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Borghi: se acabó el carbón

por 19 noviembre, 2012

Podrán decir que cada entrenador tiene su propio estilo de juego y que el Bichi no podía jugar con un estilo ajeno. Y saben qué, que tienen toda la razón. Pero a los amantes del fútbol ofensivo, valiente, rápido y vertiginoso, a las viudas de Bielsa, no nos importa nada. No hay argumentos ajenos a lo que fue un negocio de la ANFP que expliquen lo sucedido y nos tranquilice. No hay argumento que nos calme un ápice.
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El Bichi Borghi no era exactamente un entrenador ratón. Aunque claro, en comparación con el Loco Bielsa cualquiera es un ratón. Al lado del Loco cualquiera es una rata, hija del más crudo temor y de la más triste cordura.

Más allá de los defectos del Bichi, que más abajo intentaré manifestar, su dirección de la selección chilena no fue más que la crónica de una muerte anunciada. Él mismo tenía toda la razón cuando decía que en este país éramos todas viudas de Bielsa. No solo en este país somos viudas del loco, también lo son en el país de origen de ambos DTs.

Y vuelvo a recalcar lo mismo. Más allá de la permanente negligencia del Bichi durante estos años, su primer y último error fue asumir el cargo de DT en la selección. Decir que sí no fue más que un pacto con la muerte. Se puede entrar en disquisiciones y conversaciones, pero cuando la trama es trágica, es trágica. Ante la tragedia no hay salida, por eso es tragedia, de lo contrario sería simplemente un drama. Lo del Bichi fue un drama en lo cotidiano, pero una tragedia en lo trascendente, en el más allá del despertarse cada día.

Si te ofrecen sustituir o reemplazar al mejor DT de la historia de las selecciones chilenas, tienes que decir que no. “No señores, muchas gracias, un orgullo y un placer, pero prefiero vivir”. Todo esto al margen de si era o no era un buen entrenador. El pozo ya estaba cavado.

El Bichi fue uno de los mejores número 10 de la historia argentina, de un país con grandísimos dieces. Pero lamentablemente eligió una pésima época para existir. Jugaba en la selección argentina en la misma época que Diego Armando Maradona. Fue campeón mundial en el 86 y no lo sabe ni Dios. Parece que Claudio es un experto en estar donde no tiene que estar, en el momento y lugar menos precisos posibles. Un impertinente, digamos. Si hubiera visto caer la manzana del árbol habría estado sentado en el árbol de al lado y habría visto como Newton se la llevaba a su casa.

Podrán decir que cada entrenador tiene su propio estilo de juego y que el Bichi no podía jugar con un estilo ajeno. Y saben qué, que tienen toda la razón. Pero a los amantes del fútbol ofensivo, valiente, rápido y vertiginoso, a las viudas de Bielsa, no nos importa nada. No hay argumentos ajenos a lo que fue un negocio de la ANFP que expliquen lo sucedido y nos tranquilice. No hay argumento que nos calme un ápice.

No es fácil ser chileno en este mundo. No es fácil habitar este mundo en general, pero en particular, este hermoso país tiene algo terriblemente triste. Tiene un permanente amor y odio por sí mismo. Decimos que nos amamos cuando ganamos y nos odiamos cuando perdemos. Nos autoflagelamos a la primera de cambio. No podemos aceptar que somos lo que somos. Como dice Eduardo Santa Cruz en las alturas de Juan Gómez Millas en el legendario documental Ojos rojos: “Los chilenos no somos ni tan güenos ni tan malos, somos más o menos —y continúa—, el chileno es un futbolista que entra derrotado a la cancha, es decir, entra a vivir una derrota anunciada”. En el mismo documental, y promediando la trama de ocho años de rodaje, un hincha chileno le dice a la cámara, en la puerta del fatídico Estadio Nacional: “Hoy nos vamos a ir con una alegría, nos vamos a ir contentos, y Bielsa va ser el mejor entrenador que hemos tenido… después lo vamos a crucificarlo” (sic). El compadre sabía cómo era la cosa. Tendría pocas palabras pero mucha inteligencia, pensaba entre líneas y entendía no solo lo que estaba pasando sino lo que iba a pasar. Finalmente a Bielsa no se lo crucificó, incluso se lo quiso y apoyó en la derrota, cosa que no suele pasar en este país exitista y resultadista, pero fue la excepción que confirma la regla y ahora, ahora somos lo que hemos sido siempre.

El Bichi Borghi fue la transición perfecta entre lo que Bielsa nos ayudó a ser y la vuelta a lo que fuimos siempre.

Antes de lo futbolístico propiamente, la transición a la decadencia histórica nació cuando los jugadores se empezaron a cortar por sí solos, es decir, cuando empezaron a hacer declaraciones a la prensa. La primera regla sagrada del Loco fue violada de forma alevosa. El pilar de la seriedad laboral fue destruido. El respeto por el trabajo y la intimidad fue arrojada cual botella sin corcho al medio del Pacífico.

En la sociedad de consumo actual, donde la vida se vive en todos lados menos en el aquí y ahora, donde “el medio es el mensaje”, donde la vida pasa por la televisión, por Facebook y por Twitter, Marcelo Bielsa había logrado utilizar el encierro como única protección para este pobre juego en decadencia llamado fútbol.

El equipo era una orquesta que tocaba sin hablar. Una orquesta que pasó a ser, de un día a otro, un grupo de música. De sinfónica a banda de rock. Del director de orquesta al amigo representante que te consigue una tocata. A partir de ahí, cada uno hablaba con la prensa, soltaba su mensajito, su daga, y la prensa, ni lenta ni perezosa, hacía pedazos todo lo que tocaba.

Y después de tanta pachorra y tanto Bichi Borghi hablando por la televisión durante horas, el día del gran error llegó. La noche en que la pandilla de Valdivia y sus secuaces llegaron borrachos a la concentración del equipo fue la noche en que el funcionamiento colectivo se volvió una suma de individualidades. Sobre todo cuando Borghi trasladaba el problema del interior del vestuario al ambito de los dirigentes. Al dejar la decisión del lado del poder se le fue el equipo de las manos.

Y ahora, volviendo al fútbol. Durante los primeros dos partidos oficiales dirigidos por Borghi, el equipo mantenía la criminal presión sobre el equipo contrario en el medio campo, se mantenía el movimiento sin balón y los relevos. La mejor defensa seguía siendo un buen ataque y el pase siempre iba a un lugar imaginario donde, supuestamente, debía llegar un compañero. Se jugaba de memoria, va. Sin embargo no había punteros por las bandas. Ya no estaban Mark González ni Jean Beausejour pegados a la línea esperando el cambio de juego que desagotara las zonas concentradas. No había tampoco, y por lo mismo, centro atrás. Y sin centro atrás, en el mundo Bielsa, disminuyen a la mitad las posibilidades de hacer un gol.

En los siguientes dos partidos se mantenía la presión en el medio campo pero no había relevos ni movimiento sin balón. Los jugadores ahora estaban quietos esperando la pelota. La película se llamaba “Gary contra el mundo”. Y seguía sin haber, por supuesto, punteros por las bandas.

Hasta ahí todo era un desastre pero se mantenía el pilar bielsista que era el pressing. Muerto el vértigo, vivo el pressing.

Los siguientes dos partidos comenzaron sin presión, y se acabó todo. El desengaño fue en degradé. La muerte anunciada se fue vislumbrado de forma lenta y paulatina. Cada decisión que tomaba Borghi para diferenciarse de Bielsa y ser él mismo era un paso más hacia el abismo. Al final Beausejour terminó jugando un partido de lateral derecho como si un matemático pudiera ser físico por un día por una cuestión de similitudes naturales.

Podrán decir que cada entrenador tiene su propio estilo de juego y que el Bichi no podía jugar con un estilo ajeno. Y saben qué, que tienen toda la razón. Pero a los amantes del fútbol ofensivo, valiente, rápido y vertiginoso, a las viudas de Bielsa, no nos importa nada. No hay argumentos ajenos a lo que fue un negocio de la ANFP que expliquen lo sucedido y nos tranquilice. No hay argumento que nos calme un ápice.

Finalmente, y pensando siempre en el interior de la tragedia, lo más triste era ver un equipo con jugadores que no corrían. Jugadores que durante años corrieron sin parar, se esforzaron por robar el balón y tener la pelota en su poder, y una vez con ella de este lado, desmarcarse para recibir un nuevo pase. Dejaron de correr de una vez y para siempre. El balón circulaba lentamente de un lugar al otro, la calma se tornaba displicencia, y la alegría lentitud. El Bichi compraba la carne, el Mati era el asador y todos los demás mirábamos cómo el lomo vetado se iba haciendo poco a poco.

Por suerte compañeros, como dice Juan Ignacio Sabattini, “se acabó el carbón”.

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