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La libertad del historiador y las verdades oficiales

por 13 noviembre, 2012

Que una sociedad viva de la verdad histórica para seguir caminos que ya probaron su fecundidad o para evitar repetir tropiezos exige la libertad de los historiadores, libertad que es imposible cuando la ley persigue y castiga a aquel que no sostiene la verdad oficial.
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Hace algún tiempo se debatió en distintos foros acerca del proyecto de ley para que se persiga en Chile con la pena de cárcel a cualquier persona que sostenga ciertas tesis históricas. La idea del proyecto de ley nace en el contexto de la discusión política sobre el gobierno militar en la que hay diversidad de posiciones y visiones, a veces, diametralmente opuestas. La ley en cuestión tendría como propósito condenar una de esas visiones. Pero la pregunta es inevitable, ¿es conveniente que tesis históricas sean prohibidas por ley?

El sólo planteamiento de que una tesis histórica sea prohibida por ley debiera tener como supuesto que existe una relación de causalidad más o menos directa entre la afirmación o negación de dicha tesis y un bien jurídico importante que se quiere promover o proteger.

¿Pero hay tal relación de directa causalidad?

Primero, creo que si se acepta que la verdad histórica es parte esencial del bien social, entonces, en este punto la cuestión estaría resuelta: la sociedad velará para que dicha verdad se investigue y se conozca. Desde luego queda descartada la posibilidad de lograr cualquier bien social si el costo es la difusión de una falsedad histórica.

Que una sociedad viva de la verdad histórica para seguir caminos que ya probaron su fecundidad o para evitar repetir tropiezos exige la libertad de los historiadores, libertad que es imposible cuando la ley persigue y castiga a aquel que no sostiene la verdad oficial.

Lo que dificulta el asunto es que si la verdad histórica es un bien, no pareciera ser causa, al menos directa, de bienes sociales presentes o futuros. Quienes son causa de ellos son los hombres que intervienen en el acontecer histórico. Estos hombres aprovecharán para bien o para mal el saber histórico. Pero que sea para bien o para mal ya no es atribuible al saber histórico como tal, sino a la libertad de cada cual. Esta mediación que la libertad ejerce entre la historia y los bienes o males causados a la sociedad es relevante. Si la historia llega a ser causa de los bienes o males sociales es porque, como decía Cicerón, es “luz de la verdad, maestra de vida”.

Pero para que la historia sea luz y maestra necesita de ciertas condiciones, la primera de las cuales es la libertad para que esa verdad histórica sea investigada y conocida. Sólo así podrá guiar a quienes con sus actos constituyen la sociedad actual. Esa libertad es esencial, porque la verdad histórica es compleja: sus fuentes son múltiples, las interpretaciones que de ellas pueden hacerse no son unívocas, las perspectivas que dan luz la interpretación de los acontecimientos también pueden ser diversas. Cada tesis, cada conclusión puede ser siempre revisada a la luz de nuevas fuentes, de nuevos testimonios, de nuevas perspectivas. Esto se reafirma aún más si se considera que el saber histórico lidia con tesis que se refieren a actos humanos contingentes, cuya verdad no es suficiente para establecer conclusiones cerradas que excluyan toda revisión. En definitiva, la historia no es un saber exacto, unívoco y cerrado. Y eso exige libertad para el historiador.

Una ley que condena una tesis histórica, privilegiando otra, coarta de raíz la posibilidad de que se desarrolle el saber histórico y paradojalmente le quita a la segunda su carácter histórico, pues queda petrificada, ajena, así, al mundo humano. Una ley que condena y persigue una tesis histórica transforma en unívoco lo análogo, en exacto lo inexacto, en monofacético lo multifacético, en cerrado lo abierto. Una ley de esta naturaleza sólo empobrece la sociedad, pues impidiendo que la verdad salga a luz produce quizá el peor mal que una sociedad pueda padecer: vivir si no directamente en la mentira, al menos en la pobreza de una verdad oscurecida por la univocidad y la parcialidad de quién protege su propia tesis en trincheras legales.

Que una sociedad viva de la verdad histórica para seguir caminos que ya probaron su fecundidad o para evitar repetir tropiezos exige la libertad de los historiadores, libertad que es imposible cuando la ley persigue y castiga a aquel que no sostiene la verdad oficial.

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