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La izquierda y el centro

por 14 agosto, 2012

Necesitamos a la brevedad un candidato o candidata presidencial que exprese esta voluntad, ya que sin candidato estas ideas estarán ausentes del debate del próximo año. Al respecto, sin conocer su disposición y más allá de su posible rol como dirigente de la CUT, pienso que Cristián Cuevas sería una excelente carta para tales objetivos.
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El debate político y el sentido común se izquierdizó en Chile. Desde la movilización de los secundarios del 2006, y con aún más fuerza el 2011 que el diseño institucional heredado desde la dictadura, así como la posterior transición que operó en sus márgenes, se han comenzado a cuestionar por parte de amplios sectores de la ciudadanía. Nada más paradigmático en este sentido que el 80% de apoyo a la demanda por el fin del lucro en educación.

Este escenario constituye una oportunidad para las fuerzas sociales y políticas de izquierda. Una oportunidad para lo que debe ser su principal interés: transformar la sociedad.

En este contexto, la pregunta a responder por las organizaciones de izquierda es cómo aprovechar de mejor manera este escenario. A este respecto el Partido Comunista, el actor más importante del sector, ha dado a entender que su decisión es establecer una gran alianza de oposición, desde la DC hasta el PC, apostando de este modo por la configuración de dos bloques (derecha y Concertación + PC). Este importante cambio en la estrategia del PC —respecto a los últimos 20 años— y que con creces excede lo estrictamente electoral, completaría el proceso iniciado por la renovación socialista en los 70-80, de búsqueda de un entendimiento y alianza política de largo plazo con el centro, logrando que todos los partidos de la izquierda histórica se sumaran a tal apuesta.

Necesitamos a la brevedad un candidato o candidata presidencial que exprese esta voluntad, ya que sin candidato estas ideas estarán ausentes del debate del próximo año. Al respecto, sin conocer su disposición y más allá de su posible rol como dirigente de la CUT, pienso que Cristián Cuevas sería una excelente carta para tales objetivos.

No comparto esta estrategia. En particular, pienso que la configuración de tres bloques puede permitir sacar más ventajas de este escenario, sobre todo si —como explicaré más adelante— tenemos el suficiente pragmatismo como para lograr acuerdos puntuales con el centro según sea el caso. Dado el peso específico del PC, la pertinencia de un acuerdo de largo aliento con el centro es el asunto a debatir por estos días.

Lamentablemente en este caso la evidencia empírica es poco informativa. Durante los años 90-2000 ambas apuestas, de gobernar con el centro (liderado por el PS) y de buscar un camino propio como fuerzas de izquierdas (liderada por el PC), fracasaron. Más allá de las buenas intenciones, ninguno de estos caminos logró avances significativos en pos de la igualdad, la distribución del poder, la democratización de la sociedad; cambios que de una manera u otra requerían alterar el orden económico y político impuesto por la dictadura.

A la izquierda concertacionista la podremos acusar de haber gobernado con las ideas de la derecha (la moderna, no la chilena cavernícola) y a nosotros —los que tratamos por fuera— nos podrán acusar de haber sido irrelevantes. Ambas acusaciones —las dos graves— tienen bastante asidero. Sin experiencias positivas, lo que queda es argumentar acerca de por qué si nuestro objetivo es la transformación de la sociedad la mejor alternativa es prescindir de una alianza programática y de largo plazo con el centro.

La primera razón es la más simple, a saber, tenemos un horizonte político distinto. A este respecto, la mayor prueba del fracaso de las dos izquierdas de los 90-2000 fue que nuestras ideas simplemente no estuvieron presentes en el debate y ha sido el movimiento social el que nos recordado que se puede hablar —y ser escuchado— de derechos universales, de revertir la mercantilización de todas las dimensiones de la vida, de tomarse en serio la lucha por la igualdad, etc. Una alianza programática con el centro modera el resultado, ya que —y esta es su particularidad— modera el discurso. Es preferible decir lo que pensamos y a veces no lograr las mayorías en torno a tales posturas, que autocensurarnos en nuestro discurso para no lesionar la alianza. En democracia, las ideas que se expresan pueden o no concitar la mayoría, pero las ideas que se callan están condenadas a la derrota.

Una segunda razón, de corte más estratégica, es que la existencia de dos bloques le da un desmedido rol al centro: sin amenaza por la izquierda, toda la potencial fuga de votos es por la derecha, lo que entrega en la práctica un poder de veto al centro de la alianza. Mientras más sectores de la izquierda se incluyan en la apuesta de largo plazo con el centro, menos creíble se hace la amenaza de que si esta alianza modera su discurso vaya a surgir una fuerza política que aproveche aquello y le quite poder electoral.

Por último, está lo simbólico. La Concertación —actor principal de cualquier alianza de la centro izquierda— representa la política de la transición, la modernización sin igualdad y el paso de “la alegría ya viene” a “las instituciones funcionan”. Y en esto cabe recordar que los estudiantes han protestando contra la obra completa: el diseño educacional de la dictadura y su profundización durante los 20 años concertacionistas (financiamiento compartido, ley acreditación, nula fiscalización del lucro en universidades, CAE, pérdida de matrícula del sector público, etc.). Así, parece difícil conciliar la intención de dar una representación política al descontento expresado por el masivo movimiento social y al mismo tiempo participar de una alianza política-programática de largo aliento comandada por los líderes concertacionistas.

De este modo, pienso que hay buena razones para apostar por la construcción de un camino propio para la izquierda, donde se compita democráticamente con el centro y la derecha por la conducción del país. Por lo demás, el sistema chileno actual, aún con sus profundas limitaciones, permite llevar a cabo un proyecto de este tipo sin necesidad de regalarle el gobierno a la derecha, como algunos argumentan. En lo presidencial existe la segunda vuelta, y mientras exista el binominal es posible competir en primarias en unas pocas circunscripciones donde la división de la centroizquierda pueda hacer perder doblajes o permitir un doblaje de la derecha. En resumen, es factible una estrategia política que sin decir que todos son lo mismo (centro y derecha), sí apueste por sumar fuerza y apoyo electoral en torno al ideario de izquierda.

Con todo, la rearticulación de la izquierda es un proceso complejo que requiere de muchos pasos: recomponer las confianzas, reencantar a la gente que se fue frustrada de la actividad política en los 90 y 2000, renovar viejos partidos, disputar la conducción de partidos históricos (como el PS), crear nuevos partidos, levantar el mundo sindical, etc. Debemos construir una convivencia al interior del sector basada en la democracia —que debe ser un medio y un fin en nuestro ideario— y en la tolerancia al debate de visiones políticas diversas; partiendo de la base que aún con horizontes similares podemos diferir en las estrategias y que no hay nada de malo en ello.

Las fuerzas políticas de izquierda deben hacer el esfuerzo de ser la expresión del malestar y contribuir desde la sistematicidad, racionalidad y visión de largo plazo que dan los partidos y movimientos políticos a la configuración y disputa de nuevos horizontes.

Por lo pronto, necesitamos a la brevedad un candidato o candidata presidencial que exprese esta voluntad, ya que sin candidato estas ideas estarán ausentes del debate del próximo año. Al respecto sin conocer su disposición y más allá de su posible rol como dirigente de la CUT, pienso que Cristián Cuevas sería una excelente carta para tales objetivos. Cristián es joven, sumamente capaz, ha tenido logros relevantes en el alicaído movimiento sindical, representa un círculo virtuoso entre lo social y lo político y genera —como pocos— confianzas en amplios sectores de la izquierda chilena. Bachelet tendrá por ahora los votos, pero Cristián podría representar lo que sucedió en las calles el 2011 y si hay algo que se respiraba en esas calles —además de lacrimógenas— era futuro.

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