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La reforma tributaria y los impuestos verdes: un mensaje que cuesta entender

por 3 mayo, 2012

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Por Juan Pablo Montero, Profesor Economía Universidad Católica

Al menos en materia de los mal llamados impuestos verdes, cuesta entender la propuesta de reforma tributaria anunciada por el gobierno. Se anuncian impuestos verdes para algunas actividades o productos pero se omiten o reducen en aquellas actividades que más importan y que de verdad afectan el bienestar de las personas como es la contaminación atmosférica asociada a la actividad industrial y de transporte. El mejor ejemplo es el anuncio de reducir el impuesto específico a los combustibles en la medida que el precio internacional del petróleo suba. Grave error, ya que este impuesto, tal como está, es bajo si se piensa que es el único instrumento que hoy existe para corregir de alguna manera externalidades negativas asociadas al uso del automóvil como son la congestión y la contaminación.

Es cierto que el impuesto a los combustibles no es el instrumento ideal para corregir dichas fallas de mercado, pero la propuesta tampoco ofrece impuestos alternativos compensatorios, como son la tarificación vial, un aumento en el permiso de circulación (considerando tamaño y antigüedad del vehículo), etc. Es entendible; nadie quiere tocar al automóvil. Unos porque creen que las externalidades que generan no son importantes y otros porque sería inmoral privar a aquellos que aspiran a comprar su primer auto a no poder usarlo por el alto costo del combustible. Lamentablemente, la única manera de racionalizar el uso del automóvil (y corregir así las externalidades que genera) es haciendo más caro su uso y hacerlo directamente; no basta con hacerlo en forma indirecta mejorando solamente el transporte público (otro problema de diseño detrás del Transantiago, pensar que la gente se baja del automóvil simplemente mejorando el transporte público; esa es una condición necesaria pero no suficiente).

Por último, y relacionado a lo anterior, no se entiende tampoco que la propuesta incluya un bono a los taxistas como compensación al alza en el precio de los combustibles. Los taxistas, al menos en Santiago, ya recibieron un gran bono con el Transantiago: aumento en el valor de la licencia (o cupo) para operar un taxi desde los 500 mil pesos que costaba antes del Transantiago a 2 millones de pesos 6 meses después de implementado el mismo. Esto está ampliamente documentado en un estudio reciente que realizamos con el profesor Francisco Gallego y el cual está en mi página web (www.economia.puc.cl/jmontero). El valor de la licencia, que hoy llega a los 4 millones, refleja precisamente el valor esperado de la rentabilidad del negocio. Por lo mismo, e independiente del tamaño, no se entiende la entrega de un bono en donde claramente la rentabilidad negocio ha venido aumentando, en parte por el deterioro en el transporte público.

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