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Votos y papeles

por 13 noviembre, 2012

La participación en la vida pública no se da sólo en el voto, se da en instancias como juntas de vecinos, asociaciones culturales, fundaciones caritativas y en la vida corriente cuando se tiene presente que no se vive sólo, sino que se es parte de algo más grande que uno.
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Después de la alarma causada por la alta abstención electoral han salido algunas voces a ponerle paños fríos a este asunto. Después todo, democracias tan consolidadas como Suiza y Estados Unidos también tienen una participación electoral relativamente baja. Lejos de restarle legitimidad y credibilidad al sistema, la abstención lo confirma: la gente suele acudir a votar en masa cuando siente que hay crisis. Paradójicamente, el fracaso de la política sería señal de su éxito.

Lo curioso es la sorpresa. La baja participación era algo completamente esperable y es preocupante que nuestros políticos y comentadores tengan tan poca capacidad de análisis como para llegar a pensar que las personas no inscritas en los registros irían a las urnas si se les facilitaba un trámite que ya era bastante sencillo, o como para esperar que la conducta cívica de los chilenos fuera más ejemplar que la de ciudadanos de democracias más antiguas que la nuestra.

Pero no hacía falta tanto para llegar a esta conclusión. Era suficiente mirar los espacios comunes de nuestro país para darse cuenta que la participación en lo público es bajísima. Cada envoltorio de comida o bolsa plástica botada en una plaza es como una abstención, es la manifestación de alguien que dice que no le importa el conciudadano. Esto, por supuesto, se hace sin la más mínima maldad, es pura indiferencia. Hace algunos meses, por ejemplo, les dije a unos estudiantes de pedagogía que cuando ellos fueran profesores no se olvidaran de borrar el pizarrón al terminar la clase. Con la más genuina inocencia, una alumna me preguntó por qué. El profesor que ocuparía la sala en la hora siguiente no parecía tener cabida en su mente.

Algunos podrían tener cierta inclinación a marginarse de lo público. Pero ocurre que la sociedad no es un mal, ni siquiera un mal necesario. El ser humano necesita de otros seres humanos para llegar a ser todo lo que puede ser. Pero esta relación entre personas implica el sacrificio de ciertos intereses particulares por algo más amplio. Sacrificarse un poco por el bien de todos no parece ser la tendencia en nuestro país: basta mirar las calles y veredas, o una sala de clases después de unas horas de uso (¿qué cuesta botar un papel en el basurero para ahorrarle un trabajo innecesario al auxiliar y mantener el entorno agradable?) para darse cuenta de que muchos no son capaces sacrificar un mínimo de comodidad por el bien del resto.

Se han propuesto algunos remedios para evitar la abstención electoral: ofrecer incentivos, compañas publicitarias, etc. Esto podría tener algún efecto pero no va al fondo del asunto. La participación en la vida pública no se da sólo en el voto, se da en instancias como juntas de vecinos, asociaciones culturales, fundaciones caritativas y en la vida corriente cuando se tiene presente que no se vive sólo, sino que se es parte de algo más grande que uno. El problema es que la participación en lo público requiere salir de uno mismo, mirar hacia fuera, y no parece haber políticos dispuestos a pedir algo así.

(*) Texto publicado en El Sur, de Concepción.

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