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Obama en manos de los ultraconservadores

por 14 noviembre, 2012

La polarización en que se encuentra la sociedadnorteamericana, no augura nada bueno para ese país y, por su relevancia en el mundo, no le augura nada bueno a nadie.
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Esta ha sido una elección particularmente importante para EE.UU. y para el mundo. Hacía mucho tiempo que la sociedad norteamericana no se mostraba tan polarizada y tan divergente ideológicamente.

La elección de Barak Obama hace 4 años ya fue un duro golpe para sectores políticos y sociales muy tradicionalistas, principalmente del interior del país. Algunas propuestas de reformas sociales del Presidente Obama ofuscaron no sólo a los racistas, sino que a diversos sectores económicos y sociales, algunos de los cuales fueron protegidos por las propuestas anticrisis del gobierno actual. Permitir el acceso a la salud a 40 millones era socialismo. Aumentar impuestos para mejorar la educación, una barbaridad. De uniones gays o de aborto ni hablar. La visión del mundo de Obama y su simple constatación de que estamos ante cambios enormes con una China e India que irrumpen con fuerza y dinamismo, irritó a los que siguen pensando que viven en la Guerra Fría y que la Gran Nación Americana debe actuar según su particular y exclusivo interés. Perdemos liderazgo y hegemonía y se arriesga los intereses nacionales, dijeron. O como me dijo un parlamentario republicano de Florida sin ningún complejo: “La comunidad internacional no existe, sólo importamos nosotros”. En un marco de la más profunda crisis económica desde el 29, con altas tasas de desempleo, caída de la producción y de la productividad, aumentos de déficit fiscal y enorme desconfianza en los mercados financieros, estos aspectos de la vida cotidiana de los norteamericanos han irrumpido con fuerza en la política e influyen activamente el presente y el futuro del país del norte.

La polarización en que se encuentra la sociedad norteamericana, no augura nada bueno para ese país y, por su relevancia en el mundo, no le augura nada bueno a nadie.

Las expectativas que despertó Obama en su campaña anterior fueron enormes. Muchos de sus partidarios realmente creyeron que su líder resolvería los problemas de la economía y del desempleo en sólo pocos años; que podría cerrar la cárcel en Guantánamo y retirar las tropas de Irak y Afganistán. Que podría hacer la reforma de salud y una nueva ley de inmigración en sólo un par de años. Y todo lo anterior, simultáneamente. Pero no sólo no consideraron la poca factibilidad de hacer grandes reformas en poco tiempo, sino que no tomaron en cuenta la inexperiencia y falta de equipos de gobierno, y pasaron por alto los escenarios internacionales reales y, sobretodo, el contexto interno y los progresos que hizo, en los últimos años, la extrema derecha del conservadurismo valórico, social y económico en la sociedad norteamericana. El Partido Republicano, el mismo que levantó la abolición de la esclavitud, que apoyó transformaciones fundamentales en la nación; que buscó construir puentes con la China de Mao; que entendió que la coexistencia con la URSS era parte natural de la post guerra; que terminó guerras de intervención; manejó complejas crisis internacionales de manera razonable; que buscó equilibrios y acuerdos en Washington DC por décadas, fue copado por el llamado “Tea Party”, que de manera bulliciosamente bien organizada, terminó siendo hegemónico en la conducción partidaria e imponiendo propuestas tremendamente conservadoras e, incluso, retrógradas.

Ni Obama ni su equipo, y menos aún sus partidarios, consideraron que ese ultra conservadurismo hegemónico en el Partido Republicano iba a hacer una oposición tan despiadada a sus propuestas y políticas, utilizando la mayoría en la Cámara de Representantes y, también es cierto, la propia debilidad orgánica y desorden del Partido Demócrata.

Se hizo normal en la sociedad norteamericana de estos años escuchar opiniones de tenaz oposición al Presidente. Se le acusaba de ser comunista o nazi, con igual convicción como ignorancia. Se insistió (y aún algunos lo siguen haciendo) que era un Presidente ilegítimo, ya que no era nacido en los EE.UU. y que su partida de nacimiento era falsa. Que era la representación del islamismo.

Nada que propusiera la Casa Blanca podía ser bueno para el país, planteaba ese sector.

El país y la sociedad nacional, que ya venía polarizándose, extremaron estas contradicciones, haciendo que el sueño americano fuera una aspiración legítima sólo para algunos, y excluyente para otros. Esos “otros” han sido las minorías que han permitido el triunfo de Obama ambas veces, y aún con mayor radicalidad, en esta segunda ocasión. Las minorías se transformaron en mayoría. Sin embargo, esa “minoría” blanca que apoyó a Romney es la que controla la economía y los medios, además del partido.

Obama triunfó y prometió que “lo mejor está por venir”, otra gran frase de este gran comunicador. Sin embargo, él sabe, por la experiencia de estos 4 años, que nada de lo que se propone en política interna es de fácil realización. Que dependerá de lo que la oposición quiera hacer o dejarlo hacer esta vez. Y, en particular, si esa oposición republicana sigue bajo la influencia y control de estos neo conservadores. Prolongar el escenario de los últimos años sería nefasto para el gobierno de Obama ya que no lograría materializar ninguna de las reformas que él ha planteado: implementar y profundizar el Obamacare; la reforma de inmigración, mejorar la educación, reducir el gasto militar, y otras. Si estas reformas no ocurren, podríamos tener, una nueva gran desilusión de sus electores, apagando esta “segunda oportunidad” con consecuencias hoy día impredecible.

En el plano de la política interna es muy difícil aventurar lo que pueda ocurrir. Dadas las enormes diferencias en los planteamientos de ambos partidos en materias de impuestos, políticas sociales, valóricas y de inmigración, lo que Obama pueda o no hacer ya no va a depender de lo ofrecido por éste sino de lo que la oposición quiera hacer. La pregunta es si esa misma actitud va a continuar en los próximos 4 años. Algunos analistas señalan que la hegemonía que han tenido los ultraconservadores en el Congreso no es posible que se mantenga. Que el mismo resultado electoral los debiera llevar a entender que necesitan tres condiciones para aspirar a recuperar la Casa Blanca: a) la sociedad norteamericana cambió para siempre en su diversidad; b) colaborar con las propuestas del gobierno de Obama y no aparecer tan obstruccionistas, y c) levantar políticas más de centro para poder competirle a los demócratas. Dejar de ser odiosos y ser más constructivos y propositivos, dicen, será la única fórmula para salir de estas derrotas. El drama para los republicanos que ellos, electoralmente, están aferrados a grupos en proceso de disminución, mientras las minorías que votaron Obama son los grupos en expansión demográfica.

La economía ha tenido una cierta recuperación, ha logrado crear millones de empleos en estos 4 años y tendrá un crecimiento del 2% del PIB este año, lo cual ha sido insuficiente para que Obama lograra mejorar sustantivamente el estado en que recibió al país en 2009. No hay ninguna garantía que éste logre sacar a la economía de esta situación si el mundo no se recupera. Parte de Europa está aún atravesando serias dificultades y China ha bajado algo su dinamismo. No obstante esto China crecerá al 7 % y en el año 2020 superará a EE.UU. como primera potencia económica y en una década después la duplicará.

En lo inmediato, el gobierno debe resolver problemas urgentes tales como el déficit fiscal, el tema de los impuestos y el techo de la deuda, todas decisiones que dependen del Congreso. El escenario es, entonces, bastante complejo en este terreno.

El sistema político y la sociedad se han tensionado a niveles inéditos desde los conflictos raciales de los años 60. La sociedad está siendo cuestionada desde su interior por dos visiones de vida muy distintas. Este es un proceso muy delicado para una sociedad que se ha construido en base a los acuerdos y consensos.

La polarización en que se encuentra la sociedad  norteamericana, no augura nada bueno para ese país y, por su relevancia en el mundo, no le augura nada bueno a nadie.

En el plano internacional es donde Obama ha podido entregar, dentro de las evidentes limitaciones que todo gobierno de los EE.UU. tiene, algunas señales interesantes y tomar algunas medidas más en línea de lo prometido en su campaña: retiro de Irak y la decisión de completar su salida de Afganistán en 2014, están en esa dirección. Asimismo, la actitud frente a los procesos de las llamadas “primaveras árabes” así como frente a varios focos de tensiones en Asia y en Oriente medio, fueron también realistas y pragmáticas. Su posición en la relación con la región ha sido, en general y con las inevitables excepciones que recuerdan otras épocas históricas (ejemplo, Honduras), bastante respetuosa de los procesos internos. La mayoría de los países de América Latina han podido consolidar sus democracias, en algunos casos aún en contra de los intereses de los EE.UU. y con enfrentamientos muy histriónicos y mediáticos. Sin embargo, la tradicional política de intervención abierta no ha sido la tónica. El llamado al partnership de Obama con la región tampoco ha funcionado, y la realidad ha sido una política de bastante poca preocupación hacia la región; lo cual ha dejado amplios e importantes espacios para que la región y las subregiones implementen sus propias políticas de cooperación e integración. Esta vez no le podemos echar toda la culpa a los “gringos” de muchos de los problemas que podamos tener en la región. Todo esto es un notable progreso.

En esta campaña hubo grandes diferencias entre uno y otro candidato. Si en algunos tópicos de política interna, Romney tuvo que ser algo confuso y hasta contradictorio, por la necesidad de ampliar su base electoral, en lo referente a política exterior fue notablemente más claro. Si él triunfaba, hubiéramos tenido una política más agresiva en varios escenarios internacionales sensibles: Irán; Palestina; Afganistán; Pakistán; en los conflictos en Asia; y otros. Obama parece tener una mayor y mejor comprensión de que la unipolaridad de George Bush jr no puede regresar y que requiere de alianzas o, al menos, menos conflictos, con las potencias emergentes. Especialmente con China y otras naciones asiáticas.

Lo que ocurra con el segundo e histórico gobierno de Obama está abierto.

Si no logra sensibilizar a los republicanos y ordenar a los demócratas en Washington DC, le será imposible cumplir sus promesas y levantar la economía. El entorno internacional no le ayuda mucho, pero la mayor apoyo debe venir de su propio país.

EE.UU., una potencia que ha perdido mucho de su poder y es menos hegemónica que hace unas décadas, sigue siendo la nación más importante, aunque su posición está seriamente cuestionada por China. Lo que allí sucede nos involucra a todos por lo que no podemos perder de vista el destino de Obama y de sus políticas. Máximo aún cuando se trata de un país tan abierto y expuesto al mundo como el nuestro.

Esperemos que aquello de que “lo mejor está por venir”, tenga algo de verdad.

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