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¿Para qué trabajar más si igual me van a pagar lo mismo?

por 20 noviembre, 2012

Hay algo que falta en el lamento de la élite por las pocas ganas de trabajar: antes del esfuerzo, del sacrifico, de la obediencia, están los derechos. Quien no tiene derechos no puede tener deberes. Si por más de 30 años, los derechos de los trabajadores no han sido tomados en serio, no vengan ahora a lamentarse por las bajas de productividad y la falta de compromiso en el trabajo.
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El reciente malestar declarado por el Presidente de la Cámara Nacional de Comercio, por el probable aumento de los días feriados, no es nuevo. Desde hace años que dirigentes empresariales, políticos y economistas viene predicando una y otra vez, que la única manera de ser más ricos es trabajar cada vez más, o sea, que no hay tiempo para el descanso, el tiempo libre, ni la vida extra laboral, porque todo eso supone una pérdida de crecimiento.

No deja de sorprender el amplio consenso de la élite de que la primera obligación, el deber cívico esencial, es trabajar, porque, dicen, lo que se requiere es disciplina social y perseverancia. Líderes aparentemente tan disímiles como Bachelet y Bruno Philippi (Ex presidente de la Sofofa) han coincidido en esto. La primera lo decía en 2007, en su discurso de lanzamiento de primera fase de proyecto de expansión Nueva Andina: “Hay que seguir produciendo para que realmente podamos tener una torta más próspera y también más justa. Pero la verdad es que la única manera de hacerlo es seguir trabajando. Y por eso que se premia la perseverancia y el esfuerzo sostenido”. El segundo lo advertía ese mismo año, en su discurso en la cena anual de la Sofofa: “Hoy, más que nunca, debemos asumir que esta senda no tiene atajos. Para avanzar se necesita visión, unidad, disciplina, perseverancia, paciencia y tolerancia. No hay razón para perder la ruta”. No hay que buscar mucho para encontrar idénticas razones en quienes nos advierten de cuán malas son las ideas de subir el salario mínimo, entregar poder de negociación a los sindicatos o admitir el derecho de huelga.

Hay algo que falta en el lamento de la élite por las pocas ganas de trabajar: antes del esfuerzo, del sacrifico, de la obediencia, están los derechos. Quien no tiene derechos no puede tener deberes. Si por más de 30 años, los derechos de los trabajadores no han sido tomados en serio, no vengan ahora a lamentarse por las bajas de productividad y la falta de compromiso en el trabajo.

Pero la verdad es que podemos seguir trabajando incansablemente, sin que por eso la mayoría de los chilenos nos hagamos más ricos. Lo que ha pasado las últimas décadas lo demuestran claramente: a pesar de que los indicadores habitualmente considerados —PIB, ingreso per cápita y niveles de inversión— muestran que la economía va sostenidamente bien, esto no se refleja en la vida de la mayoría de las personas, que tienen salarios permanentemente bajos, alta inestabilidad laboral, elevado endeudamiento familiar y pocas expectativas de progreso. A ellos, trabajar más, no les ha servido para prosperar, porque la mayor parte de la riqueza que han generado con su trabajo no ha sido para ellos, sino para sus empleadores. Lo único que han obtenido es la permanente promesa de que su esfuerzo y dedicación, algún día les reparará un mejor ingreso. Pero ese día aún no ha llegado.

Dirán que hay cifras que muestran que los salarios reales no han dejado de crecer, pero esas cifras se refieren al salario per cápita, que incluye las remuneraciones del 10 % mejor pagado del país y esas sí que no han dejado de mejorar. Pero eso no se condice con el comportamiento real de los salarios de la inmensa mayoría de los trabajadores.

Dirán que cuando hay crecimiento económico existen múltiples formas en que aumentan los salarios: premios por productividad e incentivos por producción. Pero en realidad, incentivos como esos suelen aplicarse a la pequeña minoría de los trabajadores mejor pagados. Para el resto, la posibilidad de aumentar sus salarios es trabajar más horas. Así de simple: para ganar mejor hay que trabajar más tiempo, o sea, estar disponible para quedarse hasta tarde, ir a trabajar un día de descanso o renunciar a tomarse las vacaciones. Eso ocurre especialmente en el sector servicios, que concentra el mayor porcentaje del empleo.

Así las cosas, la prédica que invita a no dejar de trabajar es una pura invocación al esfuerzo y al sacrifico. Interpela a los trabajadores pero no a los empleadores. Exige, pero a cambio no ofrece nada. Demanda dedicación, pero no garantiza mejores salarios. Habla de deberes pero nunca de derechos.

En realidad, esta monserga, como tantas otras cosas en el país, ya no da resultado. Qué importa trabajar menos días, si igual el empleador no me va a subir el sueldo. Qué importa trabajar bien, si al final el jefe me puede despedir cuando quiera a un precio muy barato para él. Si mi trabajo me ofrece tan poco, que no espere mi empleador mucho a cambio.

Hay algo que falta en el lamento de la élite por las pocas ganas de trabajar: antes del esfuerzo, del sacrifico, de la obediencia, están los derechos. Quien no tiene derechos no puede tener deberes. Si por más de 30 años, los derechos de los trabajadores no han sido tomados en serio, no vengan ahora a lamentarse por las bajas de productividad y la falta de compromiso en el trabajo. Empleos precarios producen compromisos precarios. Empleos basura sólo logran indolencia y desapego. Al fin y al cabo, todo tiene su precio.

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