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Piñera y las voces críticas contra políticos y empresarios

por 15 noviembre, 2012

Es importante profundizar en la percepción pública de la política y la clase dirigente más allá de la elección arbitraria entre dos opciones. La oportunidad de revisar estos datos es una oportunidad para mirar en el setenta y tanto por ciento de desaprobación presidencial y en el sesenta y tanto por ciento de abstención de las últimas elecciones porque claramente no se trata de una decisión simplemente antojadiza de los electores.
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Cuando las encuestas de opinión nos ofrecen alternativas cerradas en la mayoría de los casos, ¿cómo interpretamos el descontento de un 60 % que no se siente identificado con esas alternativas o que simplemente declara rechazo?

En el primer trimestre de 2011 un grupo de investigadores tratamos de seguir un camino distinto y contrario a las encuestas. Nos acercarnos a las personas en la calle, sin modelos preconcebidos, sin alternativas precocinadas, sin pauta de preguntas, sin evaluar a las personas por sus grupos socioeconómicos, sin preguntarles de qué partido eran. Le “pusimos el micrófono” para que nos hablaran libremente del Presidente y de su gobierno. La única limitante, por desgracia, fue entonces a la que obligaron los recursos: solo pudimos recorrer las principales comunas de Santiago. A pesar de eso, los resultados parecen bastante claros y hablan por sí solos. El objetivo: saber qué pensaban los santiaguinos a través de un Estudio de Percepción Pública.

El estudio fue realizado justo antes de la explosión de movimientos sociales en 2011. Entregan una referencia de la temperatura social previa y ahondan mayoritariamente en el recuerdo espontáneo y el rechazo que tenían los santiaguinos respecto del Presidente de la República, Sebastián Piñera, y su gobierno. Hoy, más allá de lo lapidario de la evaluación presidencial que no debería sorprender, resulta interesante revisar las percepciones asociadas a “los políticos” y a “los empresarios”, así como, cuando comenzamos con una carrera presidencial, los atributos presidenciales que valoraban los chilenos entonces.

Es importante profundizar en la percepción pública de la política y la clase dirigente más allá de la elección arbitraria entre dos opciones. La oportunidad de revisar estos datos es una oportunidad para mirar en el setenta y tanto por ciento de desaprobación presidencial y en el sesenta y tanto por ciento de abstención de las últimas elecciones porque claramente no se trata de una decisión simplemente antojadiza de los electores.

Espontáneamente, a comienzos de 2011, la gente asociaba a Piñera con los conceptos: “directo”, “espontáneo”, “extrovertido”, “decidido”, “deportista, “dinámico, “perseverante”, “sobrio”, “analítico”, “responsable”, “inteligente”, “tecnócrata”. Palabras de connotación positiva que, sin embargo, no eran considerados atributos relevantes a la hora de comparar a los presidentes, como sí lo eran los atributos otorgados a Michelle Bachelet: “sensibilidad social”, “cercanía”, “credibilidad”, “identificación”, “sin intereses privados”, “rectitud” o “transparencia”. Lo mismo que ocurría con los atributos asociados a Ricardo Lagos Escobar: “Autoridad”, “Experiencia política”, “no es influenciable”, “eficiencia”, “liderazgo”, “respeto”, “voz de mando”, “seriedad”, “culto”, “tiene presencia”. En las comparaciones realizadas espontáneamente por las personas, Piñera siempre perdió entre sus dos antecesores, apareciendo solo como "más mediático” que Bachelet o Lagos. En todas las otras comparaciones respecto de los que aparecen como "atributos presidenciales" que espontáneamente hacían las personas, el presidente quedaba en tercer lugar en relación a sus antecesores. Dato aparte, los entrevistados mayoritariamente recordaban solo los dos gobiernos anteriores. Como hipótesis, es posible que ya hoy el recuerdo del gobierno de Lagos sea menor.

Mientras lo anterior nos habla de un juicio instalado sobre la figura presidencial, como producto de la experiencia, el juicio sobre el Presidente actual y la relación con su gobierno era lapidario: “Piñera no delega”, “Le hace a todo”, “No mira para el lado a ver opciones o buscar ayuda”, “Lleva sus carpetas a la reuniones pero no dialoga”, “Le falta escuchar”. Es posible que estas opiniones hoy sean distintas, sin embargo, queda bastante claro que detrás de ellas había un sentimiento de lejanía con el gobierno y especialmente la percepción de un Presidente poco empático. La personas extrañaban el diálogo, a meses —recordemos— del movimiento estudiantil.

Es interesante que Piñera ya fuera percibido como “poco dialogante” antes de cualquier manifestación social. Aún más, según los datos, en general el Presidente no generaba un buen recuerdo para los entrevistados. Tenía al menos seis elementos que pesaban en su evaluación: el pasado que lo condenaba, su carácter empresarial, su riqueza, su ambición, su distancia con el Chile real y su mala forma de expresarse. Para mediados de ese año según la encuesta CEP, solo un 26% aprobaba la conducción del gobierno, versus un 53 % de desaprobación, mientras según nuestros datos, los entrevistados recordaban el "Banco de Talca", "el Piñeragate", "la elección del 2005" y en general muchos otros episodios sucesivos negativos antes que positivos. "El rescate de los mineros" fue prácticamente una excepción que disminuía drásticamente su valor positivo tras los episodios del "papelito de los 33" en la gira.

La figura presidencial actual reúne la doble dimensión de ser empresario y político. Y si en algún momento el ser un empresario personalmente le favoreció (frente a una Concertación ya desprestigiada en 2009), ya para 2011 los atributos negativos de “lo empresarial” se manifestaban con definiciones espontáneas de este calibre: “Los empresarios no ayudan a los pobres”, “Los empresarios no tienen idea de la realidad de Chile”, “En el gobierno pagan menos que en las empresas”, “Manejar una empresa es más fácil que manejar un gobierno”, “Los empresarios saben hacer plata”. Meses después La Polar le daría la razón a los ciudadanos. Mientras que la relación de Piñera con la riqueza y la pobreza era vista así: “Bachelet hizo proyecto para la pobreza, Piñera los quita”, “La gente que tiene plata tiene derecho a todo”, “Es un tipo que junta plata”, “Es un tipo que negocia”, “No hace cosas por el pueblo”.

La agudeza del juicio público llegaba a formar una opinión incluso de la forma de hablar del Presidente: “Dice todo y a veces no tiene filtro”, “Tiene problemas con la redacción al pensar”, “Es demasiado bla bla, no le creo”, “Sus discursos son puro parafraseo”, cosas que difícilmente podrían decirnos las encuestas. Llama la atención que a la vez, para los entrevistados era importante su forma de ver la vida: “Tiene una forma de ver la vida que no se identifica con la mía”, “Tiene que ser más natural y espontáneo”, “No hace lo que su corazón le dicta”. La ambición del Presidente, en definitiva, era visible para las personas que pensaban: “Se preocupa de cosas grandes”, “Quiere tener éxito en todo”, “Le gusta verse superior al resto”, y “Siempre está pendiente de los demás y estar bien con todos”, “Le importa la imagen”.

Es tremendamente interesante, como decía, que a través de la figura presidencial se puede observar esta doble dimensión empresarial y política. Sobre esto último, en las 70 entrevistas realizadas (contabilizando más de 16 horas de opiniones), fue posible identificar las que llamamos “premisas subyacentes” de los entrevistados sobre la política —aquellas afirmaciones que aparecían instaladas detrás de cada discurso emitido sobre la política. Contamos: “Todos los políticos tienen plata”, “Las cosas siguen igual que cuando estaba la Concertación”, “Todos los gobiernos han sido iguales”, “Los políticos prometen y prometen”, “El gobierno no ayuda a la gente que trabaja”, “La gente no es tonta”, “Los gobiernos siempre ponen apitutados”, “La política se ha farandulizado”, “Es bueno que haya un cambio en el poder”. La precisión de los hallazgos deja poco para la imaginación, cuando a mediados de ese año la encuesta CEP le daría un 24 % y un 17 % de aprobación a la Coalición por el Cambio y a la Concertación respectivamente.

Es importante profundizar en la percepción pública de la política y la clase dirigente más allá de la elección arbitraria entre dos opciones. La oportunidad de revisar estos datos es una oportunidad para mirar en el setenta y tanto por ciento de desaprobación presidencial y en el sesenta y tanto por ciento de abstención de las últimas elecciones porque claramente no se trata de una decisión simplemente antojadiza de los electores. Los empresarios y los políticos están en el ojo de los ciudadanos que hoy están lejos de ofrecer su vida para ser sacrificada libremente al mejor postor. El voto voluntario permite disentir, y las calles están ahí para ser tomadas. ¿Quién recogerá el guante? ¿Quién confeccionará la bandera que levante el ánimo de los abstencionistas y de los críticos que sí van a votar? ¿Alguien sabe qué piensan, por ejemplo, los jóvenes?

El desafío para la política chilena es grande y no apareció solo con los movimientos sociales, sino se trata de una reflexión que la sociedad chilena ha tenido y merece ser rescatada. La llegada de un Presidente empresario aparece sin duda como un punto de inflexión, alguien que sin duda fue una gran alternativa para muchos, pero que con el transcurso del tiempo pierde su valor. Las observaciones hechas permiten decir que al Presidente le faltó el testimonio político. Los ciudadanos no olvidan fácilmente, comparan y son capaces de tomar posiciones de riesgo porque hay poco en juego cuando “todos son iguales”. En ese contexto evalúan. Será esto un tema de campaña: ¿Quién da hoy el mejor testimonio de vida para gobernar Chile? ¿Juzgarán también los electores más allá de la pose de "clase media", "independiente", "empático" o de determinada convicción que algunos quieran adoptar? ¿Atenderán con más atención a un empresario, a un padre autoritario, a un profesor o a un líder que de testimonio? La elección está abierta, y los ciudadanos —en hora buena— cada vez más despiertos.

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