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Las encuestas no representan la realidad social

por 6 noviembre, 2012

Las encuestas no representan la realidad social, son solo uno de los instrumentos con las cuales las Ciencias Sociales han ayudado a producirla.
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Una de las excusas más comunes frente al reciente descalabro de las encuestas de opinión apunta a un problema de “calibración”. Los instrumentos existentes no han sido aún adaptados a la nueva realidad del voto voluntario, dicen los encuestólogos de turno. Se trataría entonces de un problema técnico-metodológico, algo subsanable para las próximas elecciones.

A mi juicio, sin embargo, la distancia entre la realidad del voto y la realidad de las encuestas, tiene que ver con un fenómeno de mayor envergadura: existe en Chile un déficit crónico de reflexión (y comprensión) de la naturaleza de las encuestas de opinión, déficit que se da en consonancia con una creciente democratización de su uso. En algún momento las encuestas eran empresas metodológicas de gran envergadura. Hoy día basta con tener una cuenta en twitter (o un diario) para poder echar a correr “encuestas” del más variado tipo. Es urgente a mi juicio hacer una reflexión seria sobre los fundamentos, posibilidades y limitaciones de las encuestas de opinión. Esto asumiendo su creciente centralidad como vehículos a través de los cuales se produce y moviliza “la opinión pública” y se estructura el diálogo democrático.

Las encuestas no representan la realidad social, son solo uno de los instrumentos con las cuales las Ciencias Sociales han ayudado a producirla.

Es fácil pensar que las encuestas nos entregan una fotografía de la sociedad y las personas. Hace el trabajo más fácil a las instituciones, a los políticos y a los expertos. No permite operar bajo la premisa de que lo social (ya sean estas opiniones, actitudes, preferencias, usos, etc.) se puede conocer y medir con cierta fidelidad. Incluso se puede pronosticar. Mirando las encuestas,  podemos saber, con mayor o menor margen de error, los principales rasgos de los votantes, consumidores, beneficiarios o públicos en general. Sin embargo, para la sociología del conocimiento esta premisa no es tan clara. Las encuestas, sobre todo las encuestas de opinión, no entregan un reflejo de la realidad social o política, de hecho, no son un reflejo de algo que podamos “medir” que se llama sociedad o opinión pública, sino que operan produciendo un tipo particular de realidad social. Son el espacio a partir del cual una versión particular de la opinión pública es producida. Dicho de otro modo, son dispositivos de producción de realidad antes que de representación.

En el caso de las encuestas políticas, el tipo de realidad social que se moviliza tiene características muy específicas: se trata de opiniones individuales, opiniones que se presumen anteriores a las preguntas a las encuestas y que los encuestadores (de buena fe) presumen también consistentes con posteriores opiniones o acciones de quienes las entregan.

La versión de lo social que movilizan las encuestas (la de un sujeto opinante) tiende a invisibilidar muchos otros aspectos de lo social. Esto es análogo a los exámenes médicos, que solo pueden diagnosticar y hacer visible las enfermedades o aspectos del cuerpo humano para los cuales fueron hechos. Nada más. Por ejemplo, nadie esperaría de una radiografía una respuesta para la anemia o una gripe. Lo mismo pasa con las encuestas, por ejemplo estas generalmente no son capaces de dar cuenta de la (natural) distancia entre discursos y prácticas (se trata solo de lo dicho) o de la compleja relación entre este sujeto opinante y su entorno inmediato y mediato: el barrio, la familia o la situación concreta en que se responde la encuesta (imaginemos, por ejemplo, que está apurado).

No se trata ciertamente de asumir que quienes responden las encuestas mienten. Aquí no está en juego la buena fe. Es solo que desde una perspectiva sociológica, la situación artificial que propone la encuesta (sujeto opinante y capaz de expresar su opinión en términos de las alternativas de respuesta que les entregan los cuestionarios) no siempre se condice con la profundidad de los fenómenos sociales que se intenta medir.

Las encuestas, como cualquier instrumento de investigación, no son capaces de ir más allá de sus propias limitaciones. No son capaces de iluminar fenómenos que no entran en el marco de este “sujeto opinante” que producen, no son capaces de encontrar respuestas fuera del marco en el cual se definieron las preguntas. Por estas razones, mucha de la investigación en sociología —en donde nacieron las encuestas— hoy día se realiza combinando distintas técnicas de tal forma de poder, al menos, alivianar las limitaciones de la encuesta.

Lo anterior no significa ciertamente que hay que tirar a las encuestas por la borda. En cuantos dispositivos que producen opiniones y que dan cuerpo a la “opinión pública” son hoy día instrumentos centrales para la democracia y el debate. Sin embargo, creo que es necesario volver a considerarlas como lo que son atendiendo a sus limitaciones y abriéndose también a otras formas de dar cuenta de lo social.  Las encuestas no representan la realidad social, son solo uno de los instrumentos con las cuales las Ciencias Sociales han ayudado a producirla.

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