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Pinochet, el orgullo y el arrepentimiento

por 18 junio, 2012

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Quien haya discutido con defensores acérrimos de la dictadura encabezada por el general Pinochet, sabe que la tarea es ardua e ingrata. El problema no es tanto que se nieguen obcecadamente a aceptar evidencias empíricas. Sino más bien que usualmente reclaman para sí una especie de inmunidad moral. Por alguna razón u otra, las sistemáticas y extendidas violaciones de derechos humanos cometidas durante la dictadura serían aceptables. La primera reacción —humana, demasiado humana— es darles la espalda y seguir nuestro camino para dedicar nuestro tiempo a asuntos más importantes (o atacar, en este punto la observación darwiniana del mundo animal es ciertamente correcta). Sin embargo, vale la pena tomar los argumentos en serio. Los argumentos esgrimidos para dar cuenta de la legitimidad de las violaciones sistemáticas de los derechos humanos llevadas a cabo durante este periodo son al menos de cuatro tipos. Evidentemente, en diferentes individuos conviven todo tipo de combinaciones —aunque en muchas ocasiones estas combinaciones sean inconsistentes—.

En un extremo están los que niegan hasta el día de hoy estas violaciones. Luego están los que reducen estas violaciones a acciones de individuos o grupos que no representan la política oficial de la época: fueron acciones aisladas de algunos que se dejaron llevar por el clima de confrontación de la época —acciones que al considerar el contexto pueden ser o no justificables—, pero en todo caso no serían parte de la política oficial o extraoficial. En tercer lugar se encuentran todos aquellos que reconocen el carácter sistémico e institucional de estas violaciones pero, de un modo u otro, las justifican. Aquí es usual, y natural, referir al contexto histórico. Para algunos la supuesta situación de guerra dejaría en suspenso obligaciones de respecto de derechos que bajo situaciones normales serían vinculantes.

Las declaraciones de arrepentimiento de personas que participaron en la dictadura, como el ministro Chadwick, son positivas y bienvenidas. Puede ser tarde, puede que no sea suficiente. Sí, puede. Pero indudablemente es infinitamente mejor que ir (en cuerpo y/o alma) a celebrar al general en el Caupolicán y, de esos, no faltan.

Para otros, el carácter epocal del contexto histórico —y no la particularidad de la guerra— es lo que limitaría la responsabilidad moral: era la libertad o la dictadura del proletariado. Para otros, un grupo que parcialmente se traslapa con el anterior, lo que estaba en juego era la posibilidad de construir un país prospero y moderno versus el atraso y pobreza a la que nos condenaba el marxismo. Dicho de otro modo, era una oportunidad histórica para enrielarnos en la ruta del progreso que no se podía desaprovechar bajo ninguna circunstancia. En cuarto lugar están todos aquellos que reconocen estas violaciones, pero no intentan justificarlas, ni contextualmente ni en razón de bienes superiores, sino que las celebran: es lo que se merecen marxistas y consorte.

Partamos por lo fácil. La primera y la segunda posición son insostenibles: la abrumante evidencia empírica acerca de la ocurrencia de estas violaciones y su carácter sistemático e institucional no permite hoy, a individuos con un coeficiente intelectual mínimo, sostener seriamente esta tesis. O se trata de mentirosos (es decir, individuos que sostienen lo que no se ajusta al caso en sabiendas de que no se ajusta), o desinformados (lo que dado la importancia de la tesis sostenida y la disponibilidad de información empírica los transforma en irresponsables), o son expertos —inconscientes, por cierto— en lo que con Freud podemos denominar “represión” (Verdrändung). La cuarta posición es igualmente fácil de descartar: fanáticos que celebran violaciones de derechos humanos están más allá de lo que el marco de discusión democrático (que se basa, entre otros, en el respeto de esos derechos) puede aceptar como manifestación que merece ser considerada seriamente (lo que no implica, necesariamente, que estas manifestaciones deban ser prohibidas).

Consideremos con mayor detención las posiciones en el tercer punto. El problema con el primer argumento, que descansa en la naturaleza cruenta de la guerra (“guerra es guerra”), es que incluso la guerra está supeditada al derecho (Ius in bello). Y la gran mayoría de las violaciones sistemáticas de derechos humanos cometidas en la dictadura (desapariciones, torturas, violaciones, vejaciones) no se ajustan al Derecho de Guerra (como ciertamente tampoco se ajustan las torturas y vejámenes de Abu Ghraib o las reiteradas matanzas de civiles en Siria). El segundo y tercer tipo de argumentos son más interesantes. La segunda argumentación recurre a una estructura bien conocida: el fin justifica los medios. En este caso, el fin sería salvaguardarnos de un régimen marxista para así resguardar nuestra libertad. El problema con esta argumentación es que, aun cuando el fin sea valioso, para que ella sea presentable, está sujeta a condiciones normativas.

Por ejemplo, no es defendible que en la consecución de mi legítimo fin, asegurar la permanencia de mis genes en el futuro, recurra a medidas como la violación. Y una de estas condiciones es la proporcionalidad. La pregunta, entonces, es si no hubiese sido posible alcanzar el fin deseado (resguardo de la libertad conteniendo la amenaza marxista) con otros medios. ¿Fueron necesarios más de tres mil entre muertos y desaparecidos, y decenas de miles de torturados? Examinando el contexto y la singularidad tanto de los casos por los que hoy en día algunos militares cumplen condenas de prisión, como de los muchos por los que nadie ha sido condenado, resulta evidente que no se cumplió con la proporcionalidad.

La tercera argumentación es la más interesante. La estructura a la que recurre no es la mencionada de que el fin justifica los medios, sino una prima cercana pero mucho más refinada y sutil que cuenta con un abolengo muy católico (Tomás de Aquino es uno de sus defensores más connotados) de larga data: la doctrina del doble efecto. La idea es que hay que distinguir entre los resultados buscados de un acto y las consecuencias no buscadas del mismo, siendo responsables por las primeras pero no por las segundas.

Así, por ejemplo, el resultado buscado de un acto puede ser la destrucción del polvorín del enemigo, un objetivo lícito. La consecuencia no deseada puede ser la muerte de los civiles que viven en los alrededores producto de la explosión previsible. Según esta doctrina, no somos responsables por las consecuencias no buscadas, aunque sean previsibles. Esta doctrina respalda las declaraciones de la OTAN en el bombardeo de Serbia. (¿Recuerdan los “daños colaterales”?). Y esta es la doctrina a la cual recurren muchos médicos que, oponiéndose al aborto “en toda circunstancia”,  afirman que si el resultado buscado de salvar a la madre trae consigo la muerte previsible del feto, no se trata de un aborto y, por lo tanto, no requeriríamos de una ley de aborto terapéutico. Y esta es también la doctrina que respalda las palabras de todos aquellos que participaron en la dictadura en razón de alcanzar un objetivo que consideraron valioso (por ejemplo, sentar las bases para la modernización y el desarrollo), en sabiendas que este proceso traería consigo consecuencias no deseadas como la violación sistemática y brutal de derechos humanos.

Sin embargo, a pesar de las bondades argumentativas que pueda ofrecernos esta doctrina, ella tiene dificultades: no es convincente afirmar que no somos responsables por las consecuencias previsibles aunque no buscadas de nuestras acciones. ¿Por qué? El problema es que si nuestras acciones se pueden retrotraer a nuestras creencias y deseos (bebo agua porque tengo el deseo de saciar mi sed y la creencia de que el agua lo hará), al llevar a cabo una acción no puedo dejar de considerar mis creencias acerca de las consecuencias previsibles de mis acciones, aunque éstas sean no deseadas.



Así, por ejemplo, al disparar el misil al polvorín enemigo, no sólo tengo el deseo de acabar con el poder de fuego del enemigo, y la creencia que la destrucción del polvorín lo puede conseguir, sino también la creencia de que esta acción producirá muertes de civiles. Y en el caso en cuestión, la acción de participación en la dictadura implica también la creencia relativa a las consecuencias no deseadas pero previsibles como las violaciones de derechos humanos. Dicho de otro modo, no es que estas consecuencias no deseadas previsibles no cuenten en nuestro cálculo moral, sino que las aceptamos en pos de los objetivos deseados (o como diría un filósofo, “las compramos”).

Es decir, libremente aceptamos estas consecuencias porque pesan menos que el logro del objetivo. Esto es lo que hicieron muchos de aquellos que participaron, a veces con ahincó y un sentido de misión, en la dictadura para tratar de hacer del nuestro un país moderno. No estoy seguro de esta historia. Pero acepto que puede haber sido así para algunos, como muchos tecnócratas de buena voluntad que hoy en día siguen ocupando importantes roles en el gobierno. Pero como hemos considerado, sus loables objetivos no los liberan de la responsabilidad por las consecuencias previsibles no deseadas. La vida es en ocasiones trágica. Pero no hay que olvidar que la situación “trágica” de estas personas es inconmensurablemente mejor que la situación de las víctimas de la dictadura que ellos apoyaron por razones quizás respetables.

Al pensar sobre el pasado vivido, pensamos acerca de aquello que somos. No es que el pasado nos constituya (lo que en cierta medida también ocurre). Más allá de esto, nosotros nos constituimos al considerar y reconsiderar nuestro pasado. En el juego entre nuestro pasado y nuestro presente damos cuenta de nuestra identidad: lo que somos y lo que queremos ser. Aquellos que piensen que las reformas institucionales generadas en la dictadura nos permiten hoy estar en una buena situación como país, con mayores recursos económicos y avizorar el desarrollo como una posta alcanzable, y que sientan, en un sentido comprensible, un cierto orgullo por haber participado en la creación de este andamiaje, disponen, como en el reverso de una medalla, de múltiples razones para sentirse arrepentidos. Arrepentidos por haber participado en un régimen que pisoteó los derechos humanos y produjo tanto sufrimiento; arrepentidos de haber asumido estas violaciones como un efecto colateral en la consecución de un fin que consideraron loable. Es en este sentido que las declaraciones de arrepentimiento de personas que participaron en la dictadura, como el ministro Chadwick, son positivas y bienvenidas. Puede ser tarde, puede que no sea suficiente. Sí, puede. Pero indudablemente es infinitamente mejor que ir (en cuerpo y/o alma) a celebrar al general en el Caupolicán y, de esos, no faltan.

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