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Muchas más mujeres al poder

por 9 noviembre, 2012

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Tuve la suerte (y la invitación que agradezco enormemente), de ir a un acto de reconocimiento que el programa “Más mujeres al poder” (llevado adelante por Corporación Humanas, La Morada, el Observatorio de Género y Equidad, Dialoga, entre otras), hizo a mujeres de diferentes tendencias políticas que fueron candidatas a concejalas y alcaldesas. Merecidísimo reconocimiento, porque pucha que se nos hace cuesta arriba a las mujeres llegar a cargos de representación popular o de primer nivel jerárquico de la administración pública. Y difícil no porque las barreras estén en las puertas de las instituciones, sino porque las trabas empiezan antes de que siquiera asomemos la nariz fuera de nuestra casa.

Por alguna razón este acto que me entró por los sentidos, se me instaló en la mente, la guata y el corazón. Llegó ahora al teclado como que no quiere la cosa, para seguir celebrando a las valientes y a quienes las animan. No fui candidata. No estoy ni cerca de ser una experta en temas de género. Soy una mujer a mucha honra, y punto. Desde ahí es que escribo estas letras.

Ver a todas las candidatas, electas o no, más un número considerable de mujeres como yo, que fuimos a apoyarlas y reconocer su trabajo, me hizo acordar de mi bisabuela, con la que tuve la gran suerte de convivir hasta que fui bastante grandecita. Ella, entre delantales, mermeladas y una gran descendencia, escribía cartas sobre la contingencia a toda personalidad que se preciara de tal, trabajaba en campañas, escuchaba, exponía sus puntos de vista, daba su apoyo, o denunciaba con su letra de buena alumna las barbaridades de la dictadura.

Trabajó para conseguir el voto para las mujeres, y mucho después con ya más de 80 años recorrió todo Santiago pegando pacífica y sistemáticamente estampitas protestando por el exilio de uno de sus hijos. Me imagino cómo habría estado de feliz con el triunfo de la Pepa Errázuriz, vivió muchos años en Miguel Claro y luego en la calle Valenzuela Castillo, en la comuna de Providencia.

Ya muy viejita, sentada en su sillón y luego de contarme alguna de sus miles y fascinantes historias, mirándome fijo me hizo más de alguna vez esta pregunta:“¿usted cree que yo habría sido una buena senadora?” “Obvio que sí”, decía yo. Lo creía y lo sigo creyendo.

Pero quien crea que porque hoy mi bisabuela podría haber tenido efectivamente la posibilidad de ser senadora, o que porque muchos hombres laven platos y potos de guagua el machismo está muerto, no tiene idea de lo que es la discriminación.

El machismo no está muerto, el machismo mata, encubierto, con impunidad y de diversas maneras. Y es que justamente uno de los problemas más grandes de la discriminación y la violencia de género pasa por la invisibilización de esas formas de discriminación cotidiana, que se impregnan, y a las que, con y sin querer, nos acostumbramos, naturalizando así las desigualdades. Costumbres, estereotipos, procedimientos, legislaciones y premisas incuestionadas forman una muralla de vidrio que funciona como corral invisible.

La discriminación impregnada en las estructuras es también violencia, ejercida silenciosamente desde lo que se vende como neutral o natural. Sí, porque es violento que una mujer por el mismo trabajo reciba una remuneración inferior a la de un hombre; es agresivo que de mí se espere que sea capaz de hacerme cargo de familia, casa, ingresos y más, mientras a muchos hombres se les rinda honores porque después del trabajo preparan una mamadera.

De la publicidad ni hablar, ya hay mucho escrito sobre eso, pero pucha que me da rabia cuando veo un spot televisivo que para mostrar “graciosamente” que un grupo de ejecutivos se puso nervioso por una presión laboral, los convierte en novias gritonas e inoperantes.

Y si de violencia y agresiones se trata, una de las peores: ¿no es violento que en la sala de espera de un consultorio, una mujer trans sea llamada en voz alta por un nombre masculino que, además de la vulneración in situ, solo le revive historias de dolor? Sé que algunos me tildarán de grave, puede que lo sea. De hecho, el tema lo es. La violencia estructural genera rabia, dolor, encierro y, sobre todo, más violencia aún.

Por eso mismo lo del acto de reconocimiento me alegró el día. Solo nosotras podemos desenmascarar la transparencia de la discriminación, y para ello hay que tomarse las instituciones, las estructuras, y ponerle de nuestra diversidad, de nuestras experiencias, de nuestros conocimientos técnicos, de nuestras intuiciones. Hoy en una sala no muy grande pero elástica para acogernos a todas, nos unía el ser mujeres en plural: viejas, jóvenes, más o menos. Altas y chicas, las feministas a ultranza, las menos militantes, las de izquierda, las no tanto. La dueña de casa con carácter, las con menos carácter pero no menos pasión…Todas distintas, todas mujeres, todas convencidas de que hay muchas vías para ocupar los espacios que merecemos siendo lo que somos, y dispuestas a explorarlos todos. Y así como hay violencia simbólica, hay también actos de reparación, acciones afirmativas, o actos de reconocimiento como este, que permiten ir marcando pautas, hitos, estableciendo nuevos paradigmas. Pero sobre todo nos ayudan a hacer causa común, a establecer y consolidar complicidades.

Agradezco a las mujeres candidatas, a las electas y a las que no. Por ir adelante abriéndonos camino a todas, por la constancia, por el pensar en lo colectivo y abrir la ronda cada vez más. Y por supuesto a las organizaciones que trabajan sistemáticamente para que no solo se logren avances, sino que estos sean sostenibles y significativos. Sí, porque así de a poco y de repente, nuestras manos, nuestras mentes, nuestras múltiples formas de ser y hacer, van conquistando espacios. Pero es cierto, para eso, necesitamos muchas más mujeres al poder.

(*) Texto publicado en El Quinto Poder.cl

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