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Argumentos falaces

por 1 noviembre, 2012

El resultado de todo lo expuesto es el visto: apatía institucionalizada en baja participación.La cosa se agrava más cuando insertamos la reforma en este contexto histórico de creciente y preocupante divorcio entre partidos y sociedad. Estos partidos no están capacitados para hacer el trabajo, tanto por su desgaste como por la acumulación del mismo. Estos deberán optar por el camino más fácil, pero el más riesgoso. Cuidado con reproducir la baja movilización; en tiempos de vacas flacas no habrá reservas.
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Los defensores del voto voluntario han repetido hasta el cansancio dos argumentos que es imprescindible rebatir. Por un lado, han señalado que esta reforma entrega mayor libertad a los ciudadanos. Por otro, han subrayado que los partidos deberán hacer un mayor esfuerzo por convocar a la ciudadanía; ahora no sólo tienen que convencerlos de votar por ellos sino que tienen que persuadirlos para que salgan a votar. Ambos postulados son falaces. No lo digo yo, lo dicen décadas de investigación en ciencia política y siglos de reflexión en filosofía política.

Respecto al primero, los ciudadanos no son más libres al restarse de participar en política. Marco Enríquez Ominami dijo ayer algo que todos sabemos, pero que no deja de ser muy cierto: “la política se mete en nuestra cama”; la política tiene que ver con toda nuestra vida. ¿Por qué destaco esta declaración? Porque la política es la actividad en la que se toman decisiones sobre lo que se puede y no se puede, sobre lo que se debe y no se debe. La política es la arena donde se dirime nuestra forma de ser como sociedad.

El resultado de todo lo expuesto es el visto: apatía institucionalizada en baja participación.La cosa se agrava más cuando insertamos esta reforma en este contexto histórico de creciente y preocupante divorcio entre partidos y sociedad. Estos partidos no están capacitados para hacer el trabajo, tanto por su desgaste como por la acumulación del mismo. Estos deberán optar por el camino más fácil pero el más riesgoso. Cuidado con reproducir la baja movilización; en tiempos de vacas flacas no habrá reservas.

Entonces, los ciudadanos son más libres cuando se expresan sobre lo que afectará su propia vida y la de sus conciudadanos. Son más libres cuando de alguna forma u otra expresan su parecer a través del voto (incluso anulándolo); método por cierto imperfecto pero el mejor conocido. Los ciudadanos son más libres cuando viven en una democracia más legítima. ¿Cuál es la primera fuente de legitimidad? La que entrega el verdadero soberano, el pueblo, al expresarse a partir del voto. Es un error asumir que todos aquellos que no votaron dejaron de hacerlo por no sentirse representados por las opciones disponibles. En el grupo de los que se abstuvieron hay infinitas razones, muy difíciles de conocer. En cambio, el voto anulado y en blanco tiene un significado más profundo y un poco más inequívoco.

Entremos al segundo justificativo: el voto voluntario estimula a los partidos a sacrificarse por conseguir votantes. Falso. El voto voluntario perjudica la labor de los partidos —aunque es sin duda tan perjudicial como el esquema anterior de inscripción voluntaria y voto obligatorio—. ¿Por qué? Porque el voto voluntario genera incentivos para sacar a votar sin argumentos. El voto voluntario nubla la real discusión y enfrentamiento de programas. Todo se vuelve más oscuro. Además, el verdadero juego puede ser el de apostar por la apatía. Los partidos pueden simplemente dedicarse a procurar unos pocos votos seguros. La indiferencia y la abstención favorecen el statu quo.

El voto obligatorio despeja el escenario y enfoca la discusión en el por qué votar a tal o cual. Es cierto que no anula las posibilidades de reparto de bienes privados. Pero, en una sociedad que aspira al desarrollo y con creciente incidencia de la comunicación y las redes sociales, la fiscalización ciudadana puede reducir ese riesgo. La creación de reales ofertas programáticas es un desafío siempre, pero el voto voluntario ciertamente no lo estimula. Más aun, si de reformas institucionales se trata, lo principal es asegurar la competitividad, no apostar a bajos niveles de participación.

La cosa se agrava más cuando insertamos la reforma en este contexto histórico de creciente y preocupante divorcio entre partidos y sociedad. Estos partidos no están capacitados para hacer el trabajo, tanto por su desgaste como por la acumulación del mismo. Estos deberán optar por el camino más fácil, pero el más riesgoso. Cuidado con reproducir la baja movilización; en tiempos de vacas flacas no habrá reservas.

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