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Las lecciones de Obama

por 15 noviembre, 2012

El proyecto político debe ser claro y solvente en valores e ideas, lo que no significa entronizar extremismos sociales, económicos o religiosos, sino hacer precisamente de la diversidad su mayor activo de campaña. Como diría Bobbio en las democracias las cabezas se cuentan no se cortan. Obama demostró que todas esas cabezas valen en la suma agregada, pero que también hay que llegar a cada individuo si se quiere ganar en el conjunto. Un triunfo de las minorías, unidas y convertidas en mayorías.
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Obama es el segundo presidente demócrata reelecto en tiempos de crisis económica desde Franklin D. Roosevelt. Es que Bill Clinton lo hizo, pero cuando soplaban vientos de prosperidad; Johnson también, pero sólo respecto a lo que fue una presidencia en remanente, luego de la muerte de John F. Kennedy. Hay entonces una marca histórica que merece revisión para sacar algunas lecturas. La noche del martes pasado demostró que un Presidente en crisis puede ir por un nuevo periodo. Que las claves económicas son relevantes pero que no explican en sí mismas el triunfo del Presidente Obama.

Los números son importantes pero no suficientes.

La importancia de un sueño (o un relato como se dice por algunos) cobra en esta elección un ejemplo vivo. Para administrar el Estado se requiere no sólo de gestión y resultados, sino además de oficio y mucha política, en la cual los procedimientos y las formas sí importan. Esto es lo que hace que gobiernos con buenos resultados macro y en cifras no siempre logren encantar y, por su parte, aquellos que sin pasar por su mejor momento sean acreedores del apoyo popular.

Algunos han intentado descalificar, como resabio del histórico voto censitario, esta tendencia, señalando que lo importante son los efectos y no los medios para producirlos y que una valoración inversa de aquello es demostración de que la gente no “entiende” de buen gobierno.

Lo que ocurre es precisamente lo contrario: la gente demanda un ideario porque necesita entender cuáles son los principios, razones y lógica que orientan el curso de acción de sus autoridades y su política pública. Demandan además que los medios para ejercer el poder estén en el tono adecuado porque en democracia, a diferencia de las dictaduras, los estilos y formas cuentan y mucho. Son indicadores de una inteligencia gobernante, que lee los ambientes, los procesa en empatía cívica y los explica con pedagogía ciudadana.

El proyecto político debe ser claro y solvente en valores e ideas, lo que no significa entronizar extremismos sociales, económicos o religiosos, sino hacer precisamente de la diversidad su mayor activo de campaña. Como diría Bobbio en las democracias las cabezas se cuentan no se cortan. Obama demostró que todas esas cabezas valen en la suma agregada pero que también hay que llegar a cada individuo si se quere ganar en el conjunto. Un triunfo de las minorías, unidas y convertidas en mayorías.

Obama tuvo un buen libreto, aun en época de crisis y con números débiles, supo explicar el contexto y sincerar las expectativas haciendo cómplice al ciudadano de sus proyectos y motivaciones. Supo unir en los afectos y a la vez hacerse respetar en la autoridad. Un talento que solo los grandes políticos exhiben. Además, y lo que no es menor, entendió que los cambios demográficos y sociales que explican el nuevo Estados Unidos podían transformarse en un activo a su favor y no en contra.

Mejorar la oferta programática.

Este es el desafío más elocuente cuando tenemos voluntariedad en el voto y una política que suele alejarse del encanto ciudadano. Esta mejora impone, en la era digital y de las redes sociales, un nuevo trato con el elector que es capaz de escrutar opinión con la rapidez de un Twitter y de recibir, como contrapartida, mensajes que antes sólo aguantaba el papel o el contacto presencial.

Si bien se trata de un incentivo que castiga con más fuerza a incumbentes, que ya tuvieron su oportunidad, Obama supo hacer lo suyo y muy bien. Hizo que su programa no pareciera una lista de supermercado, sino un  plan con matriz en el pasado y proyección en el tiempo. Una carta de navegación que explicaba sus limitaciones pretéritas y justificaba sus propuestas futuras. Ya pasó el enamoramiento, ahora pedía la fidelidad a sus electores. No cabe duda que lo logró.

Encantar con los proyectos colectivos más que con las aspiraciones particulares.

La suma de preferencias individuales no hace el todo en una campaña presidencial en donde la capacidad de promover alteridad: esa franca y necesaria posición de ponerse en el lugar de los demás, cobra especial relevancia. Es la acción comunitaria el mejor antídoto social para vigorizar el proyecto democrático. Cuando las personas sienten que su esfuerzo no termina en la puerta de su casa y que su destino está indexado al de un país completo que le traerá necesariamente mejores condiciones y oportunidades, estamos en presencia de un proyecto colectivo solvente.

En ese contexto, los aliados de la clase media norteamericana fueron la minoría hispana, afroamericana y sexual. Fueron los soldados de la causa Obama, la multiculturalidad que es capaz de movilizarse y ser práctica en lo político. Lo hicieron porque Obama representa una voz inclusiva y convocante en donde sus compromisos no se agotan en una revisión binaria e individualista de necesidades particulares. Es más: Obama provoca, y lo hace a costa de capital político, desafiando el inmovilismo de aquellos que sólo quieren que su metro cuadrado no se vea alterado. Aquí están la reforma tributaria y del seguro médico en una evidencia que los impulsores de las libertades públicas siempre desafiarán el inmovilismo.

La importancia de fidelizar genuinamente al electorado propio.

Nunca perder la brújula intentando conquistar electorados volátiles que son regresivos finalmente, en términos de votos netos, con aquellas personas a las cuales naturalmente la oferta política está dirigida. Es decir, es relevante tener una candidatura abierta y capaz de convocar nuevos adeptos pero nunca debe sacrificar en exceso la propia identidad en aras de una conquista espuria.

El proyecto político debe ser claro y solvente en valores e ideas, lo que no significa entronizar extremismos sociales, económicos o religiosos, sino hacer precisamente de la diversidad su mayor activo de campaña. Como diría Bobbio en las democracias las cabezas se cuentan no se cortan. Obama demostró que todas esas cabezas valen en la suma agregada, pero que también hay que llegar a cada individuo si se quiere ganar en el conjunto. Un triunfo de las minorías, unidas y convertidas en mayorías.

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