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Nunavut y el Chilean way

por 11 agosto, 2012

La idea de Nunavut es simple. En 1999 se dividió el noroeste canadiense en dos, para permitir a la población Inuit (antigua y despectivamente denominados esquimales) concentrados en el este, altos grades de autodeterminación en su gobierno. Para que se haga una idea: Nunavut es un territorio de alrededor de 2 millones de kilómetros cuadrados y algo más de 30.000 habitantes, que se gobierna mediante una asamblea legislativa en la que participan individuos y no partidos, que actúa de un modo consensual recogiendo en sus decisiones la opinión de un grupo de mayores y aspectos de la cultura, y que elige al premier de Nunavut.
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En cualquier debate sobre los desafíos del multiculturalismo la referencia a Canadá es obligada. Y por buenas razones. Canadá ha sido el país pionero al establecer en 1971 durante el gobierno de Trudeau una política oficial multicultural. Lo secundó Australia. No es extraño que en los 70 y 80 casi todos los libros con referencias al tema provinieran de estos países, y que algunos de los autores más influyentes en estos debates hasta el día de hoy, como Charles Taylor y Will Kymlicka, sean canadienses.

Ciertamente “multiculturalismo” es un concepto paragua que agrupa muchas cosas distintas, incluso antagónicas. Pero al preguntar cómo la sociedad debiese responder a la diversidad cultural y sus demandas, podemos identificar un mínimo común denominador: la diferencia o la pertenecía cultural es un bien que debe ser protegido e incluso fomentado. ¿Pero por qué?

Según Taylor, el autorespeto estaría mediado por el reconocimiento. Es decir, si el grupo cultural se inserta en contextos en los que no es reconocido o es falsamente reconocido, entonces el autorespeto de sus miembros se vería dañado. Asegurar el autorespeto implicaría, entonces, el reconocimiento del grupo cultural. Y según Kymlicka, el ejercicio inteligente de la autonomía personal estaría mediado por la pertenencia a un contexto cultural rico y seguro que proporcione tanto opciones como criterios de valoración. De estos dos razonamientos se derivarían derechos culturales que, en el caso de los grupos nacionales, podrían extenderse al autogobierno, a la autodeterminación e incluso a la autonomía.

La idea de Nunavut es simple. En 1999 se dividió el noroeste canadiense en dos, para permitir a la población Inuit (antigua y despectivamente denominados esquimales) concentrados en el este, altos grades de autodeterminación en su gobierno. Para que se haga una idea: Nunavut es un territorio de alrededor de 2 millones de kilómetros cuadrados y algo más de 30.000 habitantes, que se gobierna mediante una asamblea legislativa en la que participan individuos y no partidos, que actúa de un modo consensual recogiendo en sus decisiones la opinión de un grupo de mayores y aspectos de la cultura, y que elige al premier de Nunavut.

Por cierto, estas teorías no son inmunes a la crítica. A mi juicio, adolecen de dificultades argumentativas serias. Pero esto es sólo importante en los debates académicos. Lo relevante es que estas teorías reconocen lo que hoy muchos comentadores locales comienzan a notar con respecto al denominado conflicto mapuche y sus demandas: son parte de una agenda étnico-nacionalista con aspiraciones que no se distinguen de otros movimientos de esta naturaleza y que apuntan a modelos de autogobierno, autodeterminación o soberanía.

Aquí no hay excentricidad. Es un fenómeno común a múltiples pueblos originarios en muchos lugares del mundo. También en Canadá. La construcción de la nación se da junto a un relato generador de identidad en base a la resistencia y lucha contra lo que se considera invasión y opresión externa, a un territorio histórico, a elementos culturales propios y a la reminiscencia de un pasado inmemorial. Que las interpretaciones de este relato sean correctas o no, es irrelevante. Lo relevante es que hay sectores importantes de un grupo que se consideran a sí mismo como distintos y que desean gobernarse por sí mismos y no ser gobernados por otros.

La respuesta política canadiense a las demandas étnico-nacionalistas se ha guiado, en general, por el reconocimiento de las identidades particulares y la devolución de ciertos poderes y atribuciones. Con otras palabras, por el reconocimiento de ciertas formas de autogobierno. Un caso muy discutido refiere a las bondades del federalismo y de leyes culturales para proteger y fomentar la cultura en Quebec, que hoy implica, sobre todo, la protección de la visage linguistique de la región francófona. Otro caso, reciente y novedoso, es Nunavut.

La idea de Nunavut es simple. En 1999 se dividió el noroeste canadiense en dos, para permitir a la población Inuit (antigua y despectivamente denominados esquimales) concentrados en el este, altos grades de autodeterminación en su gobierno. Para que se haga una idea: Nunavut es un territorio de alrededor de 2 millones de kilómetros cuadrados y algo más de 30.000 habitantes, que se gobierna mediante una asamblea legislativa en la que participan individuos y no partidos, que actúa de un modo consensual recogiendo en sus decisiones la opinión de un grupo de mayores y aspectos de la cultura, y que elige al premier de Nunavut. También eligen un representante en el parlamento canadiense. Sus idiomas oficiales son francés, inglés, y los idiomas Inuit Inuktitut e Inuinnaqtun.

Nunavut goza de amplio, pero ciertamente limitado, autogobierno. Lamentablemente, las expectativas que muchos tenían con la creación de Nunavut no han sido satisfechas. Los problemas económicos y sociales continúan, y en algunos casos han empeorado. Tiene una desalentadora tasa de cesantía, de suicidios (12 veces más alta que la canadiense, con la mayor prevalencia en adolecentes), de alcoholismo, y una de las mayores carencias de viviendas en Canadá que ha dado lugar a una epidemia de tuberculosis. (No sin razón la tuberculosis ha sido históricamente caracterizada como la enfermedad de los pobres). Sólo el 25% de los jóvenes termina el colegio. Ciertamente, esto no ha sido exclusiva responsabilidad de Nunavut y su gobierno. Han sido tratados con indiferencia por el gobierno federal, dando lugar a múltiples demandas jurídicas por el no cumplimiento de las obligaciones a las que Canadá se comprometió. Nunavut es un experimento en marcha y no sabemos qué va a resultar. A su favor no juega el estar en el ojo del huracán en razón del calentamiento global y del descubrimiento de yacimientos de recursos naturales.



En nuestro país estamos lejos de una respuesta política como Nunavut al conflicto mapuche. Dejando de lado el eje seguridad, (dentro del cual, y de un modo que hace dudar de la más mínima visión y prudencia política del Ministerio del Interior, se envistió con responsabilidades al ex fiscal Peña, un personaje públicamente deslegitimizado y criticado también por sus pares por incompetente, y que harían mejor en esconder detrás de un escritorio), los ejes económico-social y cultural del recientemente presentado plan Araucanía, incluyen buenas ideas como liceos de excelencia sensibles al aspecto multicultural, más becas, fomento del mapudungun, nuevos hospitales, el reconocimiento de la medicina tradicional, creación de áreas de desarrollo indígena, agua potable, prioridad para el ingreso ético familiar, además de continuar con una política de devolución de tierras. En fin, una serie de medidas bien intencionadas que apuntan a fortalecer los índices sociales y a reconocer aspectos de la cultura mapuche.

Pero sea honesto consigo mismo: ¿cree que estas medidas van a debilitar la agenda étnico-nacionalista mapuche? En mi opinión, es evidente que no. Al adoptar estas medidas, por cierto apropiadas, el gobierno está jugando a tiempo, con la irrazonable esperanza de que con éxito económico, más oportunidades y alguna reverencia a elementos culturales, se debilite la masa crítica que el movimiento mapuche requiere para hacer avanzar sus reivindicaciones. Si se trata de poner las fichas, mi apuesta es que de aquí a algunos años (¿diez, veinte?) estaremos pensando acerca de nuestro propio Nunavut, ahora en el otro extremo del mundo, y ojalá más exitoso que el original.

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