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¿Consumidores o electores?

por 5 noviembre, 2012

El cuerpo electoral que votó el 28 de octubre, dada la abstención comentada, careció del quórum necesario para “legitimar” ese acto electoral. Por cierto, desde el punto de vista meramente formal y legal, las elecciones son válidas. Sin embargo, desde una perspectiva más de fondo, sustantiva, ponderando adecuadamente el contenido de una democracia, y la tradición chilena que nos hizo señeros, el acto electoral del 28 de octubre perdió legitimidad. Si esto es así, ello significa que nos encontramos con una crisis política de proporciones.
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El mundo político da voces de alerta porque pocas personas se interesaron en ir a votar a las elecciones municipales. La abstención que bordea al 60 %, es muy elevada. La nueva ingeniería electoral basada en copias externas y en supuestas libertades absolutas ha puesto en evidencia una realidad que seguramente dará para muchos estudios y opiniones.

Se dice que en Chile las elecciones municipales son las más cercanas a la gente, por cuanto tienen que ver con su entorno más concreto; si ello es así deberemos concluir que con excepción de una elección presidencial, que es como un gran torneo, en la parlamentaria podría ocurrir cualquier cosa de no ir afortunadamente unida con la presidencial.

Durante la dictadura militar se desarrolló un plan que consistió en que, junto con eliminar la expresión ciudadana durante casi 17 años, se desprestigió la actividad política, en términos nunca vistos ni en lo cualitativo ni en lo cuantitativo.

La clase política tradicional y muchos que en esa época éramos jóvenes decidimos revertir esta situación haciendo un tremendo esfuerzo de persuasión y pedagogía política que venciera el temor como primera cosa, y diera una justificación concreta a los chilenos para votar con libertad para que las cosas cambiaran radicalmente, se terminara la división terrible que había en Chile y los crímenes que se sucedían a diario y el trato vejatorio para miles de chilenos.

El cuerpo electoral que votó el 28 de octubre, dada la abstención comentada, careció del quórum necesario para “legitimar” ese acto electoral. Por cierto, desde el punto de vista meramente formal y legal, las elecciones son válidas. Sin embargo, desde una perspectiva más de fondo, sustantiva, ponderando adecuadamente el contenido de una democracia, y la tradición chilena que nos hizo señeros, el acto electoral del 28 de octubre perdió legitimidad. Si esto es así, ello significa que nos encontramos con una crisis política de proporciones.

Surtió efecto y la historia es conocida. Chile progresó económicamente y se terminaron los crímenes y la convivencia mejoró, pero no cambió la correlación de fuerzas económicas y los desarrollos de las personas se fueron alejando de una manera exponencial. La riqueza se concentró en muy pocas manos y los mercados dejaron de ser competitivos. Cundió la soberbia y un orgullo desmedido por lo que se poseía y la gente vio que aquello no era por lo que había luchado. Habíamos sido trasformados todos en grandes consumidores y erradicado una cierta pobreza extrema y, sin embargo, seguíamos siendo a pesar de todo un país en vías de desarrollo.

Ser un consumidor, normalmente endeudado, no es lo mismo que ser un  ciudadano comprometido y observar desde esa posición que se tienen derechos ciudadanos teóricos que pueden cambiar la cotidianeidad y el devenir general del país. Esta dicotomía puede explicar lo ocurrido en la elección municipal del año 2012. En efecto, los chilenos somos cien por ciento consumidores, algunos consumen lo que pueden y otros lo hacen hasta la saciedad. No todos quieren ser ciudadanos y esta dicotomía de ser consumidor obligado no es sinónimo de ser ciudadano y la razón pensamos está en que para ser ciudadano no sólo hay que tener un derecho a voto sino tener la firme convicción y esperanza de que dicho instrumento vital sirve para cambiar el estado de cosas y éste es precisamente el talón de Aquiles de la sociedad chilena. Estamos convencidos que el cien por ciento de los consumidores sabe o intuye que con su voto no cambiará el destino del país en materias realmente sustanciales y para eso tiene la evidencia de los últimos años. De esta forma tendremos que conformarnos, sino ocurre un cambio sustancial, a tener que convivir con esta dicotomía de todos consumidores y pocos ciudadanos que están dispuestos tomarse la molestia de elegir por sus destinos comunales o de país.

La gran abstención electoral tiene un efecto directo en la representatividad de los alcaldes y concejales elegidos. En efecto, por ejemplo, como dejó de votar un 60 % de los electores, un alcalde  elegido con el 35 % de los votos emitidos, verdaderamente tiene un respaldo del 14 % del cuerpo electoral. Este ejemplo se puede aplicar a todos los alcaldes y concejales que en definitiva, como consecuencia de la abstención electoral tienen una bajísima representación política.

El cuerpo electoral que votó el 28 de octubre, dada la abstención comentada, careció del quórum necesario para “legitimar” ese acto electoral. Por cierto,  desde el punto de vista meramente formal y legal, las elecciones son válidas. Sin embargo, desde una perspectiva más de fondo, sustantiva, ponderando adecuadamente el contenido de una democracia, y la tradición chilena que nos hizo señeros, el acto electoral del 28 de octubre perdió legitimidad. Si esto es así, ello significa que nos encontramos con una crisis política de proporciones. Esta no se soluciona con un simple reacomodo del duopolio político, ya que si es que hubo un derrotado el 28 de octubre, fue el régimen democrático. Los electores no dieron quórum para legitimar las elecciones. Todos los cuerpos colegiados constitucionales funcionan sobre la base de un quórum mínimo. Las democracias en sus sistemas electorales no establecen dicho quórum mínimo, salvo el caso de la segunda vuelta electoral prevista para las elecciones presidenciales. Esta falta de participación política debe ser examinada en profundidad y seguir en la senda de trivializar la política, nos iremos directo a la anarquía o formas dictatoriales. Costó mucho y a algunos demasiado, recuperar la auténtica libertad política, no la desperdiciemos.

La soberanía está radicada en el pueblo que es el detentador de la misma y por eso se afirma que éste es el constituyente originario. Este pueblo soberano se manifiesta racionalmente y en forma constructiva y tolerante a través de actos electorales y su soberanía es inalienable e imprescriptible. En el presente caso el pueblo soberano, no se manifestó en las últimas elecciones, en términos de conferir la legitimidad democrática a estas últimas. Lamentable.

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