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Tío, ¿tiene un fierro que me preste?

por 21 septiembre, 2007

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Nadie sabe cuántas armas se dispararon el 11 de septiembre en la noche. Tampoco cuántas eran de fábrica y cuántas hechizas o caseras. Nadie sabe tampoco cuántas son propiedad de quienes las dispararon y cuántas pertenecen a arsenales privados de narcotraficantes y delincuentes comunes, que las arriendan o las prestan para fines indeterminados, entre ellos una protesta o un asalto.



Lo que sí es seguro, es que la bala que mató al carabinero pertenecía a un arma industrial. De aquéllas cuyo origen está en las grandes fábricas norteamericanas o europeas, y que surten los arsenales de la policía o de los ejércitos. Que se transforman en contrabandos o mercado negro en América Latina cuando luego de ser subastadas como material de desecho por esas instituciones, las venden a quienes tengan dinero para pagarlas, siempre en destinos difíciles de determinar, pero siempre con algún documento oficial, verdadero o falsificado, que lo permite.



Por tanto, la cantidad de armas que circulan libremente en la región, incluido nuestro país, no proviene de un acto espontáneo ni de una artesanía de la barbarie, pese a que -según la Fiscalía Sur- cada día se producen dos armas hechizas en Santiago. Sus gestores son respetables hombres de negocios que normalmente se dedican a incentivar y atender decisiones gubernamentales de suministros bélicos.



Pese a los millones de armas pequeñas y medianas en manos de civiles en Centro y Sudamérica, producto de las guerras civiles vividas, los Estados siguen fortaleciendo sus arsenales, sin ser sometidos al escrutinio de la transparencia ni al de la responsabilidad por el tipo de bienes que custodian.



En Venezuela, el presidente Chávez debiera explicarle a Coromoto Pérez, la señora Juanita del sistema, por qué instalar una fábrica de fusiles rusos de asalto Kalaschnikov es bueno para la Revolución Bolivariana y la salud de sus dos hijos adolescentes con los cuales ella malvive en las barriadas de Caracas.



El negocio ilegal de las armas se torna dramático cuando se junta con la marginalidad y la juventud, dos elementos característicos de la nueva violencia de las ciudades, que trae una carga de emotividad y demanda de identidad que torna feroces los roces entre grupos en los barrios y que desde hace rato raya todas las paredes de la ciudad.



Algunos datos indican que sólo en la zona sur de Santiago hay más de 30 grupos o pandillas juveniles, con estructura básica y jerarquía estables.
Nombres como los Talibanes, los Sangre Sucia, los Vatos Locos,
los Destrucción, los Violentos, los Puentealtólica, los Pincheira, los Cannabis, los White Power o los Venenitos son conocidos por una población que tiene más de 22 mil niños fuera del sistema escolar.



Los Venenitos se enseñorean en calle La Obra en el Volcán II. Se juntan en la esquina de calle Coronel y Estación Hualquén, en medio de las famosas casas Copeva. De allí también era el joven de 17 años que en 2005 inauguró las causas por homicidio con el nuevo procedimiento procesal penal en la Región Metropolitana.



De esta cantera se nutre el microtráfico para reclutar vendedores y soldados. De barrios como el Volcán II y III, Lo Hermida o La Rinconada surge la simiente violenta que explota de vez en cuando a la luz pública, dejando estupefactas a las autoridades, pero que hace rato vive y se desarrolla barrio adentro. Todo el mundo lo sabe.



Lo que vimos el 11 en la noche fue un punto de contacto entre una realidad cada vez más autónoma y violenta de los barrios, con las vías estructurantes y la conectividad de la ciudad moderna de clase mundial, como le gusta decir a la siutiquería concertacionista.



En esos barrios en vías de autonomía de la seguridad, donde la autoridad apenas ya realiza incursiones, no es raro pensar que cualquier niño o adolescente, camino a una manifestación, le pregunte al vecino "tío, ¿tiene un fierro que me preste?".



*Abogado, analista político y de defensa

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