sábado, 16 de enero de 2021 Actualizado a las 02:14

Autor Imagen

La democracia comunal y la victoria pírrica de la Concertación

por 17 noviembre, 2012

La Concertación obtuvo una victoria pírrica. Consiguió beneficios electorales con fuerzas sociales ajenas. El presunto cambio en los pesos electorales que hoy parece haberse generado, no es sinónimo inmediato de un cambio en las relaciones de fuerza a partir de las cuales se resuelve la política chilena.
  • Compartir
  • Twittear
  • Compartir
  • Imprimir
  • Enviar por mail
  • Rectificar

La alta tasa de abstención electoral que se expresó en las recientes elecciones municipales y que, en promedio, asciende a cerca del 60 % del padrón electoral actual, emerge como una expresión manifiesta de la crisis de legitimidad por la que hoy atraviesa nuestro sistema político y, en definitiva, nuestra democracia. Diversos analistas han sostenido que se debe al desajuste creciente entre “los políticos” y “la ciudadanía”, centrando la crítica en el desempeño actual de partidos y representantes políticos, y buscando una solución en la necesidad de renovar y mejorar la oferta electoral. Lejos de negar que tal distancia exista y de que efectivamente sea necesario generar distintos referentes partidarios, un planteamiento de tal naturaleza relega a un segundo plano el carácter mismo de la democracia que se ha construido. Dicho de otro modo, los límites dentro de los cuales se inscribe toda mejora al interior de este marco institucional.

Hace pocas semanas, la Fundación Decide lanzó un libro titulado Espacios institucionales de participación y actores políticos comunales. Mapeo exploratorio de la participación ciudadana en seis comunas de la Región Metropolitana. En este estudio se problematizó  el carácter de la democracia comunal, pudiendo reconocer desde tal investigación algunos elementos que pueden aportar a este debate.

Lo que se expresó en las elecciones municipales hace unas semanas no existe al margen de los procesos sociales y las relaciones de fuerza que configuran nuestra sociedad, tanto desde sus fuentes institucionales como de las que surgen de los mismos sujetos políticos en pugna. No es posible considerarlos de modo aislado y se hace necesario reconocer la presencia de un proceso fraguado durante toda la transición.

La Concertación obtuvo una victoria pírrica. Consiguió beneficios electorales con fuerzas sociales ajenas. El presunto cambio en los pesos electorales que hoy parece haberse generado, no es sinónimo inmediato de un cambio en las relaciones de fuerza a partir de las cuales se resuelve la política chilena.

La transición se caracterizó por un proceso de rediseño institucional que buscó asegurar la “gobernabilidad” del país como tarea política primordial, buscando desarrollar mecanismos capaces de encauzar y procesar institucionalmente la participación social, limitando con ello la constitución de espacios reales y efectivos para la emergencia de otros y nuevos actores políticos. Se relegó las iniciativas populares a un segundo plano. Tal como dijera Boenninger, bajo la premisa de evitar cualquier “tentación populista” o “desborde popular”, se privilegió la acción de los partidos políticos apostando a que la transición se definiría en un contexto de acuerdo interno en la elite política, dejando fuera de ello a todo movimiento social. Aquello decantó en la construcción de una democracia elitista y de baja intensidad: mientras el sistema político poco a poco fue cerrándose sobre sí mismo, el espacio público paralelamente se fue vaciando de actores sociales y conflictos reales.

Aquello no es un proceso que podamos ver sólo a nivel nacional. Su correlato en los gobiernos locales es también claro. En el transcurso de este período, nunca se presentó como una exigencia la participación de los habitantes de la comuna en los distintos niveles de decisión y gestión del Municipio. Sin ello, el clientelismo ha emergido como una práctica social generalizada en los municipios de Chile, restringiendo selectivamente el acceso a la participación y convirtiendo muchos beneficios de políticas o programas sociales en “ficha de cambio” entre Alcaldía y organizaciones locales. Concordante con ello, estas últimas han sido concebidas sólo como entidades gremiales, despojándolas de espacios que definan posiciones en relación a la totalidad del gobierno comunal. Un signo efectivo de lo anterior es que sólo pasados 20 años del término de la dictadura se concretó una normativa legal que establece los marcos para la participación municipal. Aun así, su excesiva flexibilidad (entre otros factores) siembra bastantes dudas de las efectivas posibilidades que tenga de avanzar en revertir esta situación.

En las elecciones municipales, como adelantábamos, la alta abstención que se ha expresado (de un crecimiento sostenido desde mediados de los años noventas) es muestra de este proceso de descomposición política. Con un diseño político excluyente, sin posibilidades para la incidencia de la acción colectiva de la ciudadanía en las decisiones del Estado y, del mismo modo, con una política local cooptada por una gestión clientelar que promueve la despolitización de las organizaciones sociales, un escenario distinto al de hoy era bastante poco probable.

A modo de aclaración, no es la intención de esta columna subscribir una posición antielectoral. Respaldar a una u otra expresión de tipo electoral, sabemos, no es una decisión que deba tomarse en un plano abstracto, sino que corresponde a una opción estratégica en función de reafirmar procesos sociales que incorporan estos espacios como parte de su construcción política.

Con todo ello, los resultados de los votos válidamente emitidos parecen indicar una presunta victoria de la Concertación. Sin embargo, ¿por qué parece haber ganado la Concertación? No es afán de las siguientes líneas agotar las distintas tesis que puedan levantarse acerca de ello, pero desde el análisis de ciertos casos emblemáticos, un elemento distintivo dice relación con la disposición que algunos alcaldes presentan a la participación y movilización social.

Las derrotas más emblemáticas de la derecha sucedieron justamente en comunas donde sus alcaldes se enfrentaron de forma directa en contra del movimiento estudiantil. Aquella actitud, lejos de ser sólo una caricatura comunicacional, es también reflejo del entramado institucional de participación que sostienen en sus municipios. En nuestro estudio la comuna de Santiago detenta una participación de nulo nivel vinculante y con una disposición institucional bastante moderada (esto es, presentando dificultades al acceso de los vecinos a las herramientas de participación). Caso similar ocurre en Ñuñoa, de estrecho resultado electoral, en donde la disposición ya no es moderada, sino directamente restrictiva y selectiva.

La fuerza con la que se ha levantado el movimiento estudiantil durante estos dos años ha permitido que en las comunas en donde se ha expresado de manera más patente la exclusión política proveniente de sus alcaldes, se reconstruya el clivaje sí/no (esto es, autoritarismo versus democracia), permitiendo con ello que la Concertación pueda capitalizar electoralmente con tal descontento. Existen casos, sin embargo, como el de Providencia, que expresan procesos que sólo de un modo simplista pueden clasificarse como parte de la política de la Concertación

Depende justamente también de los movimientos sociales, y de la capacidad que tengan de poder transformar su fuerza social en directrices políticas, que este clivaje sea superado por uno que ponga en cuestión los términos de la transición. Esto es, un nuevo conflicto  que construya una oposición a los enclaves autoritarios, pero que, superándolo, ponga en cuestión también a los defensores de las políticas a las cuales hoy la mayoría de Chile se ha opuesto. Tal proceso se hace ineludible en función de movilizar en torno a éste a los nuevos grupos sociales que hoy han surgido.

Lograr que esto pueda expresarse en el plano comunal pasa también por generar un marco programático que, en concordancia con el cuestionamiento a los términos excluyentes de la transición política, pueda madurar avances en el horizonte de generar un mejor contexto para la emergencia de nuevos actores políticos a escala local.

La Concertación obtuvo una victoria pírrica. Consiguió beneficios electorales con fuerzas sociales ajenas. El presunto cambio en los pesos electorales que hoy parece haberse generado, no es sinónimo inmediato de un cambio en las relaciones de fuerza a partir de las cuales se resuelve la política chilena.

Hoy se hace patente la necesidad de construir un actor político nuevo y distinto. Generar su fuerza implica superar los términos de la discusión en la que hoy se ha cerrado la política chilena.

Compartir Noticia

Más información sobre El Mostrador

Videos

Noticias

Blogs y Opinión

Columnas
Cartas al Director

Espiral de violencia

Envíada por Valentina Terra Polanco, Observatorio Niñez y Adolescencia | 16 enero, 2021

Cartas al Director

Noticias del día

TV