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No diga Tsunami

por 17 mayo, 2012

No diga Tsunami
¿Es normal que un asesor de comunicaciones sugiera estrategias, tácticas y puntos de mensaje en una catástrofe como la del terremoto? Sí, ocurre en todos lados y desde hace buen tiempo, probablemente desde Roma hace más de dos mil años ¿Es razonable que el lineamiento comunicacional sea la única consideración en estas circunstancias? No, en ningún caso ¿Qué genera esta hipertrofia de lo comunicacional que se expresa, incluso, cuando un maremoto ha arrasado una isla? Eso es lo más interesante.
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El video que resume segmentos de lo ocurrido en las oficinas de la ONEMI en la madrugada del 27 de febrero tiene poco de novedoso. Hace rato sabíamos que aquel encuentro matinal de varias de las más altas autoridades del Estado se pareció más a las conversaciones de un equipo amateur al descubrir que han perdido sus camisetas, que a lo que imaginábamos al combinar los nombres de Presidente de la República y Oficina Nacional de Emergencias.

Sin embargo, pese a la falta de novedad, más de algo interesante puede leerse en los movimientos políticos que lo explican y en lo que se puede aprender de él. Movimiento de carrera presidencial desatada, precariedad audiovisual y desesperación oficialista aparte, de todas las escenas que contiene el video, la más elocuente es la conversación entre la Presidenta y su asesora María Angélica Álvarez. En la ocasión, Álvarez sugiere a Bachelet no utilizar el término “tsunami” para referirse al “tsunami” que azotó Juan Fernández, táctica que luego es profundizada por la propia ex Presidenta al resolver omitir los daños que el terremoto provocó en el Aeropuerto Internacional de Santiago.

Para mal de sus intereses, el hoy oficialismo no ha logrado leer en el mentado video más que munición de corto alcance para intentar dañar la imagen de la ex Presidenta. En lugar de apostar por diseños comunicacionales corales, que releven la acción gubernamental como fruto de esfuerzos colectivos, el Presidente Piñera repite la predilección del bacheletismo por una imagen presidencial entendida como fin en sí mismo.

¿Es normal que un asesor de comunicaciones sugiera estrategias, tácticas y puntos de mensaje en una catástrofe como la del terremoto? Sí, ocurre en todos lados y desde hace buen tiempo, probablemente desde Roma hace más de dos mil años ¿Es razonable que el lineamiento comunicacional sea la única consideración en estas circunstancias? No, en ningún caso ¿Qué genera esta hipertrofia de lo comunicacional que se expresa, incluso, cuando un maremoto ha arrasado una isla? Eso es lo más interesante.

Conocida es la deformación profesional de los profesionales que trabajamos en comunicación de supeditar todas las otras dimensiones relevantes de un fenómeno, a su respuesta comunicacional. Sin embargo, el caso de Bachelet pareciera ir más allá. Desde el famoso “cartillazo” del 7 de junio de 2006, a menos de tres meses de iniciado su gobierno, el diseño comunicacional que levantaron Bachelet y sus asesores —Álvarez una de las principales— estuvo dirigido a la protección de la imagen de la Presidenta, aún a costos de la imagen de los demás funcionarios de su gobierno, como ocurrió en el mentado cartillazo, o de su propia coalición política, incapaz de amenazar el triunfo de la oposición en ningún momento de la carrera presidencial por la sucesión.

Este diseño, que podríamos sintetizar en “la imagen presidencial justifica los medios”, cristaliza el momento de omitir la mínima información que merece la población minutos después de una catástrofe nacional, como ocurrió tras el maremoto sobre Juan Fernández; o, según trascendidos de prensa, en la postergación de restablecer el orden público mediante el despliegue de militares en la zona más afectada, atendiendo a consideraciones simbólicas sobre el “legado” de la Presidenta.

Para mal de sus intereses, el hoy oficialismo no ha logrado leer en el mentado video más que munición de corto alcance para intentar dañar la imagen de la ex Presidenta. En lugar de apostar por diseños comunicacionales corales, que releven la acción gubernamental como fruto de esfuerzos colectivos, el Presidente Piñera repite la predilección del bacheletismo por una imagen presidencial entendida como fin en sí mismo.

Los resultados, por cierto, son diametralmente opuestos. A diferencia de los tiempos de Bachelet, la versión 2010-2012 está hecha con el tacto de un elefante en una cristalería, guiada por la personalidad del niño que debió competir por cariño y, si no fuera suficiente, proyectada sobre el telón de una derecha que política, social y biográficamente responde a los poderosos, no a los protegidos. En ese sentido, no resulta casual que los índices de aprobación, credibilidad y cercanía que reconoce la opinión pública en el Presidente, hayan comenzado su cuesta abajo con el impúdico tour de Piñera atribuyéndose todo el éxito tras el rescate de la mina San José.

La prohibición de la reelección inmediata de los presidentes de Chile busca justamente inhibir estos cálculos que ponen la imagen del primer mandatario como la primera prioridad, y posibilitar que completen su periodo pensando como Jefes de Estado y de Gobierno, y no como candidatos en eterna campaña. Probablemente la corta duración del periodo presidencial no esté permitiendo que ese instrumento institucional cumpla su propósito.

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