfermedad?

Los argumentos que se han dado en la literatura económica suponen que el aumento en el precio del recurso natural puede ser transitorio, induciendo un costoso ajuste en la producción que después será revertido.  ¡Abandonamos campos y cultivos para construir minas y departamentos en Antofagasta y ahora que el precio del cobre cayó qué hacemos! No obstante ello, es claro que si el aumento de precio es considerado permanente, la caída en el tipo de cambio real sería de equilibrio y la reasignación de la producción es la respuesta eficiente de la economía, sin efecto enfermedad alguno.

Otro argumento corresponde al crecimiento liderado por exportaciones (“export led growth”), donde las otras exportaciones, probablemente manufacturas, permiten incorporar cambio técnico acelerando el crecimiento. La enfermedad en este caso resulta de un menor crecimiento de las exportaciones distintas a las del recurso natural, debido a la pérdida de competitividad como resultado de la apreciación real.

Habiendo tomado en cuenta estos planteamientos, ahora si sería el momento de preguntarse por indicios de EH.  Por ejemplo: cuanto impacta el cobre sobre el TCR;  existen  desalineaminetos del TCR de su nivel de largo plazo (aquel consistente con sus fundamentos);  o incluso reducción del tamaño relativo de otros sectores exportadores, lo último en el contexto de “export led growth”. Todas estas difíciles preguntas dan pie para una próxima columna.

 

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