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La masacre en Noruega: ¿criminal o loco?

por 29 julio, 2011

Con la misma lógica, el presidio de Punta Peuco debería convertirse en un hospital psiquiátrico y el paciente Manuel Contreras y los demás condenados, quedar al cuidado de enfermeros. La cárcel de La Haya, donde se hallan los criminales de la guerra de Yugoslavia, debería transformarse en sanatorio.
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El abogado de Anders Behring Breivik, el multiasesino de Noruega, pretende que su defendido está loco. Su lógica es bastante elemental:

¿Quién en estado normal habría preparado y colocado esa bomba y disparado durante dos horas a jóvenes indefensos?

Como consecuencia de este razonamiento, cabría también preguntar:

Qué ser humano en su sano juicio pudo ordenar, como Hitler, el extermino del pueblo judío o, como Stalin, el envío de decenas de miles de sus compatriotas a los campos de Siberia?

Con la misma lógica, el presidio de Punta Peuco debería convertirse en un hospital psiquiátrico y el paciente Manuel Contreras y los demás condenados, quedar al cuidado de enfermeros. La cárcel de La Haya, donde se hallan los criminales de la guerra de Yugoslavia, debería transformarse en sanatorio.

¿Los torturadores de la DINA y los que en Chile arrojaban cuerpos al mar pueden haber sido normales?

¿Pudo un ser humano normal ordenar la muerte de ocho mil varones en Srebrenica?

¿Quién, sino un loco, pudo enviar aviones de pasajeros contra las Torres Gemelas?

Si Hitler no se hubiera suicidado, el abogado Geir Lippestad, defensor de Anders Behring Breivik, podría haber pedido que fuese evaluado por psicólogos con miras a recluirlo en un manicomio para que recuperara la cordura.

Con la misma lógica, el presidio de Punta Peuco debería convertirse en un hospital psiquiátrico y el paciente Manuel Contreras y los demás condenados, quedar al cuidado de enfermeros. La cárcel de La Haya, donde se hallan los criminales de la guerra de Yugoslavia, debería transformarse en sanatorio.

El Código Penal chileno dispone en su artículo 10, que está exento de responsabilidad criminal, o sea que es inocente:

“El loco o demente, a no ser que haya obrado en un intervalo lúcido, y el que por cualquier causa independiente de su voluntad, se halla privado totalmente de razón”.

Si se aceptara que los genocidas son locos por naturaleza, la tarea ímproba de los fiscales y abogados de las víctimas consistiría en demostrar que actuaron “en un intervalo lúcido”. Habría que probar que Hitler tuvo un chispazo de racionalidad cuando firmó la orden de la “solución final” y que Anders Behring Breivik, a pesar de su locura, estuvo momentáneamente en sus cabales mientras apretaba el gatillo de sus armas automáticas.

Raskolnikov, el asesino de la anciana usurera Aliona Ivanovna de Crimen y castigo, la novela de Dostoievski, se queja de que a él, que no es más que un “piojo”, lo espere el castigo, mientras que Napoleón y otros grandes “degüellan a millones de hombres y lo consideran un honor y un mérito”.

Con la lógica combinada de Raskolnikov y el abogado Geir Lippestad, todo genocida se enfrentaría a dos posibilidades: ser reconocido como héroe o ser enviado a un manicomio.

De acuerdo con ese racionamiento, quienes consideramos que Anders Behring Breivik es culpable de un crimen de lesa humanidad y debe ser condenado a pasar en una cárcel –no en un hospital– el máximo de tiempo que permite la ley noruega, lo que todavía es poco, estaríamos acusando a un loco, y por lo tanto a un inocente, de un delito gravísimo. Atribuir un delito a un inocente constituye a su vez delito de calumnia. Por lo tanto, correríamos el riesgo de que los condenados fuéramos nosotros: una historia de locos.

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