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Shame: El cumplimiento del deseo

por 7 mayo, 2012

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Películas que tengan al sexo como protagonista son cada vez más raras en la cartelera. De hecho, la mayoría de las veces, el sexo suele estar representado desde la perspectiva heroica del deseo. Alguien quiere tener a otro y vemos el triunfo o el fracaso de ese deseo.

Shame, de Steven McQueen (Hunger) es una película fascinante porque mira al sexo desde la vereda de la necesidad corporal más básica. A primer golpe de vista, esta es una historia sobre un adicto al sexo llamado Brandon (Michael Fassbender, en una de las actuaciones del año), cuya rutina de encuentros casuales y sesiones de porno se tambalea cuando su hermana menor aparece de pronto pidiendo refugio en su departamento.

La lectura más obvia es que Brandon es un tipo dañado y que ese daño le impide relacionarse con el resto del mundo a un nivel más íntimo que el simple coito. Pero esa lectura es forzada y viene de aquella vieja escuela de apreciación cinematográfica que insiste en buscar en el cine lecciones para el mundo real.

Shame alude a una verdad que sólo se entiende con los años: el contacto sexual no es íntimo en sí mismo. De hecho, puede ser la actividad más impersonal del mundo. Hace tiempo, en una entrevista, Jorge González mencionó al pasar que cuando él era joven, creía que era necesario tener sexo para conectar con alguien. El amigo que estaba leyendo el artículo me mostró la cita y luego me dijo: Yo sigo creyendo eso. A lo mejor por eso estoy como estoy.

Brandon no es un enfermo y ahí se equivocan muchos de los que han comentado el filme. Es un hombre dominado por una necesidad. Y ella le obliga a moverse en una zona en penumbras que roza lo ilegal. Pero —he aquí un pequeño gran detalle— si la obsesión de Brandon fuera acumular riqueza, prestigio o construir una familia de 18 hijos, la misma sociedad de la que se esconde le abrazaría sin reservas. Lo aplaudirían como un héroe, lo pondrían en la portada de las revistas.

Shame es puro aire fresco en medio de la ñoñería adolescente que tiene secuestrado al drama en pantalla desde hace un buen tiempo. Un dato a la causa: el placer en la mayoría de los encuentros sexuales de Shame es mecánico y fugaz. Como lo es en la mayoría de los encuentros sexuales que la gente tiene en el mundo real, me atrevería a elucubrar. La película parece una reacción en contra de esas escenas de alcoba donde la tierra se mueve y explotan fuegos artificiales, aquellas bonitas y bien fotografiadas mentiras que el cine nos ha dado desde El Ultimo Tango en París hasta El Imperio de los Sentidos.

Por supuesto, el sexo mecánico en pantalla trae a colación de inmediato el porno. McQueen esquiva la función principal de ese género (estimular el ojo) filmando los encuentros de Brandon ya sea en planos generales o en breves insertos donde el énfasis está en su rostro o en los movimientos de sus manos.

Shame es una película que le habría gustado a Kubrick. Sobre todo al de Ojos Bien Cerrados, con su héroe perdido en la noche oscura del deseo privado, pero también al de Barry Lyndon y La Naranja Mecánica, dos historias sobre personajes cuyo carácter va en contra de la sociedad en la que viven. Desde luego, hay un toque típicamente Kubrick en la opción de McQueen —una opción nada de fácil y muy delicada— a la hora de exigir interés hacia su protagonista saltándose el recurso de la identificación.

No nos identificamos con Brandon, porque apenas logramos sospechar quién es. Sabemos que tiene una hermana. Que es un buen profesional. Que casi no habla con nadie a menos que haya catre involucrado. Brandon, como los personajes de Glengarry GlenRose, es lo que desea. Es una figura desnuda y básica, como lo sugiere su diálogo con la compañera de trabajo que invita a cenar: “Soy un Neanderthal. Quedamos pocos luego de la invasión de los Homo Sapiens”. El deseo sexual, nos enseñaron, está en nuestras cabezas para que la especie se multiplique y prospere. Un mandato genético previo a la civilización, lo que hace tan curiosa la figura de alguien como Brandon, inserto en una ciudad que es considerada uno de los lugares más sofisticados de la era moderna.

Pero hay un detalle que conecta al filme con títulos como Cosas de Hombres o Secretary, historias sobre la manera en que lidiamos hoy con la administración del deseo: es la figura de Sissy (Carey Mulligan), la hermana que llega a pedirle asilo al héroe y que es su exacto reverso. Donde Brandon sólo quiere desaparecer y mantenerse privado, Sissy quiere contacto, intimidad y reconocimiento. En el lazo sanguíneo de ambos está la verdadera tragedia de Shame, el daño primigenio que la chica menciona en su mensaje telefónico: “No somos malas personas. Sólo venimos de un mal lugar”.

¿Dónde están los niños que protagonizaban la serie animada de Charlie Brown? Aquí. Crecieron y se convirtieron en esto. ¿Dónde están los padres de estos hermanos? ¿Qué clase de infancia produce estos caracteres? La necesidad de Brandon por contacto estrictamente físico podría ser más llevadera, menos clínica. Hay en él una herida mental que le hace convertir su deseo en una maravillosa excusa para la soledad y la autoflagelación. El y su hermana huyen de ese mal lugar como alguna vez —dice el mito— la primera pareja huyó del Edén, convertido en infierno en sus cabezas al recordarlo mediante el prisma de la culpa.

La vergüenza del título (Shame) no es la del libertino que salta de cama en cama. Ni siquiera la del tipo de mundo que prefiere encerrarse a ver pornografía antes que contarle su vida a una mujer de verdad. La vergüenza de Brandon es la de haber venido de un lugar que le enseñó la culpa y le condenó a vivir como un trauma lo que debió ser una liberación. No es por casualidad que la mayoría de los espacios cerrados de la historia tengan la cualidad despojada y esencial de una celda de claustro. Esta es la historia de un hombre convencido de que su deseo le obliga a ser un monje. Esta es una de las películas más religiosas que he visto.

(*) Texto publicado en el sitio Somosblogs.cl

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