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Lo que está en juego en las elecciones de la FECh

por 8 noviembre, 2012

Lo que está en juego en las elecciones de la FECh
Más allá de la discusión sobre cuánto ha cambiado las cosas el movimiento estudiantil, lo que sí parece haber acabado son los tiempos en los que ninguna decisión que tomaran los estudiantes podía incidir en la sociedad y en la política. Los estudiantes de la Chile tienen en sus manos una decisión que resultará muy significativa para la lucha estudiantil y, sobre todo, para la izquierda.
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Antes del 2011, y más aún del 2006, el alcance de las movilizaciones estudiantiles estuvo por años confinado a los problemas sectoriales de la educación. A contar de la “revolución pingüina”, sin embargo, y sobre todo de la revuelta social por la educación de 2011, las luchas estudiantiles han logrado hacer presentes ante el conjunto de la sociedad las deudas democráticas de la transición, en lo social y en lo político, como ningún otro actor pudo hacerlo antes.

Al ser la expresión más articulada de un descontento hace rato incubado y ampliamente extendido con la mercantilización de nuestras vidas y la debacle del sistema de partidos, abrigan un notable potencial de refundación de la política. De la orientación que asuman los próximos pasos de la lucha estudiantil dependerá si ese potencial se extiende y realiza, contribuyendo a la apertura de un nuevo ciclo de cambios, o se pierde, pasando a la historia como la fuente de la cual la política de los acuerdos bebió para extender su agonía.

El movimiento estudiantil ha desencadenado procesos de inflexión histórica antes. Lo hizo en los años ’20, cuando aceleró la decadencia de la oligárquica república parlamentaria, imprimiendo su sello al proceso político posterior hasta bien entrado el siglo XX. Algo similar ocurrió en los ‘60, cuando buscando situar la universidad a la altura de los profundos cambios que se gestaban, los estudiantes contribuyeron a la radicalización del proceso social en curso, nutriendo, a la vez, las filas de los proyectos que se disputaban su conducción.

El riesgo de la cooptación y la instrumentalización a manos de una política que reproduzca las mezquindades de la transición está a la vuelta de la esquina. Pero es un problema que la izquierda tradicional parece no estar dispuesta a considerar en su apuro por diluir las resistencias a su incorporación al juego bicoalicional. La posibilidad de ofrecer una alternativa transformadora para el país está hoy anclada principalmente en los movimientos sociales y en el estudiantil en particular.

Nada asegura que experiencias como esas se repitan. Pero la posibilidad está abierta. De hecho, el impacto de la movilización estudiantil todavía se hace sentir. Puso fin a la férrea efectividad con que se naturalizaron la negación de derechos y el secuestro de la democracia. Forzó decisiones de política social y educativa resistidas por años de ortodoxo neoliberalismo, como la necesidad de una reforma tributaria, el retiro de la banca en la gestión de los créditos universitarios o el aumento de las facultades fiscalizadoras del Estado. E incluso desgastó hasta a tal punto a las figuras que más frontalmente se le opusieron, que éstas terminaron desbancadas de los ministerios y municipios que ocupaban.

El 2013 será un año marcado por elecciones parlamentarias y presidenciales, y presenta para el movimiento riesgos, pero también oportunidades para acrecentar ese impacto. En momentos electorales es la iniciativa de las elites la que copa la discusión pública, pero si se lo propone, el movimiento puede generar un escenario propicio para hacer del contenido político de sus demandas, del nuevo tipo de ciudadanía, derechos y Estado que Chile necesita, el centro gravitacional del debate público y de los nuevos alineamientos políticos que se configuren.

Pero ello no sucederá por acto de magia. La política tal cual está hará todo lo posible por evadir las cuestiones más sustantivas planteadas por la ciudadanía movilizada. Esto quedó demostrado en unas municipales en las que ni Derecha ni Concertación abordaron las aspiraciones mayoritarias, razón por la cual fueron rechazadas con una abstención histórica. Pero también en el desenlace de las iniciativas legislativas de Gobierno durante el año, que en última instancia contaron siempre con el respaldo de sectores de la Concertación para su aprobación en nombre de la gobernabilidad.

La efectividad y el impulso del movimiento estudiantil tampoco están garantizados, cuestión evidente desde los últimos meses de 2011. La actual conducción de la FECh asumió las riendas de esta centenaria institución con un propósito claro: defender a toda costa las posiciones que conquistamos el año anterior. Sabido era que jugarían en contra el natural desgaste del movimiento y el reordenamiento de la derecha en el gobierno ante el conflicto educacional. Así y todo, el conflicto permanece abierto y las demandas estudiantiles respaldadas por una amplia mayoría.

Aunque el riesgo de la cooptación y la instrumentalización a manos de una política que reproduzca las mezquindades de la transición está a la vuelta de la esquina. Pero es un problema que la izquierda tradicional parece no estar dispuesta a considerar en su apuro por diluir las resistencias a su incorporación al juego bicoalicional. La posibilidad de ofrecer una alternativa transformadora para el país está hoy anclada principalmente en los movimientos sociales y en el estudiantil en particular.

Y allí es cuando la contienda que se da por estos días para renovar la directiva de la FECh adquiere una particular relevancia política. Sobre cómo aprovechar las posibilidades que presenta la situación para convertirlas en certezas y cómo sortear los riesgos es que difieren los proyectos con opciones reales de ganar la próxima presidencia de la FECH.

Una refundación verdadera de la política, que la haga capaz de incluir intereses sociales excluidos, ciertamente pasa por la movilización social. En eso las tesis que subyacen en la discusión de la izquierda en la FECh coinciden. Pero para sostener una lucha por transformaciones profundas se requiere la maduración de un proyecto político. Creer que con la alicaída izquierda existente basta para imponer ante el neoliberalismo los intereses de la mayoría es de una confianza ingenua o mesiánica.

Ante la decadencia de la fronda política de la transición y la necesidad de superar sus mezquindades, refundar la izquierda es un desafío ineludible. La disyuntiva de la izquierda que trabaja por empoderar a los movimientos sociales y ofrecer una nueva alternativa al país es nítida: o contribuye a que la energía y capital del movimiento estudiantil y social permita abrir un nuevo ciclo o termina salvando a la Concertación.

Avanzaremos a tiempos de cambio sustantivo sólo a condición de re imaginar la izquierda. Uno de los espacios más significativos para perfilar tamaño esfuerzo es sin duda el movimiento estudiantil. Esa es la principal convicción que anima el esfuerzo que ante estas elecciones de la FECh representa Crear Izquierda Amplia, la convergencia entre Izquierda Autónoma y Nueva Izquierda Universitaria, y que encarna Andrés Fielbaum como candidato a presidente.

Más allá de la discusión sobre cuánto ha cambiado las cosas el movimiento estudiantil, lo que sí parece haber acabado son los tiempos en los que ninguna decisión que tomaran los estudiantes podía incidir en la sociedad y en la política. Los estudiantes de la Chile tienen en sus manos una decisión que resultará muy significativa para la lucha estudiantil, y sobre todo, para la izquierda.

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