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Mercado, crisis valórica y desigualdad: los colegios del futuro

por 2 mayo, 2012

Cientos de estudios científicos han mostrado que, amparados en un sistema capitalista, la cultura de consumo nos bombardea diariamente con mensajes que incentivan valores centrados en el consumo, el dinero, el poder, y la competencia. Muchos podrían argumentar que es legítimo y aceptable. Sin embargo, no lo es. Los mismos estudios han demostrado que este tipo de valores materialistas transforma a las personas, y las vuelven cada vez más individualistas y poco solidarias. Pero además, genera diversos problemas psicológicos (depresión, ansiedad, estados anímicos negativos, etc.), los vuelve menos productivos, y también más destructivos del medio ambiente.
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Hoy en día las desigualdades sociales y económicas nos están llevando a una de las peores crisis que pudiésemos haber imaginado. El que el 20% más rico de la población mundial consuma el 86% de sus bienes, no sólo tiene implicancias morales, sino que también atenta contra la paz social y contra el futuro del planeta. En este sentido, desde hace ya años que Chile viene liderando estas enormes inequidades.

¿Dónde se origina esta lacra social? Muchos argumentarán que en la falta de crecimiento económico. Otros, culparán al gobierno. Incluso algunos, varios siglos atrás, responsabilizaban a la religión. Falso y absurdo.

Las inequidades se originan en la escasez de valores que imperan en nuestra sociedad. Sí, en una escasez de valores exacerbada por nuestro actual modelo económico.

Cientos de estudios científicos han mostrado que, amparados en un sistema capitalista, la cultura de consumo nos bombardea diariamente con mensajes que incentivan valores centrados en el consumo, el dinero, el poder, y la competencia. Muchos podrían argumentar que es legítimo y aceptable. Sin embargo, no lo es. Los mismos estudios han demostrado que este tipo de valores materialistas transforma a las personas, y las vuelven cada vez más individualistas y poco solidarias. Pero además, genera diversos problemas psicológicos (depresión, ansiedad, estados anímicos negativos, etc.), los vuelve menos productivos, y también más destructivos del medio ambiente. Y como si fuera poco, son más agresivos y menos pacíficos.

Cientos de estudios científicos han mostrado que, amparados en un sistema capitalista, la cultura de consumo nos bombardea diariamente con mensajes que incentivan valores centrados en el consumo, el dinero, el poder, y la competencia. Muchos podrían argumentar que es legítimo y aceptable. Sin embargo, no lo es. Los mismos estudios han demostrado que este tipo de valores materialistas transforma a las personas, y las vuelven cada vez más individualistas y poco solidarias. Pero además, genera diversos problemas psicológicos (depresión, ansiedad, estados anímicos negativos, etc.), los vuelve menos productivos, y también más destructivos del medio ambiente.

Por lo tanto las inequidades, el hambre y la pobreza no son producto de la falta de recursos. Son producto tanto de nuestra poca empatía con los que sufren, como de nuestra preocupación por lo material. Ya Gandhi nos decía hace mucho que el mundo tiene suficientes recursos para satisfacer todas nuestras necesidades, pero no nuestra avaricia. Entonces, lo que nuestra sociedad requiere no son sólo más recursos. Lo que hoy requerimos con urgencia es la promoción de verdaderos valores. Valores que pongan en el centro al ser humano y a la naturaleza, y no al consumo y a lo material.

Pero si bien es cierto que todo el día escuchamos hablar de lo importante que es el dinero y el consumo, ¿quién habla en Chile de promover la honestidad, la solidaridad, el altruismo y la compasión? Este es el problema.

¿Por qué? Porque se ha encontrado que valores como la lealtad, la honestidad, la amistad, la equidad, la libertad, el respeto, y la protección del medio ambiente —entre otros—, llevan a las personas a poseer relaciones familiares y sociales más constructivas, a ser físicamente más sanas, a ser más productivos laboralmente, a ser más pacíficos, a vivir más años, a cuidar más la naturaleza, y a ser más solidarios y generosos. Justamente la clase de personas que necesitamos para cambiar el mundo y erradicar las desigualdades, el hambre y la pobreza.

Sin embargo, nadie enseña este tipo de valores en nuestra sociedad. Es como si esperáramos que por “arte de magia” los ciudadanos se convirtieran en buenas personas. Y la verdad es que eso no ocurre. Necesitamos enseñar a ser buenas personas! En pocas palabras, a diferencia de los valores materialistas que SI son trasmitidos diariamente por la TV, la radio, Internet y los medios de comunicación masiva, estos valores pro-sociales son dejados a la “mano invisible” del mercado que, como ha quedado demostrado, no tiene interés alguno en promoverlos. En concreto, el “mercado” nos “enseña” diariamente valores que nos están llevando a aumentar las injusticias sociales, pero no nos enseña a amar la naturaleza, a ser generosos y altruistas, a ser compasivos y pacíficos, ni a luchar por un mundo mejor. Todo esto es dejado a las fuerzas invisibles de la oferta y la demanda que, lamentablemente, jamás han hecho el trabajo que le corresponde.

¿Qué hacer entonces? Simplemente, debemos tomar las riendas de nuestro destino. Si queremos eliminar las injusticias sociales, debemos comenzar a educar en valores. No podemos dejarle esta tarea al mercado. Debe ser un objetivo concreto de políticas públicas.

¿Dónde empezar? En las escuelas. Sí, el mejor lugar son nuestras escuelas. Tal como lo planteara hace algunos meses el famoso profesor del London School of Economics, Richard Layard, las escuelas son el lugar natural donde los niños, desde pequeños, comienzan su formación como seres humanos. Por lo tanto, es aquí donde debemos radicar el cambio. Es aquí donde debemos empezar a enseñar el valor de la equidad, la justicia, el respeto y la tolerancia. Es ahí donde nuestros niños deben aprender que el héroe no debe ser quien tiene más recursos ni más dinero, sino que aquel que ayuda a construir un mundo mejor, disminuyendo las injusticias sociales y protegiendo la tierra.

¿Quién podría querer robar, mentir, matar, destruir el planeta o hacer otro tipo de daño si creció sabiendo que es algo indeseable e inaceptable? El prójimo sería parte de su identidad, y por lo tanto, de sus ganas de ayudarlo. Por lo tanto, aquí radica el desafío para una sociedad de futuro.

En definitiva, debemos convocar a la sociedad entera, y a sus mejores técnicos, a idear este nuevo modelo educacional. El cambio que necesitamos probablemente no llegará desde nosotros los adultos. Ya hemos demostrado ser ineptos! Sin embargo, podemos generar las condiciones para que las nuevas generaciones puedan llevarlo a cabo. El cambio y la esperanza está en los niños del mañana, y es ahí a donde debemos apuntar.

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