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Política Exterior: el mundo que viene

por 10 agosto, 2012

Han habido esfuerzos y avances parciales en algunas áreas, pero lo que falta es una mirada global a partir de la cuál se elabore un plan estratégico para las próximas décadas, que establezca prioridades que nos llevarán a redefinir nuestra política de alianzas, a niveles regionales y mundial (adónde estamos hoy, y hacia dónde queremos ir en este siglo XXI).
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El gran objetivo de toda política exterior es ampliar los márgenes de acción de un país en el sistema internacional, en función de avanzar los intereses nacionales tal cuál han sido definidos en un momento específico de la historia de ese país. En este sentido, los gobiernos de la Concertación lograron plenamente esta tarea al posicionar a Chile muy por sobre sus capacidades objetivas a nivel internacional. Una combinación de recuperación pacífica de la democracia, exitosa apertura comercial global en el mundo, y labor diplomática proactiva en el ámbito político multilateral, hicieron posible lo anterior.

El actual gobierno de centroderecha ha mantenido por otra parte, los grandes lineamientos de esta política (algunos dicen que más por necesidad que por convicción, pero con el tiempo las necesidades muchas veces se transforman, para bien o mal, en convicciones). El mundo de hoy sin embargo, y también la sociedad chilena, son muy distintos al escenario global y local que conocimos en los inicios de la transición a la democracia. Por eso es necesario pensar en un nuevo ciclo también para nuestra política exterior, pues los desafíos, prioridades y actores más relevantes en el ámbito internacional, han cambiado dramáticamente en estos últimos veinte años. El mundo que se viene tendrá mayores complejidades respecto de los análisis “optimistas” que se hacían en los inicios de la post Guerra-Fría. La democracia está experimentando retrocesos en muchas partes ; hay una crisis financiera y económica estructural en el mundo occidental, que entre otros está provocando una pérdida relativa de poder frente a potencias emergentes con características más autocráticas; el centro de gravitación del sistema internacional inexorablemente se moverá hacia el Asia en las próximas décadas; hay un “proteccionismo” encubierto pero creciente de países que buscan resguardar sus economías frente a los vaivenes de la economía internacional; y está la emergencia en América Latina y el mundo de las llamadas nuevas “amenazas no convencionales” que tienen un efecto muy devastador en diversas regiones del mundo.

Han habido esfuerzos y avances parciales en algunas áreas, pero lo que falta es una mirada global a partir de la cual se elabore un plan estratégico para las próximas décadas, que establezca prioridades que nos llevarán a redefinir nuestra política de alianzas, a niveles regionales y mundial (adónde estamos hoy, y hacia dónde queremos ir en este siglo XXI).

En un escenario de estas características, se presenta el desafío de cómo vamos a defender y promover aquellos “bienes públicos globales” (democracia, derechos humanos, globalización sustentable y equitativa, reforzamiento del multilateralismo y el derecho internacional) que son parte inherente de nuestra política exterior, pero además combinado con la otra gran tarea, de usar la política exterior como herramienta eficaz para contribuir a alcanzar la condición de país desarrollado en la próxima década.

Frente a esto, la gran pregunta es si existe una estrategia de largo plazo y consensuada, así como los arreglos institucionales y materiales necesarios, para avanzar en la consecución de estos objetivos. No sería razonable señalar que no hay nada al respecto. Han habido esfuerzos y avances parciales en algunas áreas, pero lo que falta es una mirada global a partir de la cuál se elabore un plan estratégico para las próximas décadas, que establezca prioridades que nos llevarán a redefinir nuestra política de alianzas, a niveles regionales y mundial (adonde estamos hoy, y hacia donde queremos ir en este siglo XXI). En otras palabras, replantearse una “política de Estado” en las nuevas condiciones que impone el sistema internacional, y que a diferencia del pasado, deberá ser más proactiva y propositiva, y fuertemente anclada en nuestra realidad regional. Es este ejercicio el que está pendiente en nuestro país, y que otros países que han sido exitosos en el campo internacional ya han hecho. Ahora, lo anterior requerirá sincerar las diferencias que existen, pero que permanecen ocultas en el discurso “abstracto” que usualmente se hace, respecto a los “grandes consensos” que habría en la política exterior.

Por cierto que los acuerdos existen a nivel de una discursividad general, o cuando se trata de temas altamente sensibles, pero si se entra a un análisis más fino, no es difícil constatar sustantivas diferencias respecto por ejemplo, ha cómo manejar nuestras relaciones vecinales, a los vínculos con el resto de América Latina y que políticas de alianzas debe haber, o sobre la llamada “modernización” de la Cancillería, donde reformas más estructurales nunca han prosperado porque simplemente no ha habido consenso para ello.

Los importantes cambios sociales que está experimentando Chile en el presente, y que indican una relativa pérdida de influencia de sectores más tradicionales, crean hoy un espacio para un debate más plural e inclusivo respecto a cómo vemos hacia el futuro el “rol de Chile en el mundo” (y que debe reflejar la nueva sociedad que emerge). Es momento entonces de iniciar este debate, y donde los grandes ejes ordenadores debiesen ser: Democracia–Derechos Humanos–Desarrollo Inclusivo y Sustentable– y Paz y Gobernanza Global. En definitiva, como contribuir desde la política exterior a un país mejor para los chilenos, a partir de una nueva manera de ver y entender la defensa de la “soberanía” en un mundo global, pero también haciendo un aporte sustantivo de acuerdo a nuestras capacidades, a los grandes “avances civilizatorios” que deben ser defendidos y profundizados, en un mundo todavía de grandes incertidumbres e injusticias (la ética y el pragmatismo en la política exterior).

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