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Debates mediáticos: ¿Farsa participativa?

por 20 septiembre, 2005

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La sociedad mediática que vivimos representa en los hechos el gobierno de la plutocracia a través del control de la comunicación social. Michael Moore en los Estados Unidos nos hace saber reportajes punzantes sobre el sistema norteamericano, pero su crítica queda en el show business y lo real es que no alcanzó para afectar en su momento la reelección de Bush.



Parte del entretenimiento es hacernos comentar. La pauta la coloca ese "Gran Hermano" que tiene nuestras fichas personales, que sabe nuestro signo del zodiaco y, seguramente, nuestras debilidades. Pero para él es bueno que hablemos, ojalá exasperadamente, que se note que se tolera a personas que denuncian o reclaman. La pauta, claro, la impone el dueño de la pelota.



Por ejemplo, nos motivan a que hablemos de los "eventos", que es el bautizo que alguien ha dado a los hoyos de las calles, a las malas construcciones y pésimo mantenimiento de las mismas.



Entonces, en vez de reclamar contra los hoyos, hay que incorporar el léxico nuevo y que aparezca uno en la loza del aeropuerto recientemente inaugurada. Otro "evento", a los cuales estamos condenados por malas prácticas de los responsables de llevar dichas obras.



Por lo tanto, ahora no existen los hoyos en las calles, ni en las carreteras ni en las pistas de aterrizaje de Chile. No, porque lo que hay son eventos.



Los medios son propiedad de los grupos que detentan el poder, algo que suena a perogrullada si uno rastrea el dial o hace zapping.



En la mira de los poderosos está algo que, por suerte no controlan: la Internet, una codiciada carretera que, hasta ahora, permite el paso de muchedumbres, como grandes alamedas virtuales donde cada cual se comunica, aprende, explora y vende lo que le plazca.



Es un espacio aún abierto, gracias a las comunidades que luchan por el conocimiento y software libre, pero que es disputado por las empresas líderes de las tecnologías de información y comunicaciones, sabedoras que el conocimiento de punta es una herramienta de poder mundial.



Los desposeídos han encontrado en la red una forma maravillosa de cruzar ideas; un medio casi gratuito para conectarse y crear grupos ciudadanos, para defender intereses de barrios, ciudades o comunidades virtuales a través del globo.



Los autoritarismos, los fundamentalismos religiosos, las dictaduras y los monopolios, temen a la democracia comunicacional que significa la Internet. Tiemblan frente al control ciudadano.



Los monopolios quisieran bloquear y apoderarse de los avances tecnológicos. La voz sobre IP es el futuro, los blogs desconcentran el periodismo de las grandes cadenas satelitales y lo colocan a disposición de los comunicadores locales.



Escribir desde tu aldea es participar de lo global manteniendo identidad; el mundo cibernético es así, avasallante, multifacético, planetario y de aldea simultáneamente.



Dentro del orden neoliberal imperante, el propio sistema democrático representativo, cupular, centralista y concentrador de la riqueza, se sirve de los contestatarios para dejar evidencia de la existencia de una democracia que reconoce la libertad de expresión.



Sin embargo, apenas esa libertad se acerca a su ámbito de poder, cuando los periodistas comienzan a intrusear en cosas públicas que se quiere manejar en privado, a puertas cerradas, el sistema reacciona por cualquiera de sus tentáculos para anular el disenso.



¿Para qué entonces sirve el debate por los medios? ¿No es acaso una gimnasia de terapia social, después de la cual todos se van a sus casas a dormir tranquilos? El cable a tierra de las protestas ha funcionado, el cambio puede esperar y los problemas que se vayan al archivo de mimbre.



¿No es acaso el hecho de debatir con mensajería de texto otro gran y pingüe negocio de las multinacionales? Contestar encuestas que no cambian nada, votar en los reality show o en los concursos, o en una encuesta de coyuntura, lo mismo da.



Pero esas muestras de opinión sirven para vivir el espejismo de la participación y para legitimar al mismo que las propone y divulga. Vivimos manipulados como consumidores, esclavos virtuales dentro de un sistema luminoso pero que no tiene espacios para las mayorías. Las alfombras rojas sólo permiten los pies de los elegidos, claro, por ellos mismos.



Es la farsa democrática. Allí están el debate de 20 segundos o las asambleas digitadas a través de activistas rentados que monopolizan la palabra y sirven al señor feudal que quiere legitimar una idea fija que así queda consagrada como de "consenso".



En el fondo, vivimos una humorada, una mascarada de democracia y un juego de distracción que va llenando páginas y gigantescos servidores de lucubraciones que a nadie interesan. Así, en la dialéctica del poder, seguimos como dominados conscientes y para colmo felices.



Cuando te invitan a debatir, a colocar tu opinión respecto a algún evento, o acerca de un nuevo episodio de corrupción ligado al evento o, de pronto, te piden opinión sobre profundos temas a los que se llama "valóricos", a nadie interesa lo que puedas expresar, eres un relleno televisivo, si eres francotirador y trasgresor mejor todavía, ideal para el rating y para demostrar que las instituciones funcionan.



Marcando ese ritmo, pisando el palito, vamos entrando los ciudadanos, los comunicadores o periodistas, sin darnos cuenta que corremos detrás de un segundo de espacio para que lo que vivimos y sentimos exista.



Porque todo lo que no sale en la pauta diaria no ha ocurrido, no existe. Así, en absurda competencia, dirigentes y líderes sociales se disputan cámaras en vez de trabajar con los pobladores.



Tratan de parecer inteligentes al hablar de lo que el día a día mande como noticioso, empujados a entrar en un juego desgastador que a nada conduce. Porque se gastan energías que concentradas de otras manera quizá podrían aportar a un cambio real, pero así, jugando al estrellato de 20 segundos, para decir la nada misma, para desaparecer en el éter sin mayor registro, sólo se termina sirviendo a quienes, tras bambalinas, manejan los juegos del show mayúsculo cuyos hilos no alcanzamos a percibir.



Es el más inteligente y perverso juego del poder, que deja que se muevan las olas, pero en playas remotas a sus intereses.



Pero si alguien pretende hablar de real participación, de regionalización, de fortalecer el poder comunal, de asociaciones de consumidores, de un Ombudsman que pueda tener especialidades para defender a las personas en diferentes ámbitos, de las acciones públicas y privadas que suelen mancomunarse para fregar a las mayorías, si se quiere plantear acciones anticorrupción, entonces viene el freno duro y el asunto vuelve al inicio.



Las prioridades están, eso sí, clarísimas, el pan y circo no incluye intrusear en los palacios, por eso están los puentes levadizos y los blindajes cruzados.



Ciudadanos... claro, pero nunca tanto, por favor, señora Juanita, no se suba por el chorro.



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Hernán Narbona Véliz es administrador público, licenciado en Relaciones Internacionales, y miembro de Periodistas frente a la Corrupción.

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