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Gato por liebre

por 1 noviembre, 2012

Aquellos que se sientan vencedores/as deberían asumir que sí lo son, pero al interior de un modelo político que funciona únicamente gracias a la facticidad legal, pero que es absoluta y totalmente inválido en términos de legitimidad social.
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No son pocas las ocasiones en que actores o actrices de películas decadentes ganan los premios por la mejor actuación. Las tramas pueden ser definitivamente una estafa invertebrada y explicarse nada más que como el telón de fondo utilitario que busca el lucimiento de sus estrellas. No obstante, y aunque de punta a rabo el film X sea una burla para el público, los actores merecen legítimamente su premio por sacar a flote lo que era un barco náufrago y astillado.

Si nuestro sistema político fuera una película, entonces la democracia representativa sería la susodicha trama descalcificada y los vencedores edilicios los actores y actrices que se llevan el Óscar. Esto no es dato de la causa y conlleva a una serie de consideraciones que van mucho más allá  que los puros números electorales. Trataremos de apuntar, brevemente, algunas.

Aquellos que se sientan vencedores/as deberían asumir que sí lo son, pero al interior de un modelo político que funciona únicamente gracias a la facticidad legal, pero que es absoluta y totalmente inválido en términos de legitimidad social.

Primero. Del 100 % de los potenciales votantes en las recientes elecciones sólo el 39 % concurrió a las urnas. Ahí donde el voto automático parece un dispositivo tendiente a fortalecer la democracia y el sistema electoral, es preciso anotar que este tipo de voto tiende dinamitar los principios de la democracia en su versión representativa. Está hecho para otro tipo de cultura política y no para una sociedad como la chilena en donde la democracia misma, sus límites y alcances, se juegan en cónclaves y oficinas parlamentarias de doble vidrio. La clase política chilena —“clase política” tal como apunta Gabriel Salazar— se desfasa radical y escandalosamente de lo que la sociedad civil razona y exige, por lo tanto la vocación por el automatismo electoral resultaba un evidente sabotaje para su propio soporte sistémico. En suma, voto automático en Chile es menos piso representativo para la democracia representativa, más bien la desmorona.

Segundo. Este amplio universo de potenciales votantes que se resistió a ejercer su “derecho ciudadano”, es un bloque social que no solamente habita en la resaca mañanera como se pretendió deslegitimar desde los comandos de uno u otro bando que desesperadamente llamaban a votar. Es un sesgo político, un navajazo al centro del corazón representativo-democrático que ha entendido que la política en su formato electoralista resulta un fraude en tanto su validez social. Hay un enorme sector —del cual este articulista se siente parte— que entiende que por años la matraca de las coaliciones, de los acuerdos, de las reparticiones y de los instrumentos de cálculo no han hecho más que subvertir, con la retórica del diálogo, a un tipo de descontento social que se incubó como trauma en la trastienda de la sociedad chilena y que emergió para cobrar. La invalidez de nuestro actual formato político no puede achacarle a la flojera de los ciudadanos no votantes, el autismo de un sistema que se desploma por razones de su propio devenir doméstico, local, privado.

Tercero. Aquellos que se sientan vencedores/as deberían asumir que sí lo son, pero al interior de un modelo político que funciona únicamente gracias a la facticidad legal, pero que es absoluta y totalmente inválido en términos de legitimidad social. Esto no quiere decir que la política en Chile sea menos mala sin los enclaves autoritarios que hasta hace poco reinaban en comunas importantes de Chile (Labbé, Sabat por ejemplo). Por cierto que se celebra la salida de estas prótesis democráticas de válvulas militarizadas, pero esto no anula el fenómeno de estar frente a autoridades que están muy lejos de pretender intervenir en la ruta reproductiva de un sistema que es infértil fuera de los márgenes jurídicos, y cuya única plenitud la goza al interior de la legalidad operativa y constitucional.

Cuarto y último. Resultaría cuando menos difícil intentar comprender estas elecciones municipales sin el vector determinante que fue el movimiento estudiantil. Este movimiento social en su primera fase demostró que la política no puede abreviarse a —y en— la dimensión electoral. Existe la calle como pasaje reivindicativo, la demanda socialmente válida, la dimensión representativa con base real en los actores, el hacer política fuera de los conductos regulares que la representatividad democrática y los márgenes políticos ofrecen e imponen. Hay política más allá de las urnas, los comandos y las campañas del terror de las que ha sido objeto, por parte de la moral electoralista, ese “magma antipolítico” que no vota.

Hoy los actores laureados que se llevan los premios son otros y otras, la cinta por donde se desliza la trama de esta mala película parece estar rayada y apunto de cortarse. Sin embargo, la política chilena y sus centinelas saben de memoria como pasar, siempre, gato por liebre.

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